domingo, 22 de marzo de 2026

El ajuar

EL AJUAR

Le está siendo muy difícil a Lara decidirse entre tanta ropa. Porque entre lo que ella ha ido comprando de la lista que hizo cuando supo que estaba embarazada y los regalos que ha recibido hay mucho donde elegir. Y eso que la mayoría de las cosas se han quedado en casa.

Mira dentro de la bolsa que le ha traído su madre al hospital y saca un bodi azul, lo desdobla con mimo, lo extiende sobre la cama y se queda observándolo durante largos minutos. Después lo toma con ambas manos, se lo acerca a la cara, siente su suavidad, huele el olor a nuevo. Pero, de pronto, tuerce el gesto; le parece muy grande, así que lo dobla cuidadosamente, lo deja a un lado y vuelve a hacer lo mismo con otras prendas. Primero con un pelele acolchado gris, luego con un bombacho de pana, después con el peto vaquero que tiene cosido un osito en el bolsillo y el nombre de su hijo. Luis.

Hay en la bolsa también un gorrito y un par de guantes diminutos con sendas borlas. Una chaqueta de perlé tejida por la abuela, un abrigo de borreguito. La ropa que le puede valer a un recién nacido. Pero a Luis, tan chiquitico que cabe en un puño, en un calcetín le entran sus dos piernas minúsculas, translúcidas, y todavía sobra sitio. Y para las fotos que le van a hacer —para no olvidar nunca que estuvo aquí aunque no llegase a nacer, a respirar, a abrir los ojos al mundo; para recordar «cuánto te quisimos» todo le queda enorme.

Extenuada por el esfuerzo, angustiada por toda esa ropita esparcida sobre la cama que Luis no estrenará, desconsolada por la pérdida irreversible del hijo, que está ahí pero ya se ha ido, se deja caer con desmayo en una silla. Al fin, toma la iniciativa su madre y, con un suspiro, sumerge el cuerpo inerte del que iba a ser su nieto en un pijama de algodón, lo cubre con una manta y acomoda su cabecita dentro de la cuna.

Para que parezca que está dormido.