domingo, 22 de marzo de 2026

África

ÁFRICA

Aunque gritara o se desgañitase, no le oiría nadie: el terror y la confusión se habían adueñado del bote. Las mujeres sujetaban con fuerza a los niños en sus regazos y se lamentaban; los hombres aullaban, peleaban por los chalecos salvavidas —insuficientes para todos—, se daban codazos y patadas y alguno era empujado por la borda, desapareciendo inmediatamente bajo la superficie del agua. Olas de tres metros, de una fuerza descomunal, rompían contra el casco de la pequeña embarcación, que no aguantaría las embestidas de aquel océano bravío.

Desde que zarparon de madrugada, al amparo de una noche sin luna, Nabil no dejaba de sollozar sin apartar la vista de la costa africana. Sus lágrimas arrastraban consigo antílopes, cebras, chimpancés y ñus. Loros, jaribús y guacamayos. Baobabs y acacias. Un columpio sobre el río hecho de lianas. Un balón de piel de oveja remendado. Las faldas multicolores de sus hermanas. En su lloro se reflejaba la luz roja de un sol escondiéndose en el horizonte de la sabana. También la Vía Láctea.

Al tragarse el llanto que se atascaba en su garganta, mezclado con la espuma salada de la última sacudida del mar que le hizo caer al agua, le supo a dátiles y leche de cabra. Y pese al pánico de sentir cómo se iba hundiendo en aquella fría oscuridad y sus pulmones se encharcaban, Nabil escuchó el canto lejano de unos tambores y se dejó llevar hacia el fondo, lentamente, en calma.