PLENILUNIO
Casi
me pierdo el parto de los mellizos. Estaba distraída, soplando sobre el hombro
del mercader judío para volcar los montoncitos de monedas de plata y obligarle
a contar una y otra vez sus ganancias de la jornada, cuando escuché el berrido del
primer bebé. Claro, gruñí mientras me apresuraba a la alcoba de su esposa
preñada: con la luna llena se le ha adelantado.
El
primero había salido enseguida y la parturienta ni sufrió casi. Pero para el segundo,
jeje, ya estaba allí mi sombra. Lo primero que hice fue enroscar el cordón
umbilical en el cuello del feto y ponerlo de nalgas. Después, prolongar las
contracciones y agotar a la madre, que a punto estuvo de desmayarse. Y por
último, sugerir al oído de la comadrona ese tajo en el perineo, por donde
finalmente sacaron al segundo, todo morado. Cuando me fui de allí, la mujer
seguía desangrándose.