domingo, 22 de marzo de 2026

Hotel Amour

HOTEL AMOUR

Como en el cielo estaba Lola o, mejor dicho, seguía, desde la velada del sábado. Aún no había vuelto a la realidad, ni quería. Notaba bajo sus pies una ingravidez deliciosa, como si estuviera suspendida en el aire; sus neuronas eran algodón de fresa; su piel, arañada y sonrosada, seguía irradiando a su cerebro un calorcillo muy placentero. ¿Para qué, entonces, despertarse, con lo bien que se estaba?

Tras despedirse el domingo por la tarde de aquel hombre tan interesante que había conocido en una aplicación de citas, pudo dormir algo, pero le latía tan desbocado el corazón que a cada rato se despertaba con sobresaltos y tenía que sentarse en la cama para frotarse las manos temblorosas e intentar respirar con calma, contando hasta cinco al inspirar, ocho al expirar, pues le parecía que le iba a dar un ataque cardiaco o algo. Así se pasó la noche entera, ensoñándose, estremeciéndose y dormitando.

Nunca había vivido una velada tan intensa, tan ajetreada, de tanta pasión. Ni siquiera sabía que antes, durante y después de hacer el amor, pudiera una recibir tal cantidad de besos, lametazos y mordisquitos por todos lados: desde el lóbulo de las orejas hasta los dedos de los pies, pasando por, ejem, por donde nunca pasaba Paco. Demasiado le había aguantado, hasta que los hijos volaron del nido y dijo «basta, hasta aquí hemos llegado». Pero no quería enturbiar la velada pasada evocando a Paco. Ni sumados todos los años que estuvo casada con él, que fueron unos cuantos, recibió tanta atención como en una sola noche con ese desconocido. Así que apartó a Paco de su mente de un manotazo y se esforzó en prolongar las sensaciones que tenía grabadas en la piel, el rastro de cada una de las caricias, la estela salada de su lengua, los recorridos circulares de sus labios y sus dedos apretando firmemente sus nalgas.

Cuando el lunes por la mañana sonó el despertador decidió no ducharse, no desayunar no habría podido meter nada, tenía el estómago cerrado y preservar de este modo el mapa de su piel intacto. Se aseó lo justo y con la mirada soñadora y una sonrisa algo alelada que no se le quitaba de la cara, salió de casa camino al trabajo, entró a la boca del metro y ahí ya sí, ahí comenzó a disiparse la niebla de la irrealidad en donde se había instalado. El melenudo que cada mañana, sentado en un taburete con un perro al lado, aporreaba el acordeón, le borró de la cabeza la música de jazz que sonaba en el hilo musical la noche del sábado: los efluvios a gofres, café de máquina y perfumes baratos le robaron la ilusión de mantener vivo en su pituitaria su olor corporal. Y luego al entrar al vagón, ya fue definitivo el bajón, ahí empezó realmente la caída libre hacia la rutina semanal: primero quedó atrapada entre un montón de cuerpos que la espachurraban y luego los roces de las manos que se agarraban a la misma barra que la suya ya terminaron de despertarla de su dulce sueño, y como si acabase de salir por la puerta del hotel donde había pasado como suspendida en un sueño del que nunca querría despertar la noche más mágica de su vida, cayó de bruces en la realidad del lunes por la mañana, pegándose un buen batacazo.