lunes, 2 de noviembre de 2026

Vestigios

VESTIGIOS

En la línea del horizonte, bajo un sol que abrasaba los campos yermos por donde serpenteaba aquella carretera, se iba mostrando la torre de un campanario. Sonreí, aliviado. Hasta me pareció oír repicar las campanas. Donde hay iglesia hay pueblo, donde hay pueblo hay bar, me dije. Sudoroso, con una sed espantosa, me imaginé sentado a la fresca en la cantina, bebiendo una limonada fría y charlando con el mesero, preguntándole por aquel lugar que no venía en el mapa.

Pero ni cantina, ni limonada, ni charla. Al aproximarme, descubrí que se trataba de un embalse sobre un pueblo inundado.

 


Salvados

SALVADOS

En algún lugar sonó un silbato. El grumete que gobernaba el bote contaría luego que le pareció oír un bisbiseo apagado, apenas audible, que llamó su atención porque era distinto a los gritos de auxilio de la gente que se ahogaba entre los bloques de hielo. Guiado únicamente por un pálpito remó en la negrura de la noche hacia aquel sonido. Así fue como el contramaestre del Titanic, a punto de hundirse en las gélidas aguas del océano, logró salvar su vida.
En otro lugar, este ya en tierra firme, el silbato que sonó lo hizo de manera enérgica, insistente, como si estuviera enojado; qué digo enojado, ¡iracundo! Todos los peatones que pasaban por allí se pararon en seco y giraron la cabeza al tiempo de ver cómo un guardia urbano detenía el tráfico, un autobús frenaba en seco y el chico que cruzaba la calle, idiotizado mirando la pantalla de su móvil, se quedaba lívido al ver el morro del vehículo a dos palmos de su cara.

Y en un campo de fútbol, después de los diez agónicos minutos añadidos a los noventa del partido de la final de Copa, el árbitro hizo sonar su silbato dos veces: ¡Piiiiiiiiii! ¡Piiiiiiiiii! Dos pitidos largos, mantenidos, contundentes, definitivos, que dieron la victoria por 1-0 al equipo de un aficionado que estaba en su asiento, congestionado y en plena crisis respiratoria, justo a tiempo de que el corazón no se le saliese por el pecho.

 

Plenilunio

PLENILUNIO

Casi me pierdo el parto de los mellizos. Estaba distraída, soplando sobre el hombro del mercader judío para volcar los montoncitos de monedas de plata y obligarle a contar una y otra vez sus ganancias de la jornada, cuando escuché el berrido del primer bebé. Claro, gruñí mientras me apresuraba a la alcoba de su esposa preñada: con la luna llena se le ha adelantado.

El primero había salido enseguida y la parturienta ni sufrió casi. Pero para el segundo, jeje, ya estaba allí mi sombra. Lo primero que hice fue enroscar el cordón umbilical en el cuello del feto y ponerlo de nalgas. Después, prolongar las contracciones y agotar a la madre, que a punto estuvo de desmayarse. Y por último, sugerir al oído de la comadrona ese tajo en el perineo, por donde finalmente sacaron al segundo, todo morado. Cuando me fui de allí, la mujer seguía desangrándose.

 

Párvulos

PÁRVULOS                          

Mi especialidad es la crianza a edad temprana, pues mis métodos resultan particularmente idóneos si se aplican desde la cuna hasta que el esbozo de diablillo comienza a ponerse en pie, a caerse ―«¡sin poner las manos!», les insisto siempre― y a hacerse sus primeros chichones. Es este el momento perfecto para encauzar por el mal camino a los individuos en formación.

En este período en que el cerebro tierno del bebé es un folio en blanco, yo aprieto bien la punta de mi estilográfica sobre él hasta rasgarlo y hacer sangre, escribo con renglones torcidos y  faltas de ortografía y redacción, utilizo abundancia de palabrotas, amenazas, coacciones e insultos. Y después, lo lleno de manchurrones con todo lo que pillo cerca, como purés, mocos y zumos.

El caos queda, pues, servido para cuando los psicópatas en ciernes llegan al jardín de infancia a practicar con los otros niños.

