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Tener de novio a Rafa, que trabaja en un horno de pan y viene a buscarla
en una moto Bultaco para ir a bailar y comer churros en la feria, le sabía a
poco a Fina. Con veinte años, una ya tiene que ir pensando en un futuro un poco
más prometedor. Por ese motivo decidió aceptar la invitación de Julio Juan,
empleado en la notaría del pueblo, para ir con él al cine el viernes.
A la hora en punto se presentó el joven a bordo de un descapotable de
tiempos de Maricastaña. «Un poco reliquia, por no decir carraca», pensó Fina,
pero sonrió y no dijo nada. Tuvo que subirse saltando por encima de la puerta
del copiloto porque estaba encajada y no se podía abrir. Tras varios giros de
llave y pisadas al pedal de acelerar, arrancó el motor y empezó a circular. Iba
lentísimo, avanzaba como a trompicones, el tubo de escape echaba un humo
horroroso y la palanca de cambios chirriaba que era cosa mala, parecía que iba
a cascar. Ah, y la radio encendida, pero mal sintonizada y todo el camino
escuchando interferencias. ¿Podía empeorar la situación? Sí, claro que podía.
Ya en el autocine y antes de empezar la peli se puso a llover y tuvieron
que situarse por detrás, uno a cada lado de la capota, y darle a una manivela
que, como estaba demasiado engrasada, le pringó a Fina las manos y, por no
alejar un poco el cuerpo mientras la iba girando, le salpicó también de aceite
el vestido que precisamente ese día estrenaba.
Al terminar la película que había elegido él entusiasmado —«verás cómo te va a encantar, es súper
romántica»—, una ñoñería bastante indigesta, y como llevaba más de dos
horas parado, Julio Juan no consiguió poner el coche en marcha. Se oía el motor
que sonaba como ahogado, cof, cof, parecía un viejo con espasmos. Así que Fina
se tuvo que bajar —casi se espatarra al saltar sobre un charco—, y empujar.
Mientras tanto Julio Juan, con su voz aflautada, dando instrucciones desde
dentro, a salvo del aguacero, moviendo como bobo a un lado y otro el volante. Como
no asomaba nadie para echar una mano —llovía a mares y a los de los otros
coches no les apetecía mojarse— y tampoco había desnivel para que cogiera
velocidad, por más que Fina pusiera toda su fuerza y empeño, el coche no
arrancó y se tuvieron que volver a casa andando.
Al despedirse de Julio Juan, Fina hizo balance. El vestido para tirar
—eso ya no sale ni frotando—, la manicura y el moldeado echados a perder y un
tacón roto mientras empujaba. Pero lo peor fue ver a Julio Juan sorbiéndose los
mocos y lloriqueando con aquella peli de mala muerte que a ella le hacía
bostezar. «No es una señal, es que no hay por dónde cogerlo». Así que Fina ha
decidido que no hay compatibilidad. Y además se ha dado cuenta de lo mucho que
se ha acordado de su Rafa. Ir de paquete en la moto, bien pegada a su espalda,
rodeando con sus brazos su cintura, sintiendo el viento en la cara y el olor a
su loción de afeitado. Y su gracia al bailar, su voz de galán de cine, su risa
contagiosa y cómo la mira y la acaricia con sus ojos color avellana.