EL INFIERNO
No le
importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche
le telefoneó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que
encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el
botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada»,
piensa, enjugándose el sudor de la cara.
Se
despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar,
arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos
rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver
los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el móvil, es el jefe:
que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.
Cuando
por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo
del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de
marcharse.
Sale
fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería,
preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo
tan plácida.
Se abre el
suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.