 

 

 

Mecachis

MECACHIS 

El hombre de tez ceniza, chaqueta arrugada y manos temblorosas miraba una y otra vez, de arriba abajo, la carta de bebidas de la cafetería. Pidió entonces un vodka con naranja, pero el camarero le sirvió un negroni y, como se moría de sed y no quería esperar más, se lo bebió de un trago. Estaba muy rico. Levantó la mano y señaló varias veces el vaso vacío y le trajo, esta vez, un mojito. Olía delicioso, a hierbabuena recién cortada. Quiso repetir, pero le pusieron delante un café con crema de orujo que, aunque no era lo que más le apetecía, se tomó con gusto.

Todo esto se imaginaba este hombre mientras, aburrido, sorbía con una pajita un agua con gas. Se consolaba pensando que, al menos, tintinear los hielos de la copa, no se lo tenían prohibido. Aunque debía ser cauteloso y dosificarse con la lectura de los cócteles y la mezcla de bebidas, porque cuando terminaba su agua y se levantaba para irse, decía un «hasta mañana» con voz de borracho y salía de allí tambaleante y mareadillo.

Macho man

MACHO MAN

A rastras tuve que sacar a Maricarmen de la verbena, no quería irse. En cuarenta años casados nunca le habían apetecido las fiestas y justamente anoche, vaya, se le antojó venir.

Mientras me meneaba entre policías y cowboys al ritmo de Village People, la vi detrás de una barraca, arrimada a un indio, pimplándose una garrafa de aguardiente. Como Maricarmen piripi se pone muy pesada, la metí al asiento trasero y arranqué. Y aunque iba medio grogui, no paraba de atosigarme: que si sube la música, que si baja la ventanilla, que si pedazo marinero que va sentado de copiloto.

 

Lo superfluo

LO SUPERFLUO

En la delegación de asuntos educativos, los responsables se afanan en optimizar el presupuesto. Hay que acabar con el despilfarro en esta área y en esas están, en ajustar el gasto en el diseño de la futura escuela.

«El cielo va a seguir ahí, ya lo verán cuando se vayan a casa después de clase. Se evita, además, que se distraigan mirando pasar las nubes, ¡así que fuera!». Y eliminan todas las ventanas del edificio. Uno de los expertos sugiere aprovechar los viejos contenedores del puerto, colocando uno junto a otro y apilándolos hasta tres alturas, en lugar del proyecto de obra tradicional con sus ladrillos, mortero, escayola, revoco, cristales, persianas y demás zarandajas.

Tras restar todas estas partidas y animados por el ahorro que esta idea supondría para las arcas, dirigen su mirada al terreno del plano. «No tiene sentido tanto espacio desaprovechado, lleno de porterías y canastas, ¡que jueguen en sus barrios, caramba!». Y con unas tijeras recortan el patio del recreo.

Tanto gustico les da el sonido de las cuchillas, chas-chas,  seccionando el papel, que continúan eliminando más cosas: las aulas de música, dibujo, audiovisuales y también, por qué no, el laboratorio, la biblioteca y el gabinete de apoyo. «Aquí se viene a aprender y aprobar el curso; los caprichos, extraescolares y terapias que se los paguen sus padres».

Con los recortes que se van amontonando encima de la mesa, hacen unos gurruños que tiran a encestar, con más o menos tino, en la papelera.

Liberté

LIBERTÉ

En la plaza, el boulevard y las calles adyacentes, tras las cortinas de las ventanas de los edificios anexos, desde el interior de sus vehículos atrapados en el caos circulatorio, miles de personas graban y fotografían con sus cámaras la escena. Al principio alocadamente, sin enfocar, llevados por los nervios. Pero pasada la incertidumbre de los primeros momentos, cuando el cerebro se acostumbra al vocerío, a las sirenas, al ruido de cristales rotos, al olor a pólvora, al humo de los fuegos, disparan con más calma, repiten encuadre, hasta se hacen selfies. Y comparten, al instante, sus fotos y videos, para que sepa el mundo entero que estuvieron allí, siendo testigos del acontecimiento.

