LA MORIBUNDA
Bertina es toda pellejos, lividez y venas azules hinchadas que se retuercen
por su cuerpo. Lleva varios días con el pulso muy débil; su corazón, exánime,
bombea desmayadamente.
A las primeras señales de alarma acudió la familia, solícita y presta, a
estar con ella. A darle consuelo, a despedirse, a acompañarla en esos momentos.
Pero la mujeruca no termina de exhalar el último aliento y se van aburriendo. Sentada
junto al lecho, la hija estruja un clínex sin apartar la mirada del folletín de
la tele. El yerno teclea en el móvil, seguramente esté redactando la esquela.
La nieta mayor pone morritos mientras se hace selfies con la abuela de fondo, el mediano juega a derrotar a un
dragón en su tableta y la pequeña mira los dibujos animados en su ordenador de
juguete.
Con los ojos entornados los ve a todos ahí, alrededor de ella. Pero como
si no estuvieran: solo se oyen los pitidos de los dispositivos, los
malentendidos y lloriqueos de la telenovela, la hija sonándose los mocos. En la
última bocanada de aire que expele, Bertina acuna la mirada en el embozo de la
sábana blanca. Allí, una mosca se frota las patas mientras la observa.