FUTURA PROMESA
Después del yogur o la taza de leche caliente y antes de la hora de
dormir, estaba establecido en su agenda de actividades diaria que Hakiro
saliera a airearse al patio de la torre donde vivía con sus padres. A la madre
no le hacía mucha gracia, por temor a que se dispersase más de la cuenta, a que
confraternizase con algún gandul, a que perdiese la perspectiva de los
estudios. Y Hakiro, un poco por complacerla, otro poco porque no tenía ningún
amigo, intentaba en ocasiones no bajar. «Me duele la tripa», decía unas veces,
«llueve» o «hace frío», decía otras, o «prefiero quedarme en casa contigo».
Pero el tutor había sido inflexible con que ese rato de distracción al
día era innegociable. Después de las clases del colegio; las de inglés, alemán,
ruso y mandarín; las de solfeo, piano y violín; las de ajedrez, cálculo y
matemáticas; más los torneos de ajedrez y álgebra de los fines de semana y,
aparte, las tareas y deberes de la escuela, el niño debía desconectar, sí o sí,
ese espacio de tiempo. Se habían introducido en la computadora una serie de
datos del muchacho y de sus padres (edad, coeficiente intelectual, habilidades,
calificaciones escolares) y había salido eso, que quince minutos de descanso
obligatorio para Hakiro.
Así pues, a Hakiro no le quedaba otra que bajar al patio cada tarde.
Solía agazaparse a la sombra de una tapia, medio escondido en una esquina
alejada, donde nadie le viese, y se quedaba mirando el reloj, viendo pasar los
segundos, los minutos, con tanta desgana que claro, se le pasaba el tiempo
lentísimo. Pero todo llega, y cuando concluía el rato de recreo establecido,
subía a casa veloz, feliz de regresar a su mundo.
Una tarde, mientras miraba aburrido pasar los segundos, oyó la voz de una
niña al otro lado del muro. O mejor decir las voces, pues la niña modulaba
interpretando distintos personajes. Era tal el entusiasmo que transmitía, que
Hakiro se levantó del lado oscuro y se acercó a ella. Sentado a su lado, con
mucha atención, siguió escuchándola, hipnotizado por la lectura que hacía de
aquel libro, y al poco, sin darse cuenta, se vio saltando al río Misisipi desde
la rama de un árbol, secándose al sol sobre la hierba mullida, navegando en una
balsa hecha de troncos atados con cuerdas, pescando truchas con Tom, otro
chico, asándolas en una hoguera bajo un cielo lleno de estrellas y devorándolas
allí mismo. Y le pareció lo más rico que jamás había comido.
Al despedirse, le prometió la niña que el siguiente día emprenderían un
viaje fantástico a las colinas de Escocia, a conocer a los mejores magos del
mundo, a convertirse en sus aprendices.