FESTEJO
A Leandro se le cayó el audífono en el inodoro mientras defecaba y, como
le daba asco meter la mano, tiró de la cisterna y desapareció por el desagüe. «Este
hombre chochea», se lamentó la directora de la residencia mientras, muy afligido,
se lo contaba.
―Comprenderá usted, señora ―continuó diciendo,
sentándose sobre la cama― que no me apetezca tocar la pandereta ni cantar villancicos, si no oigo
nada.
Pero no, no entendía ella que no quisiera ponerse un collar de
espumillón, soplar los matasuegras y pasarlo bomba tirando confeti a los otros
ancianos en una fecha tan señalada.
―A la cena sí que viene, don Leandro ―dijo autoritaria,
cruzándose de brazos.
Pero le explicó él, sacándose la dentadura postiza, que desde por la
mañana le hacía un daño horroroso, que tenía la boca llena de llagas.
―Los canapés, langostinos y el lechazo, qué remedio, los comeré aquí en
la habitación, a mi ritmo. Polvorones, mazapán y turrón, solo del blando. Y una
botella de cava para pasarlo, gracias. Y ahora voy a seguir con el crucigrama,
no la entretengo más.
Mientras cerraba por fuera la puerta, se sintió triste y dolida al
confundir con un gemido lastimero una carcajada.