LA PLAYA
Apenas tenía pulso Rosalba cuando llegaron al banco del parque los
sanitarios del servicio de emergencias, alertados por una llamada. Era una
noche gélida de enero y la mujer no llevaba más que un jersey puesto. En su
regazo, un envase de pastillas vacío. Su cara estaba hinchada y pálida, y unas
lágrimas de rímel se le habían congelado desde las ojeras hasta el cuello. Pero
en su rostro no había angustia ni dolor; al contrario, tenía un gesto plácido y
sereno.
Mientras empezaban las maniobras de reanimación, ella había cruzado el
océano y llegado ya a la costa que la vio nacer. Caminaba descalza por la
orilla de una playa de arena fina y mar color turquesa. La conocía bien; allí
había sido una niña hasta que dejó de serlo violentamente, se le hinchó el
vientre, le pasó otras dos veces y marchó engañada a la tierra prometida ―un cuartucho sórdido― para poder enviar dinero a
Jeffrey, Edisson y Janette, a su madre, a la abuela, a sus hermanos pequeños.
Solo se oía el rumor de las olas rompiendo suavemente. El sol acariciaba
su piel morena y el agua cristalina envolvía sus pies, sus piernas, su cuerpo,
y por primera vez en todo el tiempo que llevaba lejos desapareció esa presión
en el pecho que no le dejaba respirar, ese agujero dentro por el que se iba cayendo
y que cada vez era más negro.
Cuando ya le cubría por la frente, sintió una sacudida tremenda, luego
otra, y otra más, como corrientes eléctricas. Oyó dos voces diciendo: «¡se nos
va!», «¡otra descarga, vamos!», «¡no respira, no respira!, «¡la perdemos!».
Sacó entonces a la superficie la cabeza, tomó una bocanada de aire fresco y vio
la orilla a lo lejos, las caracolas en la arena, las algas y esponjas y cangrejos,
los cocoteros y el viento meciéndolos, las montañas al fondo. «¡Tiene pulso!»,
escuchó de nuevo. Y mientras cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la
corriente, todo le pareció hermoso, tan hermoso y bello.