LA DONCELLA
A veces, mientras sirve la mesa, tiene que reprimir Betsy una carcajada
al imaginar los fideos, higadillos y trocitos de zanahoria del consomé
deslizándose por la pared, después de estampar contra ella la sopera, hasta
formar un charco ―parecido a vómito de gato― sobre la alfombra
persa. Pero más gracioso aún, piensa con regodeo, sería estrellar la salsera en
el suelo de mármol, descascarillándolo un poco y llenando de añicos de
porcelana todo el comedor. ¡Qué cómico ver al bulldog resbalarse sobre la salsa bordelesa, cortándose con la loza rota y
poniéndolo todo perdido de sangre y pringue! Aunque lo más hilarante tenía que
ser, sin duda, llenar de Chateau Beychevelle hasta el borde las copas del señor
y la señora Wellington, para a continuación volcarlas de un manotazo sobre el
mantel.
―Betsssy, traiga la carne ―sisea la señora, agitando la mano,
haciendo tintinear las monedas de oro de sus pulseras―. Y quite esa
sonrisita, haga el favor, que parece usted tonta del bote.
―Sí, señora ―se sobresalta Betsy,
como recién salida de un sueño, recomponiendo como puede el gesto y ahogándose
de risa al imaginarse derramando la fuente de perdices estofadas sobre su
vestido de encaje y terciopelo.