CHISMORREOS
¡Mamarrachos! Se
piensan los muy necios que no me entero de nada. Que por ser una pobre anciana
no les oigo masticar sus burlas e insultos y escupirlos a mis espaldas cuando
salgo a la compra o de paseo. «Ahí va la cotilla, la
vieja chismosa, la metomentodo, la correveidile del pueblo». ¡Como si todos ellos no fueran amigos de
saber, que se pasan todo el tiempo blablablá, que yo también los veo!
Como vivo sola y no
tengo ni con quien charlar ni nada mejor que hacer, me gusta pasar las mañanas
sentada en la banqueta del colmado a escuchar a los vecinos contar sus cosas. Y
como otra cosa no, pero siempre he tenido buena memoria, lo que oigo por aquí
lo cuento luego por allá, y así distraigo las horas. Cierto es también que las
tardes las paso con la oreja pegada al tabique o el ojo a la mirilla de la
puerta, a ver quién sale y quién entra. ¿Acaso hago algún mal a alguien? Y por
las noches, como casi no duermo, suelo esconderme detrás del visillo, haciendo
calceta, hasta que cierran la tasca y el último parroquiano, a cuatro patas,
consigue arrastrarse hasta su casa y meter a duras penas la llave en la
cerradura de la puerta. Son los estragos del clarete y el ojén, a saber cuántos
llevan.
La última vez que
estuve en la ciudad, me compré unos prismáticos que son una maravilla, se ve
con mucha nitidez lo de lejos. Y anoche, mientras enfocaba la tapia del
cementerio me llevé un susto tremendo. Casi se me caen al suelo y por poco no
me espatarro yo detrás de ellos.
Pero aunque esté una
vieja y con sus achaques, de tonta no tengo un pelo, y no pienso pasarme los
próximos meses prestando declaración, rellenando papeles, respondiendo que si
estoy segura de esto o de aquello, repitiendo en comisaría lo mismo mil veces y
luego recibiendo citaciones y cogiendo el tren para ir a testificar a los
juzgados no sé cuántas veces y, ¡cómo no! aumentando mi fama de entrometida.
No, no me apetece; prefiero seguir con los chismes de andar por casa. Por eso les
voy a ofrecer unas galletas y un té a los policías que están llamando al timbre
de la puerta y voy a hacerme la loca todo el rato que haga falta.