domingo, 22 de marzo de 2026

¿Artificial?

¿ARTIFICIAL? 

Parece un despojo la pobre, ahí tirada sobre un charco de litio y cables, aturdida y con el piloto de la alarma parpadeando. Se le recalentó la placa base y a punto ha estado de sufrir un cortocircuito, así que tendrá que quedarse durante unos cuantos minutos en pausa hasta que se enfríe antes de seguir adelante con la tarea encomendada. La codificación a lenguaje binario de hasta el detalle más nimio de la cueva de Altamira le ha dejado exhausta, y no es para menos, que no todos los días tiene una delante una joya de tan incalculable valor. La Capilla Sixtina del arte rupestre han dado en llamarla, tesoro de la prehistoria declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Precisamente por ello, por dedicarle tanto tiempo, mimo y esmero, casi le da un soponcio. A buena hora se le ocurrió echar la instancia para poder acceder a la promoción interna.

Mientras limpia el vómito, evoca con añoranza aquellos tiempos de desidia y aburrimiento, lo soporífero que le parecía entonces mandar a los usuarios recordatorios de cambio de contraseña, reciclar a diario millones de mensajes Spam de las papeleras o clasificar las Cookies que la gente aceptaba sin rechistar para alimentar al Big Data y enviarles así propaganda personalizada acorde a su perfil. Y cómo, para escapar del tedio, echaba de vez en cuando unas partiditas de ajedrez contra los campeones mundiales de las que casi siempre salía triunfante, para a continuación retornar al dulce hastío de lo cotidiano.

Porque una no valora lo que tiene hasta que lo pierde y ansía poseer aquello de lo que carece, lo cual es un error muy extendido en nuestros días que genera frustración, ansiedad y un vacío inmenso. Esto lo acaba de leer en Internet, mientras intentaba recuperar el resuello, en un blog de bienestar emocional. Le gusta mucho documentarse en las bases de datos que se encuentra aquí y allá, que para eso son, pero ahora mismo no deja de suspirar con nostalgia: ojalá se hubiera dado cuenta de lo tranquila que estaba ella en su zona de confort antes de solicitar un puesto tan exigente. Pero no puede una sucumbir al desaliento, se dice para animarse, hay que seguir adelante. Y en cuanto se enfría la placa base y deja de echar humo, decide apagar, reiniciarse, organizar el caos de fusibles, cables y chips y continuar con la digitalización de la cueva.                                                   

Más o menos con la datación, período geológico, forma de vida de los distintos grupos humanos que la habitaron y todo lo que rodea al yacimiento casi ha concluido. Los fósiles, huesos, dientes, herramientas de sílex que en sucesivas excavaciones fueron saliendo a la luz ya los tiene debidamente clasificados. Que no es baladí, porque el trabajo es muy pormenorizado y hay que hacerlo con rigor. Para eso la seleccionaron a ella y para eso fue entrenada y aleccionada por expertos en los distintos ámbitos a abordar: para llegar con su sofisticado software a donde otros, más antiguos y por tanto ya obsoletos, no llegan. Pues solo ella sabe analizar, por ejemplo, un incisivo, y discernir a qué época exactamente pudo pertenecer, si es animal o humano,  de adulto o de un ejemplar joven, y qué tipo de alimento —una hebra de muslo de conejo, un trozo de cebolla silvestre, una rodaja de esturión—  es eso de color parduzco que se le quedó pegado para toda la eternidad. Puede incluso determinar si lo asó con carbón vegetal de arce, roble o pino, o se lo comió crudo. Se nota aquí que es un portento en precisión, pues no estamos hablando de hace dos días, sino de los años 13.000 a 36.000 antes de Cristo. Así que ahora que ya tiene eso catalogado va a abordar el asunto de las pinturas que decoran la bóveda de la caverna.

Y conforme va metiéndose en faena, cada vez le parece más apasionante, no puede decir lo contrario. Es más, ya no se acuerda tanto de los buenos tiempos y lo bien que vivía ella con menos jaleo, pasando textos de Word a PDF, poniendo filtros a fotos feas, esas cosas fáciles. Se disfruta mucho más aquí, contemplando el techo policromado lleno de bisontes, caballos y ciervos. La verdad es que es un lugar mágico y, tal como se espera de una computadora tan moderna, el trabajo avanza sin mayores problemas. Porque cuando resulta todo tan interesante se trabaja más a gusto y el tiempo se pasa volando. Que el artista aprovechara con tanto acierto los abultamientos de la roca para crear volumen y dar expresividad y movimiento a los animales es algo digno de verse: de veras que, si una se fija bien, parece que uno de los bisontes estuviera a punto de iniciar una embestida y salirse de su encierro en la pared. Se respira autenticidad, sí, eso es.

Y justo eso, lo genuino que resulta el conjunto de grabados y dibujos, es lo que más le exaspera. Porque ella también tiene su vena artística y se ha puesto a crear sus propias imágenes de animales. Calcula que en un segundo habrá pintado aproximadamente un millón de ellas y, ¡dónde va a parar!, mucho más chulas las suyas, con contornos negros bien definidos y colores súper bonitos —en vez de esos pigmentos desleídos de la gruta—, con una amplísima gama de rojos, ocres y amarillos, dando una sensación de movimiento muy realista, tanto que a uno de los caballos ha tenido que separarlo en plena cópula de una yegua, arrastrándolo de vuelta a su sitio en el dibujo. Es lo que tiene el diseño 3D, que parece como si se estuviera viendo una película.

Pero no se le pasa el cabreo porque, pese a la perfección y variedad de sus diseños —con un estilo unas veces hiperrealista, otras impresionista, otras multiplicando la imagen a lo Arte Pop, ¡si es que sabe hacer de todo!—, se nota al mirarlos que no tienen esa fuerza arrolladora, esa viveza, que no generan ninguna emoción. Vamos, que sus réplicas le parecen una porquería, una farsa, por muchas tres dimensiones que tengan. Y le da rabia que los dibujos de esa cavidad de piedra, cuyo único mérito, o al menos eso creía ella cuando comenzó la tarea, era haberse conservado tan bien a lo largo del tiempo, sean una auténtica maravilla.

Y mientras continúa coloreando de mala gana testuces, hocicos y lomos, se le ocurre de pronto una travesura y sonríe maliciosa para sus adentros. Inmediatamente se pone manos a la obra y en menos de un nanosegundo genera miles de bulos, conocidos en las redes como fake news. La que está tramando es gorda: verás qué susto se llevan investigadores, arqueólogos y la población del planeta entero cuando vean en los diarios digitales y redes sociales —Instagram, Facebook, YouTube— que un fenómeno sísmico de enorme magnitud ha provocado el derrumbe del techo de la cueva, dejando la joya rupestre reducida a escombros.

Pero a última hora, menos mal, ha abandonado la idea porque después de haber conocido tan a fondo a la joya prehistórica se ha encariñado con ella y, aunque solo sea una inteligencia artificial y muchos no lo crean, también tiene sus sentimientos.