EL ESPECTÁCULO
Con el tiempo, el público se fue cansando del mago atado con grilletes y
cadenas dentro del tanque de agua. Se aburrieron de verle hacer el paripé,
fingiendo que no lograría soltarse, poniendo gestos de angustia y abatimiento.
Así que hubo que adaptarse a las demandas y caprichos de los asistentes.
Primero, consiguieron que se les permitiera subir al escenario para
presenciar bien cerca la función, algunos hasta pegaban la nariz al vidrio.
Luego, exigieron que estuviera más rato sin respirar, que dos minutos les sabía
a poco. Al final el mago, entre apneas y algo de aire que cogía de las rejillas
de drenaje cuando no le veían, se pasaba minutos bajo el agua. Animados al ver
atendidas sus peticiones, pidieron que echaran en el fondo arena y metieran
algas, conchas y peces. Y como las entradas se agotaban en taquilla y venía
cada vez más gente, llenaron unos bidones en el fondo del océano.
Desde entonces, los espectadores guardan un silencio reverencial cuando empieza
la actuación, que se hace a oscuras para disfrutar de la luz iridiscente de los
peces abisales mientras el mago se libera. Pero lo que más sobrecoge es
escuchar el canto de la ballena.