EL RÍO
Aún resiste en pie el viejo peral que hay junto al lavadero. Sus ramas,
recias, son capaces de soportar el peso de cuatro niños. Pero seguramente esté
seco. Muerto. No tiene hojas ni brotes ni frutos. Tampoco hay nidos con huevos
o polluelos. Por no haber, no hay hormigas ni insectos. No hay, por tanto, nada
interesante que hacer allí. De hecho, los cuatro amiguitos se han subido sin
ganas, con desinterés, y se les ve sentados en las ramas, con cara de
aburrimiento, balanceando las piernas en silencio, sin hablar entre ellos.
Cuando se cansan de estar ahí, regresan cabizbajos a sus casas, con las manos
en los bolsillos. Ya no tiran piedras a los gatos callejeros, ni roban ciruelas
o higos de las huertas de los vecinos, ni pisan los charcos de las cunetas, ni
corren detrás de las gallinas que se cruzan en su camino. Como mucho, dan una
patada con desidia a un guijarro. O espantan a una lagartija que corre a
esconderse en un hueco del muro.
Antes no era así. Hasta la pasada primavera se veía siempre al grupo
merodeando por el bosque, buscando los árboles más altos y frondosos —robles,
chopos, pinos—, compitiendo a ver quién subía más arriba. Menos Jesusín, que no
le dejaba su madre trepar a los árboles y les esperaba abajo. En sus copas, se
oía el trino de los pajarillos que revoloteaban entre las ramas y siempre se
llevaban consigo un huevo de petirrojo, un polluelo de mirlo o unas cuantas
plumas de búho. Tenían también localizado —era su secreto— un risco muy escarpado
donde a veces conseguían llevarse un trozo de panal y se pasaban el resto de la
tarde lamiendo golosos la miel. En ocasiones, las abejas se enfurecían y salían
a por ellos y tenían que marcharse a todo correr. El pobre Jesusín, como era el
más lento, siempre se llevaba alguna picadura.
Solían también adentrarse en lo más oscuro de una cueva que había cerca
y se divertían lanzando bellotas o avellanas con sus tirachinas a los
murciélagos que dormían bocabajo en el techo. También, en una ocasión,
sufrieron su ataque y, como siempre, fue Jesusín quien se llevó la peor parte.
El niño estuvo dos semanas con hinchazón, dolores y vendas, yendo cada día al
médico a curarse los mordiscos de la cabeza y el cuello.
Aquel sábado de abril, como hacían siempre el primer día soleado de
primavera, fueron a la poza más profunda a inaugurar la temporada de chapuzones.
Aunque el agua estaba helada, se lanzaron de cabeza armando mucho jaleo. Luego
tiraba cada uno una moneda al fondo y quien antes saliera con ella en la mano a
la superficie se la quedaba como trofeo. Las aguas de la montaña bajaban
caudalosas debido al deshielo y había remolinos y mucha corriente, lo cual
hacía más difícil y estimulante el juego. Sobre la una, al ir a subirse a sus
bicicletas después de secarse sobre la hierba, fue cuando se dieron cuenta de
que faltaba Jesusín.
Se pusieron a llamarle a gritos, buscaron entre el légamo y los juncos,
incluso se sumergieron varias veces a ver si se había enredado con algo, pero
nada: Jesusín no aparecía. Tuvieron que regresar a casa sin él.
Han pasado un par de meses y el niño sigue sin aparecer. Desde entonces,
el grupo deambula como alma en pena por las callejuelas y las plazas de la
aldea. Acaban de terminar las clases y como es el primer día de vacaciones y
aprieta el calor, se acercan a celebrarlo con otros chavales de la escuela al
río. Allí observan a sus compañeros chapotear y refrescarse en las aguas
límpidas, pero ellos solo se descalzan y se sientan sobre una roca de la orilla
con los pies a remojo. La temperatura roza los treinta grados, pero cuando les
gritan que se metan, que está muy buena, los cuatro amigos aseguran que no
tienen calor. Se limitan a estar ahí, moviendo los dedos bajo el agua
transparente, mirando en derredor con el temor de que en algún momento salga a
flote la cabeza cubierta de algas de Jesusín, mirándoles acusadoramente desde
el fondo de la cuenca vacía de sus ojos.