PASAJEROS
Me sabe mal decir que no me gustan los niños, pero así es. ¿Que por qué
tuve a Emma y Anna? Pues no sé, la respuesta podría ser, ¿y por qué no? Después
de un noviazgo largo y tedioso, un no atreverse a romper porque ―como insistían mis padres― dónde vas a
encontrar un novio más bueno que este, un «¿nos casamos?» por pura inercia y
aburrimiento, un temor a si luego me arrepentiría de no tenerlos… Siempre
confié en que, como decía mi abuela, los hijos propios son una bendición, pero
a mí no me lo parece. Las quiero, claro que las quiero, las he parido yo, cómo
no las voy a querer. Pero desde pequeñitas dan muchísimo que hacer y pocas
satisfacciones. Además, son cursis e impertinentes; en eso a mí no salieron.
Así que si pudiera volver atrás, viviría mi vida de otra manera. Sin ellas dos;
así de crudo lo cuento.
Pero tampoco voy a asfixiarlas mientras duermen, descuartizarlas y
meterlas en un bidón con ácido hasta que se disuelvan sus huesos. Eso no voy a
hacerlo, no les deseo la muerte. Solo quiero que crezcan y se emancipen, qué
ganas tengo. Así que siempre ando evadiéndome de esta existencia anodina y
sumergiéndome en vidas ajenas. En casa, leo siempre que puedo ―y me dejan―, y me estaría todo el día viendo series y pelis. Cuando estoy fuera, como
ahora en el metro para llevarlas al ballet, me entretengo observando con
disimulo a los que me rodean. Parece exagerado, pero me quedo pestañeando
embelesada al escuchar al músico callejero, que toca el acordeón y luego pasa seductor
el sombrero, ¡qué vida más bohemia! ¿Habrá actuado en París, Praga, Viena?
Luego, contemplo a un mochilero, con el saco, la tienda y la cantimplora y todo
lo que pueda necesitar, como si fuera un caracol con su casa a cuestas,
dispuesto a comerse el mundo entero: a dejarse llevar en cada sitio, hacer en
cada momento lo que le apetezca. Observo de reojo a una chica embarazada que se
acaricia la barriga, soñadora, y casi me ahogo por reírme para dentro. Ya verás
la que te espera, nena, me digo. Me fijo también en el revisor, que con decir «buenos
días» o «buenas tardes», picar billetes y caminar por los vagones, pendiente de
los que se suban en cada andén, ya se gana el sueldo. Qué despreocupación. Y
luego llegar a su apartamento, abrirse una cerveza, tumbarse a la bartola en el
sofá y no tener que hacer cenas.
Se sube ahora una señora viejísima que sujeta un ramo de flores frescas
envueltas en papel ―¿irá al cementerio?― y que seguramente no baje de
los noventa. Se nota por las arrugas, las venas marcadas, lo despacio que se
mueve. Y siento envidia al pensar que ya cumplió en esta vida, que ya hizo y
deshizo lo que le tocara hacer y deshacer, que ya está con un pie en el nicho y
ya puede morirse tranquila, serenamente.
Pero esto de la anciana me deja mal cuerpo, me alarma pensar con tanto
alivio y ligereza en mi propia muerte, no tenerle más respeto. Porque no es que
quiera morirme, al menos eso creo. Aunque cada día que pasa, tan iguales unos a
otros, tan descafeinados, tan vacíos, noto cómo me apago, cómo me voy muriendo.