ÁFRICA
Aunque gritara o se desgañitase, no le oiría nadie: el terror y la
confusión se habían adueñado del bote. Las mujeres sujetaban con fuerza a los
niños en sus regazos y se lamentaban; los hombres aullaban, peleaban por los
chalecos salvavidas —insuficientes para todos—, se daban codazos y patadas y
alguno era empujado por la borda, desapareciendo inmediatamente bajo la
superficie del agua. Olas de tres metros, de una fuerza descomunal, rompían
contra el casco de la pequeña embarcación, que no aguantaría las embestidas de
aquel océano bravío.
Desde que zarparon de madrugada, al amparo de una noche sin luna, Nabil
no dejaba de sollozar sin apartar la vista de la costa africana. Sus lágrimas
arrastraban consigo antílopes, cebras, chimpancés y ñus. Loros, jaribús y
guacamayos. Baobabs y acacias. Un columpio sobre el río hecho de lianas. Un
balón de piel de oveja remendado. Las faldas multicolores de sus hermanas. En
su lloro se reflejaba la luz roja de un sol escondiéndose en el horizonte de la
sabana. También la Vía Láctea.
Al tragarse el llanto que se atascaba en su garganta, mezclado con la
espuma salada de la última sacudida del mar que le hizo caer al agua, le supo a
dátiles y leche de cabra. Y pese al pánico de sentir cómo se iba hundiendo en aquella
fría oscuridad y sus pulmones se encharcaban, Nabil escuchó el canto lejano de
unos tambores y se dejó llevar hacia el fondo, lentamente, en calma.