Y millones de ojos en todo el planeta contemplan en directo esta metáfora que tan bien simboliza las protestas: la de las lágrimas negras resbalando por la cara y el cuello de la estatua. Es un goteo de pintura que brota de los ojos y cae, es un sollozo que empapa y tiñe de negro el blanco de la piedra. Tiene un magnetismo la imagen que hipnotiza y sublima y nada lo supera. Y atrapa tanto la atención ver el símbolo de occidente debilitarse de esa manera, que nadie se da cuenta de que en la antorcha que sujeta con la mano izquierda aún arde un rescoldo.

La última

LA ÚLTIMA

Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a la cocina.

A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero enseguida cae vencido sobre la alfombra. Le pesan los párpados, le resbala la baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de ronquidos.

Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la ventana, la tarima de madera que cruje bajo su cuerpo. Extrañado, aguza los sentidos, intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes huevos de irte».

La playa

LA PLAYA

Apenas tenía pulso Rosalba cuando llegaron al banco del parque los sanitarios del servicio de emergencias, alertados por una llamada. Era una noche gélida de enero y la mujer no llevaba más que un jersey puesto. En su regazo, un envase de pastillas vacío. Su cara estaba hinchada y pálida, y unas lágrimas de rímel se le habían congelado desde las ojeras hasta el cuello. Pero en su rostro no había angustia ni dolor; al contrario, tenía un gesto plácido y sereno.

Mientras empezaban las maniobras de reanimación, ella había cruzado el océano y llegado ya a la costa que la vio nacer. Caminaba descalza por la orilla de una playa de arena fina y mar color turquesa. La conocía bien; allí había sido una niña hasta que dejó de serlo violentamente, se le hinchó el vientre, le pasó otras dos veces y marchó engañada a la tierra prometida ―un cuartucho sórdido― para poder enviar dinero a Jeffrey, Edisson y Janette, a su madre, a la abuela, a sus hermanos pequeños.

Solo se oía el rumor de las olas rompiendo suavemente. El sol acariciaba su piel morena y el agua cristalina envolvía sus pies, sus piernas, su cuerpo, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba lejos desapareció esa presión en el pecho que no le dejaba respirar, ese agujero dentro por el que se iba cayendo y que cada vez era más negro.

Cuando ya le cubría por la frente, sintió una sacudida tremenda, luego otra, y otra más, como corrientes eléctricas. Oyó dos voces diciendo: «¡se nos va!», «¡otra descarga, vamos!», «¡no respira, no respira!, «¡la perdemos!». Sacó entonces a la superficie la cabeza, tomó una bocanada de aire fresco y vio la orilla a lo lejos, las caracolas en la arena, las algas y esponjas y cangrejos, los cocoteros y el viento meciéndolos, las montañas al fondo. «¡Tiene pulso!», escuchó de nuevo. Y mientras cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la corriente, todo le pareció hermoso, tan hermoso y bello.

Pasajeros

PASAJEROS

Me sabe mal decir que no me gustan los niños, pero así es. ¿Que por qué tuve a Emma y Anna? Pues no sé, la respuesta podría ser, ¿y por qué no? Después de un noviazgo largo y tedioso, un no atreverse a romper porque ―como insistían mis padres― dónde vas a encontrar un novio más bueno que este, un «¿nos casamos?» por pura inercia y aburrimiento, un temor a si luego me arrepentiría de no tenerlos… Siempre confié en que, como decía mi abuela, los hijos propios son una bendición, pero a mí no me lo parece. Las quiero, claro que las quiero, las he parido yo, cómo no las voy a querer. Pero desde pequeñitas dan muchísimo que hacer y pocas satisfacciones. Además, son cursis e impertinentes; en eso a mí no salieron. Así que si pudiera volver atrás, viviría mi vida de otra manera. Sin ellas dos; así de crudo lo cuento.

