SOMBRAS
No era la oscuridad ni
aquellas aguas heladas lo que les asustaba. Tampoco les pareció un lugar
nauseabundo, sucio y desagradable como los sitios por donde solían transitar: los
puertos pesqueros atestados de raspas y cabezas podridas de pescado; las calles
llenas de baches, piedras y charcos; las plazas rebosantes de colillas, cascos
rotos, excrementos de animales, orines y escupitajos; los mercadillos donde
montones de inmundicias se acumulaban al terminar la jornada. Pero verse
repentinamente ahí, somnolientas aún, flotando en la superficie del océano, les
hizo sospechar que algo malo estaba pasando.
Conforme transcurrían
los minutos, el miedo y la incertidumbre fueron adueñándose de ellas. Algunas
se pusieron a sollozar en silencio, otras chillaban, las más se resignaban.
Porque ¿acaso podían ellas hacer algo? La respuesta era no. Nada. Lo único
apretujarse, bien juntitas, para infundirse ánimos, para confortar a las más
angustiadas, para decirles que aguantasen, que enseguida vendrían a rescatarlas,
que pronto conocerían el suelo americano, que esta pesadilla quedaría olvidada.
Pero lo que pasó fue
que la mayoría de las sombras que intentaban mantenerse a flote a merced de los
bloques de hielo fueron arrastradas al fondo del mar. En aquellas dos horas y
cuarenta minutos que tardó en hundirse el Titanic, más de mil quinientas desaparecieron
bajo las gélidas aguas, quedando atrapado en el aliento brumoso del océano un
lamento desesperado.