EL EMIGRANTE
Las cumbres nevadas al
fondo y más acá las chimeneas humeantes le guiaron en el último tramo hasta la
aldea de donde había partido hacía sesenta años. Su temor a no hallar el camino
después de tanto tiempo desapareció mientras enfilaba la cuesta empedrada,
rumbo al cementerio, donde estaban enterrados sus antepasados.
El olor a castañas
asadas y el tolón de los cencerros no
apaciguaban su desasosiego; temía que, por su aspecto avejentado y su acento,
no lo reconocieran. Lo que sí logró abstraerlo fue comprobar que una simple
ánima como él pudiera hundir el pie en una boñiga fresca.