domingo, 22 de marzo de 2026

Apego

APEGO

Nunca escatimó ningún esfuerzo la señora Cooper para proteger a su hija Emma. Si sospechaba de una amenaza, si vislumbraba un peligro, hacía todo lo posible para que no alcanzara a la niña. Daba mucha importancia a la alimentación, así que organizaba metódicamente y sin concesiones todo lo que comía. Su dieta era estricta y había una larga lista de cosas —porquerías, las llamaba— prohibidas en su cocina: nada de papillas con química, purés de supermercado, chucherías, dulces y bollería, refrescos azucarados y patatas fritas.

También supervisaba cualquier juguete o trasto que pudiese caer en manos de la niña. Para ella, una pelota que se chutara con demasiada fuerza podía pasar por encima de la valla del jardín y terminar dando botes por la carretera; una cometa, azuzada por una ráfaga inesperada de viento, podía salir volando al otro lado de la calle; un triciclo, ¡un triciclo, Dios mío!, podía rodar por la rampa del garaje y acabar siendo aplastado bajo las ruedas del automóvil de algún vecino que circulara por allí y que, en ese preciso momento, no estuviese atento a la conducción. Y detrás de esos peligros siempre imaginaba, con auténtico pavor, despanzurrada en el asfalto a su hijita. Por ese motivo, la pelota, la cometa y el triciclo que le había regalado una niñera que tuvo y a la que despidió, terminaron en una oficina de objetos perdidos. No quiso tirarlos a la basura por temor a que alguien los viera en el contenedor, los cogiese y se los llevara a su casa para sus hijos. Al fin y al cabo, estaban nuevecitos. Tampoco quiso entregarlos en la beneficencia. No quería ser responsable, cómplice, de exponer a otros niños a esos peligros. En aquella oficina, nadie los reclamaría jamás y terminarían sus días olvidados en el almacén, deteriorados por la humedad y el paso del tiempo.

Así pues, a sus tres años la pequeña Emma no conocía prácticamente nada más allá de la verja de su casa. Tampoco iba a la guardería. Siempre había alguna excusa para quedarse a salvo dentro de los confines de la casa: si no era porque nevaba, era porque llovía o hacía mucho frío o calor o apretaba el sol, que es malísimo para la piel ¡y su pequeña era tan blanquita! Al médico la había llevado un par de veces, para ponerla las vacunas. Bien envuelta y con una gorra calada casi hasta la nariz, que le impedía ver desde su sillita la gente, las calles, los coches, los columpios de los parques por donde pasaban.

Para Emma solo existían en su mundo la madre, el doctor y la nanny que la había cuidado unos meses. Y los personajes de los dibujos de la tele. Y luego estaba Kevin, el vecinito. Cuando la señora Cooper se metía en la cama por las tardes a dormir, atiborrada de pastillas, con aquellas horribles migrañas que padecía, Emma se escabullía silenciosa al jardín y se juntaba con el niñito en un hueco que había en el seto de laurel que separaba sus casas. Allí, la pequeña supo que había otro mundo fuera de las cuatro paredes donde vivía, pero intuyó también que no debía comentar a su madre nada sobre ese asunto.

Los dos niños se hicieron muy amiguitos.

Cada tarde, durante las horas que se pasaba dormitando la señora Cooper, Emma corría a su encuentro.

Un día en el que jugaba con el vecinito, poco antes de cumplir los cuatro años, un conductor no vio a los dos niños atravesar la calzada montados en sendos patinetes y no frenó a tiempo, arrollando con su automóvil a Emma. A la señora Cooper le despertaron, por este orden, unos timbrazos en la puerta, el ulular oscilante de las sirenas de policía y ambulancias y los gritos de la gente que se arremolinaba en la acera. Aún amodorrada por la medicación, se asomó a la ventana y tirado en la carretera vio el cuerpo convulsionando de su pequeña. Le habían colocado un collarín y unos sanitarios la estaban entubando, le daban masajes en el pecho, se miraban entre ellos, negaban con la cabeza. Era su niña, era ella. Pero eso era imposible, ¿cómo iba a ser ella, si hacía un ratito de nada la había dejado en su cuarto sentada en el suelo con un puzle? Y además aquel cuerpecito, aunque llevara su ropa, vomitaba cosas que era imposible que tuviera dentro: trocitos de regaliz, de gominolas, de chicle masticable, de chocolate, de palomitas, que flotaban en un líquido del color de la Coca-Cola.

Esa imagen, la extrañeza de descubrir que su niña no bebía solo agua o leche, la perplejidad de enterarse de esa manera, el desasosiego de pensar cuántas cosas más había hecho sin su conocimiento y el desgarro por perderla, por más que hubiera intentado protegerla, le acompañarían toda su vida entera.