LA HABANA
Lo que no
falta nunca en «Le salon de coiffure», la pelu de barrio donde trabaja Yocelyn,
son revistas de moda y belleza: Vogue, Elle, Harper's Bazaar, Cosmopolitan,
Telva, InStyle o Glamour son algunas de ellas. Llegan más o menos cada tres
meses, así que terminan muy sobadas, medio rotas y sin algunas hojas que
recortan las empleadas o las clientas bromeando entre ellas: que si me llevo
estas sandalias Manolo Blahnik, dice una mientras arranca una página entera;
que si yo estos pantalones palazzo; que si no puedo vivir sin un bolso Louis Vuitton;
que si yo este vestido de encaje y lentejuelas. Y así, al tiempo que
desaparecen las hojas satinadas de los magacines, se van nutriendo las
fantasías de las chicas de destilar glamour y de taconear, vestidas con plumas
y pedrería, por el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas, como esas divas de
las pasarelas.
A Yocelyn
esta tarde, paseando por el malecón tras terminar su jornada, le han hecho
chiribitas los ojos y le ha parecido que rozaba con sus uñas de gel recién
puestas su sueño de cenicienta cuando aquel hombre —quizá un poco viejo,
bastante calvo, demasiado sudoroso y gordinflón, pero rubio y extranjero— le ha
dicho que qué pretty es, que si le
puede hacer una fotografía para una agencia de modelos y que si le apetece
tomarse un cóctel con él.