EL PRIMER AMOR
Dejarse llevar por la pasión en aquel momento era lo único que le
importaba a Alba y ella, ensimismada, literalmente levitaba. Estaba muy
concentrada en no caerse, abrazada al cuello de Nacho, el chico que tanto le
gustaba. Nunca le habían flaqueado las piernas de aquella manera: parecía que
el suelo desapareciera bajo sus pies, que no existiera fuerza de la gravedad. Se
sentía arrasada por el deseo, pletórica, llena. ¡Es que el primer beso era algo
tan especial! Con los párpados entrecerrados, perdida la noción del tiempo,
flotaba como en una nube, henchida de placer. Era tal el arrebato de gozo, tan
intensa la dicha, que el calorcillo que circulaba por sus venas rebosaba hacia
el exterior, haciendo
saltar chiribitas de sus ojos, arrebolándole las mejillas, enrojeciendo sus
labios.
Por esa fantasía romántica de sentirse tan especial, por idealizar el
momento, por enmarcarlo como un vivencia hermosa e inolvidable a la que acudir
por las noches en la soledad de su cama, no se dio cuenta de que a aquel chico
le apestaba el aliento a ColaCao, de que los pelos mal afeitados de su barbilla
se le clavaban como alfileres en la cara, de la aspereza de sus labios, del
gusto agrio de su saliva, de que su lengua, gorda e inexperta, fofa como una
babosa, retorciéndose como una culebra, lamía y relamía durante una eternidad que
a Alba le pareció muy breve.
Porque ¿acaso esos detalles importaban si ella, en su éxtasis, estaba
rozando con los dedos el cielo? Se sentía en otra dimensión, todo era místico, espiritual,
Nacho era su ángel y tan alelada estaba que jamás habría visto que las plumas
de sus alas, mal pegadas a la espalda, se desprendían y caían al suelo o salían
volando.
Pero aquella primera vez, con trece años, la sigue conservando como un
tesoro Alba en el fondo de su alma, como recuerdo de cuando existía una única
realidad, la suya, y nada con qué compararla.