lunes, 2 de noviembre de 2026

La última

LA ÚLTIMA

Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a la cocina.

A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero enseguida cae vencido sobre la alfombra. Le pesan los párpados, le resbala la baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de ronquidos.

Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la ventana, la tarima de madera que cruje bajo su cuerpo. Extrañado, aguza los sentidos, intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes huevos de irte».