CARRO DE LA COMPRA
A Hilda no le importaba
envejecer, al contrario, le gustaban las arrugas que surcaban su rostro. Estaba
convencida de que lo malo sería ser una tiesa, no haberse reído por nada y
conservar, por ello, un cutis de porcelana.
Así que no le preocupaban los estragos que el paso del tiempo iba
haciendo en su cara. Le daban igual la piel cuarteada, las líneas de expresión,
la caída del óvalo facial y las patas de gallo. Veía con bastante indiferencia
la publicidad que se colaba en la pantalla del móvil cuando lo miraba o
consultaba el correo electrónico.
Los anuncios, al principio, eran inofensivos: de una crema hidratante o
un champú anticaspa. Pero en poco tiempo, sin darse cuenta, se produjo un
bombardeo de ventanas emergentes que se multiplicaban, ofreciendo filtros de
eterna juventud que debía comenzar a utilizar cuanto antes. Y, si no disponía de
saldo, ofertas de préstamos rápidos.
Tal saturación logró desbordar su cerebro que, apabullado por tanto producto
milagroso, colapsó. Y ya se veía Hilda, a sus setenta y pico años, necesitando
a toda costa, unos labios más jugosos, una nariz más chata, unas cejas más pobladas,
unas pestañas más largas, una dentadura más blanca.
Los sérum antiedad, complementos nutricionales, píldoras adelgazantes y
cremas antimanchas se acumulaban en cestas de la compra y listas de deseos
virtuales que Hilda iba llenando, algo aturdida, en las distintas páginas. La
verdad es que con el móvil que le habían regalado sus nietos se le pasaba el
tiempo volando, sobre todo las tardes lluviosas que no podía salir a pasear o
mirar escaparates. Pero casi siempre terminaba con algo de jaqueca. Se tomaba
entonces una copita de moscatel mientras se masajeaba las sienes y luego
eliminaba todos los mensajes que recibía, solicitándole el número de tarjeta
para completar la compra, ¡qué pesados!, pinchando en el cubo de basura del
Gmail, que estaba hasta arriba ya de pedidos de potingues y elixires mágicos.