ECOS
A los viajeros de los autobuses que aparcan en el mirador les gusta
aquella parada lo que más de toda la excursión por el Gran Cañón. Pero no
precisamente por las vistas, porque la verdad, el rollo que se traen los guías
con que “la garganta excavada por el río
Colorado a lo largo de millones de años y el tono rojizo debido a las piedras
calizas” y blablablá, a la mayoría de ellos, después de varias horas de
cháchara, ya empieza a cansarles.
Todo empezó hace un par de años, en uno de esos tours. Debido al calor,
el vaivén del vehículo, las cervezas que llevaba encima y el sopor de las
explicaciones, el señor Mulligan, un turista natural de Portland, se quedó
frito. Así que nada más apearse y tras hacer unas sentadillas, estirar los
brazos como si estuviera bostezando y ahuecar las manos alrededor de la boca,
empezó a vocear: ¡EEOO! ¡EEEOOO! ¡EEEEOOOO! Y, al instante, quedaron todos
fascinados con la nitidez con que las letras e y o chocaban contra la
pared rocosa de enfrente y regresaban a donde estaban. Se oía genial. Así que
al principio tímidamente, después más animados y al cabo de diez minutos
totalmente desinhibidos, se pusieron los cuarenta pasajeros a gritar palabras,
nombres propios, frases enteras, algún poema, alguna expresión soez. Y claro, una
algarabía total es lo que se produjo, pues todos los sonidos y palabras se
mezclaban y justo ese galimatías de sujetos, verbos y predicados unidos al azar
fue lo que les hizo mucha gracia. A ellos y a los millones de personas que
recibieron en sus móviles aquellos audios y videos.
Cuando se subieron de nuevo al bus y este inició la marcha, todos
comentaban con el de al lado la experiencia, con el pesar de no haber soltado
alguna chorrada más que se les iba ocurriendo según pasaba el tiempo. Una
lástima.
Desde entonces, cada mañana y cada tarde, se detienen en ese lugar
varios autobuses, turismos, motoristas y caravanas a formar parte, a vivir en
primera persona, a ser protagonistas, del espectáculo sonoro. Sus voces
retumban, cada cual más alta, sobre la calma del valle. Después, cuando todos
se marchan y cae la noche, la oscuridad se adueña del desfiladero, de las
grutas, los cañones, las coladas. Y todo queda en paz. Sin embargo, el silencio
no siempre es total. En ocasiones, tirados en el cauce pedregoso o enredados
entre los matorrales, quedan algunos sonidos ―que no reverberaron,
que nunca regresarán, que nadie echó en falta―, convertidos
en miedo, en tormento, en desesperación. Entonces un bufido milenario, enojado y al
mismo tiempo triste, toma la forma de corriente de aire y recorre los 446
kilómetros de garganta examinando cada rincón y destruyendo los detritos
acústicos de la jornada.