LIBERTÉ
En la
plaza, el boulevard y las calles adyacentes, tras las cortinas de las ventanas
de los edificios anexos, desde el interior de sus vehículos atrapados en el
caos circulatorio, miles de personas graban y fotografían con sus cámaras la
escena. Al principio alocadamente, sin enfocar, llevados por los nervios. Pero
pasada la incertidumbre de los primeros momentos, cuando el cerebro se
acostumbra al vocerío, a las sirenas, al ruido de cristales rotos, al olor a
pólvora, al humo de los fuegos, disparan con más calma, repiten encuadre, hasta
se hacen selfies. Y comparten, al
instante, sus fotos y videos, para que sepa el mundo entero que estuvieron allí,
siendo testigos del acontecimiento.
Y millones
de ojos en todo el planeta contemplan en directo esta metáfora que tan bien
simboliza las protestas: la de las lágrimas negras resbalando por la cara y el
cuello de la estatua. Es un goteo de pintura que brota de los ojos y cae, es un
sollozo que empapa y tiñe de negro el blanco de la piedra. Tiene un magnetismo
la imagen que hipnotiza y sublima y nada lo supera. Y atrapa tanto la atención
ver el símbolo de occidente debilitarse de esa manera, que nadie se da cuenta
de que en la antorcha que sujeta con la mano izquierda aún arde un rescoldo.