lunes, 2 de noviembre de 2026

La cita

LA CITA

El bar estaba vacío, lo cual no extrañó a Marité porque hacía un frío que pelaba. Hasta el loro del dueño, que repetía «hijodeputamaricón» cada minuto, se había arrebujado entre sus alas y ni se meneaba. Se trataba de una tasca donde no encajaban ni puertas ni ventanas. Todo era viejuno, no tenían tele y solo se oían las moscas electrocutarse y a Simón chuperreteando los caracoles mientras mojaba pan en la salsa y bebía clarete, todo al mismo tiempo con pasmosa habilidad.

Con el mentón apoyado en la mano, ella suspiraba aburrida, daba un sorbito al café y miraba disimuladamente fuera. Al otro lado de la calle se veía el mesón abarrotado, con la gente en manga corta, cantando «We are the champions», compartiendo las botas de vino y celebrando la victoria en el Mundial de Fútbol.

Después de una hora ahí, callados, como dos pasmarotes en su primer domingo juntos, haciendo tiempo para ir al cine a ver «Torrente, presidente», ella, incluso yendo contra la opinión de sus padres, «te conviene, hija, su familia tiene una churrería en propiedad, no es ningún muerto de hambre», se envalentonó, se puso en pie, pagó la cuenta ―Simón se había dejado la cartera en casa― y le dijo:

―Puedes verla en Netflix, así te ahorras la entrada.

Y, con las mismas, salió a los cinco grados de la calle sintiendo cómo el aire de la noche encendía sus mejillas y le entibiaba el alma.