PARQUE ACUÁTICO
¿Cuántas horas, días, semanas habremos pasado metidos en la piscina del
pueblo? Imposible de contar. No salíamos del agua hasta la hora de la cena. Al
final del verano, teníamos el pelo verde del cloro y el blanco de los ojos
lleno de venitas reventadas. A algunos la piel se les cuarteaba y parecían
salirles escamas.
Era el único lugar donde se podía estar, tal era el bochorno de aquellos
veranos. Río no había, ni estanques, acequias, ni un triste arroyo. Nada. La
fuente de la plaza y para de contar. Así que todo el santo día estábamos a
remojo. Pero el mismo plan de lunes a domingo terminaba aburriéndonos y un buen
día don Toribio, el alcalde, decidió animar un poco el cotarro y puso unos
toboganes. Como la idea gustó tanto, hizo instalar un trampolín de tres
alturas. ¡Como locos estábamos, qué piruetas hacíamos en el aire, triple salto
mortal! Empezaron a venir vecinos de otras aldeas y con el dinero que se sacaba
de las entradas don Toribio mandó colocar en el fondo un surtidor del que salía
un chorro a presión, como un géiser, que si te ponías encima ¡te subía hasta el
cielo! Una cosa espectacular. También compraron un pecio y un día que estaba
buceando encontré una moneda que una vez rascadas las algas que la cubrían resultó
ser de plata.
Como era de esperar también se montó un sistema para hacer olas que
aprendimos a coger con las tablas de planchar que nos traíamos de casa. Donde
no cubría y para deleite de los más pequeños se instaló una cascada.
Nos convertimos en la atracción de la comarca. Visto el éxito y para dar
un toque exótico trajeron un día unos pececillos de color plateado y rojizo,
muy bonitos. Pero aquella misma mañana nuestro lago azul se tornó color vino.
Las aguas se espesaron, se formó en el fondo un remolino y asustados salimos a
toda prisa. Nos vestimos sin entender por qué nos mandaban para casa «marchaos
de una vez y rapidito», nos gritaban. Pero mientras la guardia civil precintaba
la piscina vi al alcalde tirarse de los pelos, golpearse la frente contra la
ducha, repetir en voz alta «eres idiota, Toribio, eres idiota», lamentarse por
Arturito —un chaval al que no volvimos a ver nunca— y decir no sé qué de unas
pirañas y unos albaranes en chino.