LA ÚLTIMA
Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no
acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco
pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da
un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos
de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a
la cocina.
A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero
enseguida cae vencido sobre la alfombra. Le pesan los párpados, le resbala la
baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo
más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de
ronquidos.
Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del
reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la
ventana, la tarima de madera que cruje bajo su cuerpo. Extrañado, aguza los sentidos,
intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se
cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse
ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes
huevos de irte».