TOKYO
Con lo que ganaba de lavaplatos en un bar del Mercado de Tsukiji, a Takeshi apenas le alcanzaba para poder pagarse un camastro en un cuartucho de dos metros cuadrados. Pero le cabían debajo unas cajas donde guardar sus cosas, así que con eso le bastaba. Tuvo que comprar, eso sí, un urinario portátil porque en los pisos compartidos a veces uno no puede aguantar hasta que el aseo de la casa queda libre. Aparte de eso, Takeshi pensaba que no necesitaba más.
En la cocina donde llevaba cerca de veinte años trabajando, aprovechaba y comía las sobras de los platos. Aunque sobras lo que se dice sobras no eran. Muchas veces los comensales pedían de más, se saciaban antes de lo que pensaban y las raciones volvían intactas, sin ni siquiera haberlas pinchado con un tenedor. Y acababan en el cubo de la basura. Por eso, Takeshi llevaba una dieta muy variada: unos días comía sushi, otros ramen, otros gyozas, y casi siempre fideos, que le encantaban. Para cenar se metía en un bolsillo unas rosquillas o un bollo de semillas de sésamo.
Sus días transcurrían todos igual. En la cocina, las nueve horas las pasaba vaciando en el cubo los platos que le iban trayendo, enjabonando con un estropajo, aclarando bajo el grifo de agua templada, poniéndolos a escurrir y después secándolos, abrillantándolos y colocándolos en las alacenas metálicas. Lo mismo hacía con tenedores, cuchillos, cucharas y vasos. Y así sin parar, todo el rato, porque era acabar con un montón de vajilla sucia y vuelta a empezar con el siguiente.
Cuando terminaba la jornada, colgaba el mandil, se ponía su ropa, salía corriendo a la calle y se metía en la estación de metro. Le llevaba cada trayecto dos horas, y tenía que darse prisa, nada de pararse a contemplar en las pantallas luminosas las imágenes de la última versión de un Smartphone o de un conocido futbolista mostrando su dentadura blanca y luciendo un Rolex en la muñeca; había que apurarse y llegar rápido al andén, antes de que la megafonía anunciara la llegada del siguiente tren. Porque un día se entretuvo mirando un Lamborghini en una valla publicitaria y como era hora punta no pudo ponerse de los primeros y fue arrastrado al interior del vagón por una marabunta, casi en volandas, quedando su pie derecho atrapado por fuera de la puerta junto al maletín de otro señor hasta la siguiente parada. Vaya susto que se llevó, menos mal que no pasó nada y llegó ileso a casa.
Aquella
noche, metido en su cama, tardó mucho en conciliar el sueño, tal era la
excitación y el alivio que sentía por haber esquivado la desgracia. Había sido
el azar, quizá, o el karma. Y mientras daba vueltas a lo afortunado que era, le vino la imagen de los
cerezos en plena floración y con el pensamiento de pasear sobre el lecho de
pétalos caídos bajo sus ramas rosadas el siguiente día que librara, logró por
fin quedarse dormido ¿Acaso podía un hombre para sentirse pleno desear más?