MECACHIS
El hombre de tez ceniza, chaqueta arrugada y manos
temblorosas miraba una y otra vez, de arriba abajo, la carta de bebidas de la
cafetería. Pidió entonces un vodka con naranja, pero el camarero le sirvió un
negroni y, como se moría de sed y no quería esperar más, se lo bebió de un
trago. Estaba muy rico. Levantó la mano y señaló varias veces el vaso vacío y le
trajo, esta vez, un mojito. Olía delicioso, a hierbabuena recién cortada. Quiso
repetir, pero le pusieron delante un café con crema de orujo que, aunque no era
lo que más le apetecía, se tomó con gusto.
Todo esto se imaginaba este hombre mientras, aburrido,
sorbía con una pajita un agua con gas. Se consolaba pensando que, al menos,
tintinear los hielos de la copa, no se lo tenían prohibido. Aunque debía ser
cauteloso y dosificarse con la lectura de los cócteles y la mezcla de bebidas, porque
cuando terminaba su agua y se levantaba para irse, decía un «hasta mañana» con
voz de borracho y salía de allí tambaleante y mareadillo.