SOFÁ Y MANTA
Si hay una mujer renacentista, polivalente y multitarea, esa es Ramona. Eso,
al menos, es lo que opina de sí misma ella, aunque la definición no es suya; se
la oyó un día decir ―vocear― a la Esteban o al Matamoros o a uno de esos, qué más da. El caso es que
a ella le va como anillo al dedo y por eso se la ha apropiado. En resumidas
cuentas: Ramona puede hacer varias cosas a la vez. Y todas bien.
Así, sin dejar de parlotear y comentar todo lo que dicen en el programa
de cotilleos de la tele, teje una bufanda de lana burdeos ―Gerardo no sabe ni cuántas tiene―, bebe a sorbos el
café de la merienda y mordisquea una magdalena, sin dejar caer nada, ni una
gota ni una miga, al sofá. Aparte de eso, tiene visión periférica. Ahora mismo
está observando por el rabillo del ojo a Gerardo, que está concentrado mirando
en el diario deportivo la foto de una playa tropical ―hay palmeras, un tucán en una jaula y un surfista muy bronceado, muy depilado, muy sonriente― y no leyendo las noticias de la Champions, ni los resúmenes de los partidos, ni la entrevista a este o
aquel jugador. Que, por cierto, qué poco originales son, siempre contestan lo mismo.
Le delata al pobre el lenguaje corporal. Está metiendo barriga, se ha
pasado la mano por los cuatro pelos de la cabeza como atusando un flequillo que
no tiene y le están empezado a resbalar unas gotitas de sudor por la frente, al
muy bobo. Es tremendo, hasta babea. Y Ramona, que tiene un poco de médium y lee
la mente, sabe que está pensando: «Jo, a
ver si convenzo a la Ramoni y vamos este año a Benidorm con el Imserso». ¡Ja!
Pues con lo que odia ella la arena, el sol, los mosquitos y el calor, lo lleva
claro; ya sabe que no se le arregla. Que además dónde van a estar mejor ellos
que viendo la tele tan ricamente en casa y sin gastar dinero.
Lo que ignora Ramona es que él, que la conoce perfectamente, percibe
cuando se está inmiscuyendo en su cerebro, y ha aprendido a enmascarar sus
pensamientos reales cuando la tiene tan cerca, mostrándole otros normales y
corrientes. Porque ya que no puede ir a ningún sitio, ni vivir experiencias, se
las inventa. Y si llega a ver lo a gusto que se encuentra ahora, imaginándose
al surfista de la foto atado a los barrotes de la jaula, medio en cueros, susurrándole
«acércate, bandido, apaga el fuego que me
quema el cuerpo», le da un telele que ni te cuento.