EL HADO
Vemos con alivio a la mosca desenredarse de la telaraña o al topo que,
huyendo de un zorro, logra por los pelos alcanzar su madriguera. Y nos alegra
que el depredador se quede por esta vez sin su almuerzo. Fijémonos ahora en ese
polluelo de mirlo, impaciente por que regrese su madre con un gusano en el
pico. Hambriento y sintiéndose preparado para el vuelo, va y salta fuera del
nido listo para planear en el aire con sus alas recién estrenadas. Pero ¡ay! los
dos muñones cubiertos de plumón aún están sin desarrollar, no se abren y cae derecho
al suelo. Con suerte, ahí abajo habrá un lecho de hierba y hojas secas, su
madre no andará muy lejos, oirá sus piidos, lo rescatará y lo llevará de vuelta
a la seguridad del nido, quedando todo en un susto y una buena reprimenda.
Habrá sido una bonita lección para este polluelo temerario: en esta vida
hay que ser prudente. O habría sido si, en su caída libre desde la copa del
árbol, no se hubiese golpeado con las ramas, rompiéndose todos los huesos,
antes de estamparse sobre la tierra dura y seca justo cuando pasaba por allí
una comadreja.