HOTEL AMOUR
Como
en el cielo estaba Lola o, mejor dicho, seguía, desde la velada del sábado. Aún
no había vuelto a la realidad, ni quería. Notaba bajo sus pies una ingravidez
deliciosa, como si estuviera suspendida en el aire; sus neuronas eran algodón
de fresa; su piel, arañada y sonrosada, seguía irradiando a su cerebro un
calorcillo muy placentero. ¿Para qué, entonces, despertarse, con lo bien que se
estaba?
Tras
despedirse el domingo por la tarde de aquel hombre tan interesante que había
conocido en una aplicación de citas, pudo dormir algo, pero le latía tan
desbocado el corazón que a cada rato se despertaba con sobresaltos y tenía que
sentarse en la cama para frotarse las manos temblorosas e intentar respirar con
calma, contando hasta cinco al inspirar, ocho al expirar, pues le parecía que le
iba a dar un ataque cardiaco o algo. Así se pasó la noche entera, ensoñándose,
estremeciéndose y dormitando.
Nunca había
vivido una velada tan intensa, tan ajetreada, de tanta pasión. Ni siquiera
sabía que antes, durante y después de hacer el amor, pudiera una recibir tal
cantidad de besos, lametazos y mordisquitos por todos lados: desde el lóbulo de
las orejas hasta los dedos de los pies, pasando por, ejem, por donde nunca
pasaba Paco. Demasiado le había aguantado, hasta que los hijos volaron del nido
y dijo «basta,
hasta aquí hemos llegado». Pero no quería enturbiar la velada pasada evocando a Paco.
Ni sumados todos los años que estuvo casada con él, que fueron unos cuantos,
recibió tanta atención como en una sola noche con ese desconocido. Así que
apartó a Paco de su mente de un manotazo y se esforzó en prolongar las
sensaciones que tenía grabadas en la piel, el rastro de cada una de las
caricias, la estela salada de su lengua, los recorridos circulares de sus
labios y sus dedos apretando firmemente sus nalgas.
Cuando
el lunes por la mañana sonó el despertador decidió no ducharse, no desayunar ―no
habría podido meter nada, tenía el estómago cerrado― y
preservar de este modo el mapa de su piel intacto. Se aseó lo justo y con la
mirada soñadora y una sonrisa algo alelada que no se le quitaba de la cara,
salió de casa camino al trabajo, entró a la boca del metro y ahí ya sí, ahí
comenzó a disiparse la niebla de la irrealidad en donde se había instalado. El
melenudo que cada mañana, sentado en un taburete con un perro al lado,
aporreaba el acordeón, le borró de la cabeza la música de jazz que sonaba en el
hilo musical la noche del sábado: los efluvios a gofres, café de máquina y
perfumes baratos le robaron la ilusión de mantener vivo en su pituitaria su
olor corporal. Y luego al entrar al vagón, ya fue definitivo el bajón, ahí
empezó realmente la caída libre hacia la rutina semanal: primero quedó atrapada
entre un montón de cuerpos que la espachurraban y luego los roces de las manos
que se agarraban a la misma barra que la suya ya terminaron de despertarla de
su dulce sueño, y como si acabase de salir por la puerta del hotel donde había
pasado ―como
suspendida en un sueño del que nunca querría despertar― la
noche más mágica de su vida, cayó de bruces en la realidad del lunes por la
mañana, pegándose un buen batacazo.