LA CITA
El bar estaba vacío, lo cual no extrañó a Marité porque hacía un frío
que pelaba. Hasta el loro del dueño, que repetía «hijodeputamaricón» cada
minuto, se había arrebujado entre sus alas y ni se meneaba. Se trataba de una
tasca donde no encajaban ni puertas ni ventanas. Todo era viejuno, no tenían
tele y solo se oían las moscas electrocutarse y a Simón chuperreteando los
caracoles mientras mojaba pan en la salsa y bebía clarete, todo al mismo tiempo
con pasmosa habilidad.
Con el mentón apoyado en la mano, ella suspiraba aburrida, daba un
sorbito al café y miraba disimuladamente fuera. Al otro lado de la calle se
veía el mesón abarrotado, con la gente en manga corta, cantando «We are the
champions», compartiendo las botas de vino y celebrando la victoria en el
Mundial de Fútbol.
Después de una hora ahí, callados, como dos pasmarotes en su primer
domingo juntos, haciendo tiempo para ir al cine a ver «Torrente, presidente»,
ella, incluso yendo contra la opinión de sus padres, «te conviene, hija, su familia
tiene una churrería en propiedad, no es ningún muerto de hambre», se
envalentonó, se puso en pie, pagó la cuenta ―Simón se había
dejado la cartera en casa― y le dijo:
―Puedes verla en Netflix, así te ahorras la entrada.
Y, con las mismas, salió a los cinco grados de la calle sintiendo cómo
el aire de la noche encendía sus mejillas y le entibiaba el alma.