EL ANCIANO
Ni bonito ni azul veía Dimas el cielo,
por más que el niñito que se había sentado a jugar frente al banco del parque
donde estaba él canturrease repetidamente. Además ¿acaso importaba eso? Para el
anciano, todos los días eran igual de sombríos, igual de feos.
Dimas miraba apático el suelo, fruncía el
ceño e intentaba no escuchar, esperando a que se callase o le reclamase la
madre, para seguir regodeándose en su dolor, para poder perder miserablemente
el tiempo. Era lo único que quería. Pero el niñito se acercó más a él y siguió parloteando.
¡Qué pesadez de criatura!, suspiró Dimas cuando se puso a describirle las nubes
que el viento empujaba en ese momento: «¡Mire aquel oso panza arriba y aquella
gallina de allí!», chillaba entusiasmado. Levantó entonces el anciano la
mirada, con una curiosidad pueril, y vio solo dos nubes raquíticas. Pero cuando
le señaló el crío una paloma «es mensajera seguro ¿no ve el papel atado a su
patita?», le hizo gracia la tontería y sonrió sin querer. Y por primera vez en
meses un destello de luz iluminó sus ojos, nublados por el recuerdo de su mujer,
por ir a morirse antes que él.