AMNESIA
Que así, a bote pronto, no sabía cómo había llegado allí, sorry, murmuró una Agatha medio
adormilada al sargento Howards cuando la encontró en aquel hotel de Harrogate.
Durante cuatro días, aviones, buzos y más de quince mil voluntarios habían
estado buscándola, temiéndose lo peor tras aparecer su vehículo junto a un lago,
hasta que el policía entró allí un momentín a hacer pis y la halló tumbada en
una hamaca de la piscina climatizada.
―¿Puedo traerle un té, señora, o quizá una copita de sherry para
entonarse? ―susurró el hombre. Se veía nevar copiosamente a través del ventanal
empañado.
―Mejor traiga la botella, señor agente, y dos vasitos, y póngase usted
cómodo. Coja un bañador y un albornoz de ahí, siéntese a mi lado, charlemos y
bebamos. Oh, my Godness, vaya abdominales. Seguro que con su habilidad,
delicadeza y sus dotes profesionales, honey,
en una semana habré recordado.