LA CASETA DE PLAYA
No podía negar Adela,
aún jadeante y sudorosa y con los ojos hechos chiribitas, que aquel había sido
el orgasmo más placentero e intenso que había tenido en su vida. Y, lo más
increíble, sin sentir en su piel un lengüetazo, un mordisco, una caricia, un
dedo. «Pero esto no es normal,
no puede ser», se decía aún
sorprendida por la oleada de placer que le sacudía de arriba abajo, mientras se
ponía el traje de baño en la caseta de playa y veía deslizarse por el suelo de
arena hasta desaparecer la sombra de Erik, el socorrista, medio desnudo. «No, no está bien dejarse seducir así por el primero que llega y que hagan con una
lo que quieran, como si una fuera una fresca, una cualquiera. ¿O sí?» dudaba,
mientras se colocaba bien la pamela y salía fuera, ajustándose las gafas de
sol. «Pero infidelidad propiamente dicha no es, no creo que lo sea, ¿no?»,
trataba de convencerse, mientras empuñaba su bastón.
Al salir la esperaba sonriente
Bernardo, el marido, que se hizo
cargo de su bolsa y la ofreció el brazo para que se apoyase en él. Y la pobre Adela sintió
un tremendo desasosiego, una inmensa infelicidad y un lacerante sentimiento de
culpa cuando este le susurró al oído,
como aquella primera vez cincuenta y dos años atrás, «eres lo más bonito, cuánto te quiero».