CALORES
Agosto. 15:00 horas en Madrid. Nacho, con voz temblorosa y susurrante, le
va diciendo a Lola —la gogó que le
dejó trastornado en Salou— que se está acariciando, que le palpita con
violencia, que ya está mojado. Y ella, jadeando, le pide que siga, que siga,
que…
—¡¡Aaahhh, sssí, Naaacho, siií!! — gime al otro lado del auricular,
antes del «chauchauuu, bombón, muamuaaá».
Y si primero le chorreaba la camisa y tenía los pantalones pegados,
ahora hasta vapor le sale por la cabeza. «Tengo que bloquearla, esto es
insoportable», resopla, indeciso, mientras contempla las calles hirvientes
desde un autobús sin aire acondicionado.