lunes, 2 de noviembre de 2026

Salvados

SALVADOS

En algún lugar sonó un silbato. El grumete que gobernaba el bote contaría luego que le pareció oír un bisbiseo apagado, apenas audible, que llamó su atención porque era distinto a los gritos de auxilio de la gente que se ahogaba entre los bloques de hielo. Guiado únicamente por un pálpito remó en la negrura de la noche hacia aquel sonido. Así fue como el contramaestre del Titanic, a punto de hundirse en las gélidas aguas del océano, logró salvar su vida.
En otro lugar, este ya en tierra firme, el silbato que sonó lo hizo de manera enérgica, insistente, como si estuviera enojado; qué digo enojado, ¡iracundo! Todos los peatones que pasaban por allí se pararon en seco y giraron la cabeza al tiempo de ver cómo un guardia urbano detenía el tráfico, un autobús frenaba en seco y el chico que cruzaba la calle, idiotizado mirando la pantalla de su móvil, se quedaba lívido al ver el morro del vehículo a dos palmos de su cara.

Y en un campo de fútbol, después de los diez agónicos minutos añadidos a los noventa del partido de la final de Copa, el árbitro hizo sonar su silbato dos veces: ¡Piiiiiiiiii! ¡Piiiiiiiiii! Dos pitidos largos, mantenidos, contundentes, definitivos, que dieron la victoria por 1-0 al equipo de un aficionado que estaba en su asiento, congestionado y en plena crisis respiratoria, justo a tiempo de que el corazón no se le saliese por el pecho.