domingo, 22 de marzo de 2026

El río

EL RÍO

Aún resiste en pie el viejo peral que hay junto al lavadero. Sus ramas, recias, son capaces de soportar el peso de cuatro niños. Pero seguramente esté seco. Muerto. No tiene hojas ni brotes ni frutos. Tampoco hay nidos con huevos o polluelos. Por no haber, no hay hormigas ni insectos. No hay, por tanto, nada interesante que hacer allí. De hecho, los cuatro amiguitos se han subido sin ganas, con desinterés, y se les ve sentados en las ramas, con cara de aburrimiento, balanceando las piernas en silencio, sin hablar entre ellos. Cuando se cansan de estar ahí, regresan cabizbajos a sus casas, con las manos en los bolsillos. Ya no tiran piedras a los gatos callejeros, ni roban ciruelas o higos de las huertas de los vecinos, ni pisan los charcos de las cunetas, ni corren detrás de las gallinas que se cruzan en su camino. Como mucho, dan una patada con desidia a un guijarro. O espantan a una lagartija que corre a esconderse en un hueco del muro.

Antes no era así. Hasta la pasada primavera se veía siempre al grupo merodeando por el bosque, buscando los árboles más altos y frondosos —robles, chopos, pinos—, compitiendo a ver quién subía más arriba. Menos Jesusín, que no le dejaba su madre trepar a los árboles y les esperaba abajo. En sus copas, se oía el trino de los pajarillos que revoloteaban entre las ramas y siempre se llevaban consigo un huevo de petirrojo, un polluelo de mirlo o unas cuantas plumas de búho. Tenían también localizado —era su secreto— un risco muy escarpado donde a veces conseguían llevarse un trozo de panal y se pasaban el resto de la tarde lamiendo golosos la miel. En ocasiones, las abejas se enfurecían y salían a por ellos y tenían que marcharse a todo correr. El pobre Jesusín, como era el más lento, siempre se llevaba alguna picadura.

Solían también adentrarse en lo más oscuro de una cueva que había cerca y se divertían lanzando bellotas o avellanas con sus tirachinas a los murciélagos que dormían bocabajo en el techo. También, en una ocasión, sufrieron su ataque y, como siempre, fue Jesusín quien se llevó la peor parte. El niño estuvo dos semanas con hinchazón, dolores y vendas, yendo cada día al médico a curarse los mordiscos de la cabeza y el cuello.

Aquel sábado de abril, como hacían siempre el primer día soleado de primavera, fueron a la poza más profunda a inaugurar la temporada de chapuzones. Aunque el agua estaba helada, se lanzaron de cabeza armando mucho jaleo. Luego tiraba cada uno una moneda al fondo y quien antes saliera con ella en la mano a la superficie se la quedaba como trofeo. Las aguas de la montaña bajaban caudalosas debido al deshielo y había remolinos y mucha corriente, lo cual hacía más difícil y estimulante el juego. Sobre la una, al ir a subirse a sus bicicletas después de secarse sobre la hierba, fue cuando se dieron cuenta de que faltaba Jesusín.

Se pusieron a llamarle a gritos, buscaron entre el légamo y los juncos, incluso se sumergieron varias veces a ver si se había enredado con algo, pero nada: Jesusín no aparecía. Tuvieron que regresar a casa sin él.

Han pasado un par de meses y el niño sigue sin aparecer. Desde entonces, el grupo deambula como alma en pena por las callejuelas y las plazas de la aldea. Acaban de terminar las clases y como es el primer día de vacaciones y aprieta el calor, se acercan a celebrarlo con otros chavales de la escuela al río. Allí observan a sus compañeros chapotear y refrescarse en las aguas límpidas, pero ellos solo se descalzan y se sientan sobre una roca de la orilla con los pies a remojo. La temperatura roza los treinta grados, pero cuando les gritan que se metan, que está muy buena, los cuatro amigos aseguran que no tienen calor. Se limitan a estar ahí, moviendo los dedos bajo el agua transparente, mirando en derredor con el temor de que en algún momento salga a flote la cabeza cubierta de algas de Jesusín, mirándoles acusadoramente desde el fondo de la cuenca vacía de sus ojos.