Pero tampoco voy a asfixiarlas mientras duermen, descuartizarlas y meterlas en un bidón con ácido hasta que se disuelvan sus huesos. Eso no voy a hacerlo, no les deseo la muerte. Solo quiero que crezcan y se emancipen, qué ganas tengo. Así que siempre ando evadiéndome de esta existencia anodina y sumergiéndome en vidas ajenas. En casa, leo siempre que puedo ―y me dejan―, y me estaría todo el día viendo series y pelis. Cuando estoy fuera, como ahora en el metro para llevarlas al ballet, me entretengo observando con disimulo a los que me rodean. Parece exagerado, pero me quedo pestañeando embelesada al escuchar al músico callejero, que toca el acordeón y luego pasa seductor el sombrero, ¡qué vida más bohemia! ¿Habrá actuado en París, Praga, Viena? Luego, contemplo a un mochilero, con el saco, la tienda y la cantimplora y todo lo que pueda necesitar, como si fuera un caracol con su casa a cuestas, dispuesto a comerse el mundo entero: a dejarse llevar en cada sitio, hacer en cada momento lo que le apetezca. Observo de reojo a una chica embarazada que se acaricia la barriga, soñadora, y casi me ahogo por reírme para dentro. Ya verás la que te espera, nena, me digo. Me fijo también en el revisor, que con decir «buenos días» o «buenas tardes», picar billetes y caminar por los vagones, pendiente de los que se suban en cada andén, ya se gana el sueldo. Qué despreocupación. Y luego llegar a su apartamento, abrirse una cerveza, tumbarse a la bartola en el sofá y no tener que hacer cenas.

Se sube ahora una señora viejísima que sujeta un ramo de flores frescas envueltas en papel ―¿irá al cementerio?― y que seguramente no baje de los noventa. Se nota por las arrugas, las venas marcadas, lo despacio que se mueve. Y siento envidia al pensar que ya cumplió en esta vida, que ya hizo y deshizo lo que le tocara hacer y deshacer, que ya está con un pie en el nicho y ya puede morirse tranquila, serenamente.

Pero esto de la anciana me deja mal cuerpo, me alarma pensar con tanto alivio y ligereza en mi propia muerte, no tenerle más respeto. Porque no es que quiera morirme, al menos eso creo. Aunque cada día que pasa, tan iguales unos a otros, tan descafeinados, tan vacíos, noto cómo me apago, cómo me voy muriendo.

La cita

LA CITA

El bar estaba vacío, lo cual no extrañó a Marité porque hacía un frío que pelaba. Hasta el loro del dueño, que repetía «hijodeputamaricón» cada minuto, se había arrebujado entre sus alas y ni se meneaba. Se trataba de una tasca donde no encajaban ni puertas ni ventanas. Todo era viejuno, no tenían tele y solo se oían las moscas electrocutarse y a Simón chuperreteando los caracoles mientras mojaba pan en la salsa y bebía clarete, todo al mismo tiempo con pasmosa habilidad.

Con el mentón apoyado en la mano, ella suspiraba aburrida, daba un sorbito al café y miraba disimuladamente fuera. Al otro lado de la calle se veía el mesón abarrotado, con la gente en manga corta, cantando «We are the champions», compartiendo las botas de vino y celebrando la victoria en el Mundial de Fútbol.

Después de una hora ahí, callados, como dos pasmarotes en su primer domingo juntos, haciendo tiempo para ir al cine a ver «Torrente, presidente», ella, incluso yendo contra la opinión de sus padres, «te conviene, hija, su familia tiene una churrería en propiedad, no es ningún muerto de hambre», se envalentonó, se puso en pie, pagó la cuenta ―Simón se había dejado la cartera en casa― y le dijo:

―Puedes verla en Netflix, así te ahorras la entrada.

Y, con las mismas, salió a los cinco grados de la calle sintiendo cómo el aire de la noche encendía sus mejillas y le entibiaba el alma.

Festejo

FESTEJO

A Leandro se le cayó el audífono en el inodoro mientras defecaba y, como le daba asco meter la mano, tiró de la cisterna y desapareció por el desagüe. «Este hombre chochea», se lamentó la directora de la residencia mientras, muy afligido, se lo contaba.

