DE ARMAS TOMAR
Cuando entraba Tomasa a limpiar el cuarto de baño de los señores, sufría
una transformación, no parecía ella. Quién se lo iba a decir cuando salió de la
aldea y llegó a esta casa a servir, jovencísima, casi una chiquilla, que se
ruborizaba si se le aflojaba una media y la señora de la casa se lo señalaba,
«Tomasa, un poco de decoro, s'il vous plaît». Silvuplé le sonaba a Tomasa muy finolis y
pensaba que qué culta era doña Herminia, mientras se arrodillaba azorada
por que se le viese el tobillo y estiraba la media casi hasta el muslo, con las
mejillas encendidas de vergüenza.
En aquellos primeros años, a Tomasa todo le daba apuro y nunca se
quejaba de nada. En parte por timidez, también por temor a que la despidieran. Porque
una zagala tan poco agraciada como ella, analfabeta ―«tirando a burra», como ella misma se definía―, sin un sitio donde ir a caerse muerta, sin habilidad ninguna más que
para pasar el trapo, barrer, fregar, poner lavadoras y todas esas cosas, a ver dónde
iba a estar ella mejor que ahí. Comer caliente cada día, tener una alcoba
propia con tele y un camastro limpio y poder ahorrar unas perras para un por si
acaso, le parecía lo más a lo que podía aspirar.
Pero con el tiempo y al ganar algunos kilos e ir cumpliendo años lo de
trabajar como una mula le empezaba a pesar. Cada vez se fatigaba más con las
tareas. Entonces sí que se quejó un poquitín y sugirió poder hacer algunas
pausas, pero no le sirvió de nada. Doña Herminia parecía que la perseguía, no
le concedía tiempo ni para un suspiro.
―Tomasa, cuando termine ―siempre la trataba de usted― de despegar los hierbajos de las
pelotas de golf del señor, se pone a abrillantar los palos. Después, acuérdese
de dar cera a los elefantes de marfil de la alacena. Silvuplé.
A Tomasa le dio mucha rabia, con lo que
le había costado decidirse a exigir sus derechos. Entonces un día, mientras
estaba limpiando el baño, se le ocurrió una idea. La jornada la terminaba igual
de rendida, pero al menos le proporcionaba algo de alivio al espíritu.
Así, lo que hacía Tomasa era echar el
pestillo por dentro y ponerse en jarras frente al espejo. Fruncía mucho el ceño,
arrugaba todo lo que podía la frente, apretaba los puños, se tiraba de los
pelos, gesticulaba, daba botes en el suelo y patadas a la pared. Como estaba en
zapatillas, esto último no se oía. Luego apretaba los dientes y movía los
labios exageradamente, articulando frases como «eres una mala puta, zorra
asquerosa, estoy hasta el coño de limpiar tu mierda». Hasta rojas se le ponían
las orejas. Y aunque no saliera ningún ruido de su garganta sí que salpicaba el
espejo con la saliva de las palabras no dichas. Palabras muy feas, en su
modesta opinión, pero que había escuchado en la tele en esos programas de
chismes que tanto le gustaban, y le parecía a ella que se quedaba uno muy a
gusto después de decirlas. De hecho cuando terminaban de insultarse mutuamente,
se les veía a todos de palique en el plató tan amigos.
Y así era. Al terminar el desahogo, sentía
un gran bienestar. Como si hubiera cargado las pilas y estuviese lista para
cuando doña Herminia empezase a aporrear la puerta, comunicándole que, en
cuanto terminase de blanquear las juntas de los azulejos, una montaña de ropa
le estaba esperando en el cuarto de la plancha