domingo, 22 de marzo de 2026

Sofá y manta

SOFÁ Y MANTA

Si hay una mujer renacentista, polivalente y multitarea, esa es Ramona. Eso, al menos, es lo que opina de sí misma ella, aunque la definición no es suya; se la oyó un día decir vocear a la Esteban o al Matamoros o a uno de esos, qué más da. El caso es que a ella le va como anillo al dedo y por eso se la ha apropiado. En resumidas cuentas: Ramona puede hacer varias cosas a la vez. Y todas bien.

Así, sin dejar de parlotear y comentar todo lo que dicen en el programa de cotilleos de la tele, teje una bufanda de lana burdeos Gerardo no sabe ni cuántas tiene, bebe a sorbos el café de la merienda y mordisquea una magdalena, sin dejar caer nada, ni una gota ni una miga, al sofá. Aparte de eso, tiene visión periférica. Ahora mismo está observando por el rabillo del ojo a Gerardo, que está concentrado mirando en el diario deportivo la foto de una playa tropical hay palmeras, un tucán en una jaula y un surfista muy bronceado, muy depilado, muy sonriente y no leyendo las noticias de la Champions, ni los resúmenes de los partidos, ni la entrevista a este o aquel jugador. Que, por cierto, qué poco originales son, siempre contestan lo mismo. 

Le delata al pobre el lenguaje corporal. Está metiendo barriga, se ha pasado la mano por los cuatro pelos de la cabeza como atusando un flequillo que no tiene y le están empezado a resbalar unas gotitas de sudor por la frente, al muy bobo. Es tremendo, hasta babea. Y Ramona, que tiene un poco de médium y lee la mente, sabe que está pensando: «Jo, a ver si convenzo a la Ramoni y vamos este año a Benidorm con el Imserso». ¡Ja! Pues con lo que odia ella la arena, el sol, los mosquitos y el calor, lo lleva claro; ya sabe que no se le arregla. Que además dónde van a estar mejor ellos que viendo la tele tan ricamente en casa y sin gastar dinero.

Lo que ignora Ramona es que él, que la conoce perfectamente, percibe cuando se está inmiscuyendo en su cerebro, y ha aprendido a enmascarar sus pensamientos reales cuando la tiene tan cerca, mostrándole otros normales y corrientes. Porque ya que no puede ir a ningún sitio, ni vivir experiencias, se las inventa. Y si llega a ver lo a gusto que se encuentra ahora, imaginándose al surfista de la foto atado a los barrotes de la jaula, medio en cueros, susurrándole «acércate, bandido, apaga el fuego que me quema el cuerpo», le da un telele que ni te cuento.