LA TORMENTA
En el alféizar de la
ventana del dormitorio de Eddy, el hielo y la nieve se acumulan como nunca
antes había visto. El cristal se ha empañado, así que el exterior —la nieve sucia amontonada en las aceras,
semáforos sin funcionar, autobuses y coches atascados, un ciclista que se cae,
un anciano que resbala y se golpea contra el piso—
no se ve. Y ni falta que le hace a Eddy más pesadumbre, pues bastante tiene ya
con esa desazón que desde hace tiempo siente en el pecho y que le oprime.
Para intentar animarse,
ha esbozado con el dedo en el vidrio empañado un corazón, y dentro una mamá y
un papá sonrientes. En medio de ambos, un niño. Después, ha tratado de distraerse
viendo los dibujos de la tele, ha empezado un puzle, se ha cansado y ha lanzado
al aire las piezas, ha estrellado sus cochecitos contra la pared, ha arrancado
la cabeza a un osito de peluche y, finalmente, como tantas otras veces, ha
ahogado el llanto con la cara hundida en la almohada hasta que, por fin, el
sueño le ha vencido.
Es de madrugada cuando se
oye un portazo y unos gritos. Inmóvil en la cama, entreabre los ojos, parpadea.
La luz de las farolas alumbra los tres monigotes de la ventana y Eddy ve que ya
no sonríen. La madre solloza, el padre vocifera, el niño está triste.
Y el corazón gotea
desleído.