domingo, 22 de marzo de 2026

Novios

NOVIOS

Tener de novio a Rafa, que trabaja en un horno de pan y viene a buscarla en una moto Bultaco para ir a bailar y comer churros en la feria, le sabía a poco a Fina. Con veinte años, una ya tiene que ir pensando en un futuro un poco más prometedor. Por ese motivo decidió aceptar la invitación de Julio Juan, empleado en la notaría del pueblo, para ir con él al cine el viernes.

A la hora en punto se presentó el joven a bordo de un descapotable de tiempos de Maricastaña. «Un poco reliquia, por no decir carraca», pensó Fina, pero sonrió y no dijo nada. Tuvo que subirse saltando por encima de la puerta del copiloto porque estaba encajada y no se podía abrir. Tras varios giros de llave y pisadas al pedal de acelerar, arrancó el motor y empezó a circular. Iba lentísimo, avanzaba como a trompicones, el tubo de escape echaba un humo horroroso y la palanca de cambios chirriaba que era cosa mala, parecía que iba a cascar. Ah, y la radio encendida, pero mal sintonizada y todo el camino escuchando interferencias. ¿Podía empeorar la situación? Sí, claro que podía.

Ya en el autocine y antes de empezar la peli se puso a llover y tuvieron que situarse por detrás, uno a cada lado de la capota, y darle a una manivela que, como estaba demasiado engrasada, le pringó a Fina las manos y, por no alejar un poco el cuerpo mientras la iba girando, le salpicó también de aceite el vestido que precisamente ese día estrenaba.

Al terminar la película que había elegido él entusiasmado —«verás cómo te va a encantar, es súper romántica»—, una ñoñería bastante indigesta, y como llevaba más de dos horas parado, Julio Juan no consiguió poner el coche en marcha. Se oía el motor que sonaba como ahogado, cof, cof, parecía un viejo con espasmos. Así que Fina se tuvo que bajar —casi se espatarra al saltar sobre un charco—, y empujar. Mientras tanto Julio Juan, con su voz aflautada, dando instrucciones desde dentro, a salvo del aguacero, moviendo como bobo a un lado y otro el volante. Como no asomaba nadie para echar una mano —llovía a mares y a los de los otros coches no les apetecía mojarse— y tampoco había desnivel para que cogiera velocidad, por más que Fina pusiera toda su fuerza y empeño, el coche no arrancó y se tuvieron que volver a casa andando.

Al despedirse de Julio Juan, Fina hizo balance. El vestido para tirar —eso ya no sale ni frotando—, la manicura y el moldeado echados a perder y un tacón roto mientras empujaba. Pero lo peor fue ver a Julio Juan sorbiéndose los mocos y lloriqueando con aquella peli de mala muerte que a ella le hacía bostezar. «No es una señal, es que no hay por dónde cogerlo». Así que Fina ha decidido que no hay compatibilidad. Y además se ha dado cuenta de lo mucho que se ha acordado de su Rafa. Ir de paquete en la moto, bien pegada a su espalda, rodeando con sus brazos su cintura, sintiendo el viento en la cara y el olor a su loción de afeitado. Y su gracia al bailar, su voz de galán de cine, su risa contagiosa y cómo la mira y la acaricia con sus ojos color avellana.