LA FELIGRESA
Lo liviana de espíritu que sale ella tras
recibir la absolución y lo poco que le dura la paz. Porque siempre, siempre, aparece
alguien que le emponzoña el ánimo, incluso en el mismísimo confesionario. Como
hoy, que no ha podido arrepentirse a gusto de sus pecados porque al oír la voz
tras la rejilla resultó que no era el sacerdote de siempre, sino un cura que
anda últimamente por allí: el padre Quique. A Raimunda no le parece serio
llevar sotana y llamarse así, y como no le daba confianza se ha guardado algún
pecadillo, como el bofetón que le arreó ayer a la criadita por derramar la
leche sobre el mantel de lino, menuda inútil. Por compensar el arrebato, en vez
de una moneda dejó dos, ¡dos!, al mendigo de la puerta antes de entrar a misa.
Pero ¿qué se ha encontrado al salir? Pues al zarrapastroso bebiendo de un
tetrabrik de vino. ¡Qué poco ha tardado en gastarse la limosna! Porque para
buscarse un empleo, cambiarse de ropa, quitarse de ahí, para eso no, no se da
tanta prisa. «Que Dios perdone a estos maulas del demonio», se persigna
Raimunda, propinándole un puntapié al pasar junto a él.