EL AJUAR
Le está siendo muy difícil a Lara decidirse entre tanta ropa. Porque
entre lo que ella ha ido comprando de la lista que hizo cuando supo que estaba
embarazada y los regalos que ha recibido hay mucho donde elegir. Y eso que la
mayoría de las cosas se han quedado en casa.
Mira dentro de la bolsa que le ha traído su madre al hospital y saca un bodi
azul, lo desdobla con mimo, lo extiende sobre la cama y se queda observándolo
durante largos minutos. Después lo toma con ambas manos, se lo acerca a la
cara, siente su suavidad, huele el olor a nuevo. Pero, de pronto, tuerce el
gesto; le parece muy grande, así que lo dobla cuidadosamente, lo deja a un lado
y vuelve a hacer lo mismo con otras prendas. Primero con un pelele acolchado
gris, luego con un bombacho de pana, después con el peto vaquero que tiene
cosido un osito en el bolsillo y el nombre de su hijo. Luis.
Hay en la bolsa también un gorrito y un par de guantes diminutos con
sendas borlas. Una chaqueta de perlé tejida por la abuela, un abrigo de
borreguito. La ropa que le puede valer a un recién nacido. Pero a Luis, tan
chiquitico que cabe en un puño, en un calcetín le entran sus dos piernas
minúsculas, translúcidas, y todavía sobra sitio. Y para las fotos que le van a
hacer —para no olvidar nunca que estuvo aquí aunque no llegase a nacer, a
respirar, a abrir los ojos al mundo; para recordar «cuánto te quisimos»― todo le queda enorme.
Extenuada por el esfuerzo, angustiada por toda esa ropita esparcida
sobre la cama que Luis no estrenará, desconsolada por la pérdida irreversible
del hijo, que está ahí pero ya se ha ido, se deja caer con desmayo en una
silla. Al fin, toma la iniciativa su madre y, con un suspiro, sumerge el cuerpo
inerte del que iba a ser su nieto en un pijama de algodón, lo cubre con una
manta y acomoda su cabecita dentro de la cuna.
Para que parezca que está dormido.