―Comprenderá usted, señora ―continuó diciendo, sentándose sobre la cama― que no me apetezca tocar la pandereta ni cantar villancicos, si no oigo nada.

Pero no, no entendía ella que no quisiera ponerse un collar de espumillón, soplar los matasuegras y pasarlo bomba tirando confeti a los otros ancianos en una fecha tan señalada.

―A la cena sí que viene, don Leandro ―dijo autoritaria, cruzándose de brazos.

Pero le explicó él, sacándose la dentadura postiza, que desde por la mañana le hacía un daño horroroso, que tenía la boca llena de llagas.

―Los canapés, langostinos y el lechazo, qué remedio, los comeré aquí en la habitación, a mi ritmo. Polvorones, mazapán y turrón, solo del blando. Y una botella de cava para pasarlo, gracias. Y ahora voy a seguir con el crucigrama, no la entretengo más.

Mientras cerraba por fuera la puerta, se sintió triste y dolida al confundir con un gemido lastimero una carcajada.


Érase una maldita vez

ÉRASE UNA MALDITA VEZ

Nos llaman las bestias del bosque y en las viñetas aparecemos con las fauces siempre abiertas, siempre intimidando. Si algún niño quedaba sin asustar, añaden el apellido feroz a nuestra especie y, ¡voilá!, somos los personajes más temibles que te puedes encontrar en un cuento.

Pero esto es una falacia. Cierto es que carnívoros somos, no lo voy a negar. Sin embargo, tenemos nuestro corazón. Ahora mismo, por ejemplo, después de olisquear a una niña con caperuza roja que pasaba por aquí, en vez de cazarla, me quedé inmóvil, atento a unos gruñidos lastimeros que solicitaban ayuda. Así que me olvidé de esa presa y para allá me fui.

Al llegar, me encontré una cerda preñada, retorciéndose de dolor. Cogí unas toallas, llené una palangana con agua caliente y me dije: «hoy ejerzo de comadrona». Y la ayudé a traer a este mundo tres hermosos cochinillos. Rosaditos, rechonchos, mmm, tiernecicos…

El infierno

EL INFIERNO

No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le telefoneó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.

Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el móvil, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.

Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.

Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.

Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.

 

El estanque

EL ESTANQUE

Al abrir la ventana, una bocanada de aire limpio entra en la habitación, trayendo consigo el olor a tierra húmeda, a hierba mojada. Matilde aspira lenta, profundamente por la nariz, notando con agrado el frescor de esa brisa en la cara.

Casi había olvidado que el cielo pudiera ser de un azul tan celeste. Después de tantos meses de oscuridad, de nubarrones y lluvia, de estar todo el día encerrada, el primer impulso que tiene es bajar las escaleras y, sin que nadie la vea, salir al jardín así, en camisón y descalza. Pegar la nariz al jazmín que crece junto a la fachada, caminar sobre el césped mullido, acercarse al estanque y meter los pies y, cuando se haya acostumbrado al frío, chapotear como cuando era niña y salpicarse con los dedos la cara. Y luego meterse hasta las rodillas, y otro poco más hasta la cintura, y avanzar pasito a pasito para no resbalar con el lodo del fondo, sentir las carpas deslizándose muy cerca de sus piernas, casi rozándolas, y el agua helada llegándole al pecho, al cuello, a la nariz. Contemplar su melena gris flotando en la superficie, enredándose con el camisón y las nubes caídas del cielo. Abrazarse a una, creyendo que flotaría. Perder pie, hundirse, tragar agua…

Entonces se le agita el pulso y un sudor frío le recorre la espalda; apenas puede respirar al evocar de forma tan nítida aquel día. Poco a poco consigue calmarse, contando números al respirar, como le han enseñado en este sitio.

Acaricia los barrotes antes de cerrar la ventana. Se dirige a la cama, se sienta sobre las sábanas, hunde la cara entre las manos, solloza desconsolada.

El espectáculo

EL ESPECTÁCULO

Con el tiempo, el público se fue cansando del mago atado con grilletes y cadenas dentro del tanque de agua. Se aburrieron de verle hacer el paripé, fingiendo que no lograría soltarse, poniendo gestos de angustia y abatimiento. Así que hubo que adaptarse a las demandas y caprichos de los asistentes.

