lunes, 2 de noviembre de 2026

La playa

LA PLAYA

Apenas tenía pulso Rosalba cuando llegaron al banco del parque los sanitarios del servicio de emergencias, alertados por una llamada. Era una noche gélida de enero y la mujer no llevaba más que un jersey puesto. En su regazo, un envase de pastillas vacío. Su cara estaba hinchada y pálida, y unas lágrimas de rímel se le habían congelado desde las ojeras hasta el cuello. Pero en su rostro no había angustia ni dolor; al contrario, tenía un gesto plácido y sereno.

Mientras empezaban las maniobras de reanimación, ella había cruzado el océano y llegado ya a la costa que la vio nacer. Caminaba descalza por la orilla de una playa de arena fina y mar color turquesa. La conocía bien; allí había sido una niña hasta que dejó de serlo violentamente, se le hinchó el vientre, le pasó otras dos veces y marchó engañada a la tierra prometida ―un cuartucho sórdido― para poder enviar dinero a Jeffrey, Edisson y Janette, a su madre, a la abuela, a sus hermanos pequeños.

Solo se oía el rumor de las olas rompiendo suavemente. El sol acariciaba su piel morena y el agua cristalina envolvía sus pies, sus piernas, su cuerpo, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba lejos desapareció esa presión en el pecho que no le dejaba respirar, ese agujero dentro por el que se iba cayendo y que cada vez era más negro.

Cuando ya le cubría por la frente, sintió una sacudida tremenda, luego otra, y otra más, como corrientes eléctricas. Oyó dos voces diciendo: «¡se nos va!», «¡otra descarga, vamos!», «¡no respira, no respira!, «¡la perdemos!». Sacó entonces a la superficie la cabeza, tomó una bocanada de aire fresco y vio la orilla a lo lejos, las caracolas en la arena, las algas y esponjas y cangrejos, los cocoteros y el viento meciéndolos, las montañas al fondo. «¡Tiene pulso!», escuchó de nuevo. Y mientras cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la corriente, todo le pareció hermoso, tan hermoso y bello.