APEGO
Nunca escatimó ningún esfuerzo la señora Cooper para proteger a su hija
Emma. Si sospechaba de una amenaza, si vislumbraba un peligro, hacía todo lo
posible para que no alcanzara a la niña. Daba mucha importancia a la
alimentación, así que organizaba metódicamente y sin concesiones todo lo que
comía. Su dieta era estricta y había una larga lista de cosas —porquerías, las
llamaba— prohibidas en su cocina: nada de papillas con química, purés de
supermercado, chucherías, dulces y bollería, refrescos azucarados y patatas
fritas.
También supervisaba cualquier juguete o trasto que pudiese caer en manos
de la niña. Para ella, una pelota que se chutara con demasiada fuerza podía
pasar por encima de la valla del jardín y terminar dando botes por la
carretera; una cometa, azuzada por una ráfaga inesperada de viento, podía salir
volando al otro lado de la calle; un triciclo, ¡un triciclo, Dios mío!, podía
rodar por la rampa del garaje y acabar siendo aplastado bajo las ruedas del
automóvil de algún vecino que circulara por allí y que, en ese preciso momento,
no estuviese atento a la conducción. Y detrás de esos peligros siempre
imaginaba, con auténtico pavor, despanzurrada en el asfalto a su hijita. Por
ese motivo, la pelota, la cometa y el triciclo que le había regalado una niñera
que tuvo y a la que despidió, terminaron en una oficina de objetos perdidos. No
quiso tirarlos a la basura por temor a que alguien los viera en el contenedor,
los cogiese y se los llevara a su casa para sus hijos. Al fin y al cabo,
estaban nuevecitos. Tampoco quiso entregarlos en la beneficencia. No quería ser
responsable, cómplice, de exponer a otros niños a esos peligros. En aquella
oficina, nadie los reclamaría jamás y terminarían sus días olvidados en el
almacén, deteriorados por la humedad y el paso del tiempo.
Así pues, a sus tres años la pequeña Emma no conocía prácticamente nada
más allá de la verja de su casa. Tampoco iba a la guardería. Siempre había
alguna excusa para quedarse a salvo dentro de los confines de la casa: si no
era porque nevaba, era porque llovía o hacía mucho frío o calor o apretaba el
sol, que es malísimo para la piel ¡y su pequeña era tan blanquita! Al médico la
había llevado un par de veces, para ponerla las vacunas. Bien envuelta y con
una gorra calada casi hasta la nariz, que le impedía ver desde su sillita la
gente, las calles, los coches, los columpios de los parques por donde pasaban.
Para Emma solo existían en su mundo la madre, el doctor y la nanny que la había cuidado unos meses. Y
los personajes de los dibujos de la tele. Y luego estaba Kevin, el vecinito. Cuando
la señora Cooper se metía en la cama por las tardes a dormir, atiborrada de
pastillas, con aquellas horribles migrañas que padecía, Emma se escabullía
silenciosa al jardín y se juntaba con el niñito en un hueco que había en el
seto de laurel que separaba sus casas. Allí, la pequeña supo que había otro
mundo fuera de las cuatro paredes donde vivía, pero intuyó también que no debía
comentar a su madre nada sobre ese asunto.
Los dos niños se hicieron muy amiguitos.
Cada tarde, durante las horas que se pasaba dormitando la señora Cooper,
Emma corría a su encuentro.
Un día en el que jugaba con el vecinito, poco antes de cumplir los
cuatro años, un conductor no vio a los dos niños atravesar la calzada montados
en sendos patinetes y no frenó a tiempo, arrollando con su automóvil a Emma. A
la señora Cooper le despertaron, por este orden, unos timbrazos en la puerta, el
ulular oscilante de las sirenas de policía y ambulancias y los gritos de la
gente que se arremolinaba en la acera. Aún amodorrada por la medicación, se
asomó a la ventana y tirado en la carretera vio el cuerpo convulsionando de su
pequeña. Le habían colocado un collarín y unos sanitarios la estaban entubando,
le daban masajes en el pecho, se miraban entre ellos, negaban con la cabeza. Era
su niña, era ella. Pero eso era imposible, ¿cómo iba a ser ella, si hacía un
ratito de nada la había dejado en su cuarto sentada en el suelo con un puzle? Y
además aquel cuerpecito, aunque llevara su ropa, vomitaba cosas que era
imposible que tuviera dentro: trocitos de regaliz, de gominolas, de chicle
masticable, de chocolate, de palomitas, que flotaban en un líquido del color de
la Coca-Cola.
Esa imagen, la extrañeza de descubrir que su niña no bebía solo agua o
leche, la perplejidad de enterarse de esa manera, el desasosiego de pensar cuántas
cosas más había hecho sin su conocimiento y el desgarro por perderla, por más
que hubiera intentado protegerla, le acompañarían toda su vida entera.