Primero, consiguieron que se les permitiera subir al escenario para presenciar bien cerca la función, algunos hasta pegaban la nariz al vidrio. Luego, exigieron que estuviera más rato sin respirar, que dos minutos les sabía a poco. Al final el mago, entre apneas y algo de aire que cogía de las rejillas de drenaje cuando no le veían, se pasaba minutos bajo el agua. Animados al ver atendidas sus peticiones, pidieron que echaran en el fondo arena y metieran algas, conchas y peces. Y como las entradas se agotaban en taquilla y venía cada vez más gente, llenaron unos bidones en el fondo del océano.

Desde entonces, los espectadores guardan un silencio reverencial cuando empieza la actuación, que se hace a oscuras para disfrutar de la luz iridiscente de los peces abisales mientras el mago se libera. Pero lo que más sobrecoge es escuchar el canto de la ballena.

 

Derribado

DERRIBADO

Morir electrocutado por un rayo bajo una tormenta eléctrica que le pillase en medio del campo, descalzo sobre la tierra encharcada mientras llovía a cántaros, los rayos cayendo a su alrededor hasta que uno, ¡zas!, acertase de lleno en la punta metálica del paraguas que sujetaba, atravesase furiosamente sus dedos y se expandiese por todo el cuerpo, reventándolo por dentro, sacándole los ojos fuera de sus órbitas, chamuscando y poniéndole de punta el vello, haciéndole jirones la piel, y expulsar humo por nariz, boca y orejas, hasta caer fulminado al suelo, le parecía menos doloroso que verla a ella meter sus tops, deportivas y vaqueros en su mochila de cualquier manera, echársela al hombro y sin mirar atrás, sin ni siquiera un beso, abandonar para siempre el apartamento.

¡Clic!

¡CLIC!

De buena gana le habría arrojado encima el champán con que nos obsequiaron ayer tarde a mi mujer y a mí en la recepción del hotel mientras nos registrábamos. «Parece que se te ha olvidado que el alcohol era solo para brindar en navidades y poco más», me reprendía, arrugando con desagrado la nariz. Por la noche, en la habitación, se puso muy pesado con que cerrase el libro y apagase la luz. «Hay que respetar las horas de sueño», insistía, obstinado. Poco me faltó para coger una almohada, ponérsela en la cara y aplastarla con todas mis fuerzas hasta asfixiarle.

Como era de esperar, por la mañana se molestó mucho por no levantarme a las seis, como siempre. «Por lo menos, haz unos abdominales antes de desayunar, gandul». Aquí se pasó un poco, no me parecía de recibo que me faltase al respeto. Pero por tener la fiesta en paz me contuve, hice unas sentadillas y me duché antes de bajar al buffet. Mientras me servía huevos fritos con salchichas, beicon y patatas no paró de incordiarme. «Como sigas así, vuelves a casa con diez kilos de más, ya verás», me repetía muy cerca de la oreja. Por poco, muy poco, se libró de que le clavase en un ojo el tenedor con el que me estaba comiendo un bizcocho de chocolate.

Pensaba yo que a la playa no vendría a dar la tabarra, así que di un paseo por la orilla con mi mujer, me tumbé en la hamaca, tomé un poco el sol y luego me zambullí tranquilamente en el mar. Pero después de bucear un rato mirando la arena del fondo, con sus conchas y algas, pensando en que me quedaría allí para siempre, sin sentir la fuerza de la gravedad, al sacar la cabeza para tomar aire ahí estaba el puñetero. Muy serio, procedió a informarme del riesgo de un corte de digestión si no guardaba un tiempo prudencial desde el desayuno. «Normalmente serían dos horas de margen, pero como te has puesto como un cerdo, pues son tres. Te faltan diez minutos».

