domingo, 22 de marzo de 2026

En el pinar

EN EL PINAR

Hicieron el amor apresuradamente. No era plan —había dicho él— que alguien se saliese del sendero y los descubriera medio desnudos detrás de esos enebros.

Estaban echados sobre la cazadora de borreguillo del chico para que no se les clavasen las raíces y piedras que sobresalían del terreno. Aquellos cinco minutos de comerse a besos, de darse lengüetazos, de sacarse rápido el sujetador, bajarse la bragueta, la penetración y el grito de liberación del muchacho le habrían sabido a poco a cualquiera, pero a Marisa le invadió tanto amor al notar el peso de su cabeza apoyada en su pecho que, aunque empezó a notar un hormigueo en el brazo, el arrebato le hacía sentirse fuerte, dispuesta a aguantar lo que fuera, y no protestó ni cuando el chico se encendió un porro y todo el humo se le metía en los ojos.

Durante ese rato de sacrificio y abnegación, pues ya el calambre le alcanzaba las cervicales, sentía un dolor horroroso en el cuello y le lagrimeaban los ojos, Marisa le iba contando con su más acaramelada voz las formas de las nubes que pasaban sobre ellos: ora un corazón, ora una espiga, ora un osito sonriente. Se lo inventaba sin querer, era todo fruto del arrobo. Y el muchacho, que estaba muy pendiente de una mariquita que le subía por el dedo, ni escuchaba, él seguía a lo suyo, dando caladas, hasta que oyó «…ahora que somos novios…». Se incorporó entonces como un resorte, la urgió a vestirse mientras se subía los pantalones y dijo: «¿No has oído ese trueno? Vámonos, que viene tormenta». Y Marisa, feliz de estar con él aquí o allí, qué más daba, le pareció bien, todo le parecía bien, ¡aayy, qué guapo es!, se puso el vestido lo más deprisa que pudo y echó a correr tras él, que ya estaba como a cien metros, gritándole «¡espérame!».