EN EL PINAR
Hicieron el amor apresuradamente. No era plan —había dicho él— que
alguien se saliese del sendero y los descubriera medio desnudos detrás de esos
enebros.
Estaban echados sobre la cazadora de borreguillo del chico para que no
se les clavasen las raíces y piedras que sobresalían del terreno. Aquellos
cinco minutos de comerse a besos, de darse lengüetazos, de sacarse rápido el
sujetador, bajarse la bragueta, la penetración y el grito de liberación del
muchacho le habrían sabido a poco a cualquiera, pero a Marisa le invadió tanto
amor al notar el peso de su cabeza apoyada en su pecho que, aunque empezó a
notar un hormigueo en el brazo, el arrebato le hacía sentirse fuerte, dispuesta
a aguantar lo que fuera, y no protestó ni cuando el chico se encendió un porro
y todo el humo se le metía en los ojos.
Durante ese rato de sacrificio y abnegación, pues ya el calambre le
alcanzaba las cervicales, sentía un dolor horroroso en el cuello y le
lagrimeaban los ojos, Marisa le iba contando con su más acaramelada voz las formas
de las nubes que pasaban sobre ellos: ora un corazón, ora una espiga, ora un
osito sonriente. Se lo inventaba sin querer, era todo fruto del arrobo. Y el
muchacho, que estaba muy pendiente de una mariquita que le subía por el dedo, ni
escuchaba, él seguía a lo suyo, dando caladas, hasta que oyó «…ahora que somos
novios…». Se incorporó entonces como un resorte, la urgió a vestirse mientras se
subía los pantalones y dijo: «¿No has oído ese trueno? Vámonos, que viene
tormenta». Y Marisa, feliz de estar con él aquí o allí, qué más daba, le
pareció bien, todo le parecía bien, ¡aayy, qué guapo es!, se puso el vestido lo
más deprisa que pudo y echó a correr tras él, que ya estaba como a cien metros,
gritándole «¡espérame!».