domingo, 22 de marzo de 2026

Ecos

ECOS

A los viajeros de los autobuses que aparcan en el mirador les gusta aquella parada lo que más de toda la excursión por el Gran Cañón. Pero no precisamente por las vistas, porque la verdad, el rollo que se traen los guías con que “la garganta excavada por el río Colorado a lo largo de millones de años y el tono rojizo debido a las piedras calizas” y blablablá, a la mayoría de ellos, después de varias horas de cháchara, ya empieza a cansarles.

Todo empezó hace un par de años, en uno de esos tours. Debido al calor, el vaivén del vehículo, las cervezas que llevaba encima y el sopor de las explicaciones, el señor Mulligan, un turista natural de Portland, se quedó frito. Así que nada más apearse y tras hacer unas sentadillas, estirar los brazos como si estuviera bostezando y ahuecar las manos alrededor de la boca, empezó a vocear: ¡EEOO! ¡EEEOOO! ¡EEEEOOOO! Y, al instante, quedaron todos fascinados con la nitidez con que las letras e y o chocaban contra la pared rocosa de enfrente y regresaban a donde estaban. Se oía genial. Así que al principio tímidamente, después más animados y al cabo de diez minutos totalmente desinhibidos, se pusieron los cuarenta pasajeros a gritar palabras, nombres propios, frases enteras, algún poema, alguna expresión soez. Y claro, una algarabía total es lo que se produjo, pues todos los sonidos y palabras se mezclaban y justo ese galimatías de sujetos, verbos y predicados unidos al azar fue lo que les hizo mucha gracia. A ellos y a los millones de personas que recibieron en sus móviles aquellos audios y videos.

Cuando se subieron de nuevo al bus y este inició la marcha, todos comentaban con el de al lado la experiencia, con el pesar de no haber soltado alguna chorrada más que se les iba ocurriendo según pasaba el tiempo. Una lástima.

                                                              

Desde entonces, cada mañana y cada tarde, se detienen en ese lugar varios autobuses, turismos, motoristas y caravanas a formar parte, a vivir en primera persona, a ser protagonistas, del espectáculo sonoro. Sus voces retumban, cada cual más alta, sobre la calma del valle. Después, cuando todos se marchan y cae la noche, la oscuridad se adueña del desfiladero, de las grutas, los cañones, las coladas. Y todo queda en paz. Sin embargo, el silencio no siempre es total. En ocasiones, tirados en el cauce pedregoso o enredados entre los matorrales, quedan algunos sonidos que no reverberaron, que nunca regresarán, que nadie echó en falta, convertidos en miedo, en tormento, en desesperación.  Entonces un bufido milenario, enojado y al mismo tiempo triste, toma la forma de corriente de aire y recorre los 446 kilómetros de garganta examinando cada rincón y destruyendo los detritos acústicos de la jornada.