Esta vez lo vi claro. Era mi primer día de vacaciones y había venido a olvidarme de horarios, de alarmas, de obligaciones, a dejarme llevar, a no pensar en rutinas, a no planificar, a vivir plenamente cada momento. Ni menos ni más. Así que volví a sumergirme en el agua y, ahora sí, logré acallar aquel runrún del que siempre me costaba un tiempo liberarme, dejándolo que se ahogara.

Carro de la compra

CARRO DE LA COMPRA

A Hilda no le importaba envejecer, al contrario, le gustaban las arrugas que surcaban su rostro. Estaba convencida de que lo malo sería ser una tiesa, no haberse reído por nada y conservar, por ello, un cutis de porcelana.

Así que no le preocupaban los estragos que el paso del tiempo iba haciendo en su cara. Le daban igual la piel cuarteada, las líneas de expresión, la caída del óvalo facial y las patas de gallo. Veía con bastante indiferencia la publicidad que se colaba en la pantalla del móvil cuando lo miraba o consultaba el correo electrónico.

Los anuncios, al principio, eran inofensivos: de una crema hidratante o un champú anticaspa. Pero en poco tiempo, sin darse cuenta, se produjo un bombardeo de ventanas emergentes que se multiplicaban, ofreciendo filtros de eterna juventud que debía comenzar a utilizar cuanto antes. Y, si no disponía de saldo, ofertas de préstamos rápidos.

Tal saturación logró desbordar su cerebro que, apabullado por tanto producto milagroso, colapsó. Y ya se veía Hilda, a sus setenta y pico años, necesitando a toda costa, unos labios más jugosos, una nariz más chata, unas cejas más pobladas, unas pestañas más largas, una dentadura más blanca.

Los sérum antiedad, complementos nutricionales, píldoras adelgazantes y cremas antimanchas se acumulaban en cestas de la compra y listas de deseos virtuales que Hilda iba llenando, algo aturdida, en las distintas páginas. La verdad es que con el móvil que le habían regalado sus nietos se le pasaba el tiempo volando, sobre todo las tardes lluviosas que no podía salir a pasear o mirar escaparates. Pero casi siempre terminaba con algo de jaqueca. Se tomaba entonces una copita de moscatel mientras se masajeaba las sienes y luego eliminaba todos los mensajes que recibía, solicitándole el número de tarjeta para completar la compra, ¡qué pesados!, pinchando en el cubo de basura del Gmail, que estaba hasta arriba ya de pedidos de potingues y elixires mágicos.

¡Ay!

¡AY!

 

―A los guiris ―explicaba el dueño del chiringuito a Pepín, el camarero nuevo―, les sirves sangría con vino peleón a veinte euros la jarra. Cuando ya están piripis, tinto de verano sin alcohol, para que sigan consumiendo. Es el plan de rentabilidad del negocio. Más difíciles de mangonear son los del Imserso: si piden boquerones imitando el acento andaluz, les sacas media ración. Hale, atiende esa mesa. 

—¡Buenaz! ―saludó un jubilado de Valladolid―. Venimo a deguztá laz gamba de Huerva. ¡Y no vaya confundite, pisha, con laz der Pizuerga! 

«Una ración de verdad», subrayó en la comanda un sonriente Pepín.

Amnesia

AMNESIA

Que así, a bote pronto, no sabía cómo había llegado allí, sorry, murmuró una Agatha medio adormilada al sargento Howards cuando la encontró en aquel hotel de Harrogate. Durante cuatro días, aviones, buzos y más de quince mil voluntarios habían estado buscándola, temiéndose lo peor tras aparecer su vehículo junto a un lago, hasta que el policía entró allí un momentín a hacer pis y la halló tumbada en una hamaca de la piscina climatizada.

―¿Puedo traerle un té, señora, o quizá una copita de sherry para entonarse?  ―susurró el hombre. Se veía nevar copiosamente a través del ventanal empañado.

―Mejor traiga la botella, señor agente, y dos vasitos, y póngase usted cómodo. Coja un bañador y un albornoz de ahí, siéntese a mi lado, charlemos y bebamos. Oh, my Godness, vaya abdominales. Seguro que con su habilidad, delicadeza y sus dotes profesionales, honey, en una semana habré recordado.