EL ESTANQUE
Al abrir la ventana, una bocanada de aire limpio entra en la habitación,
trayendo consigo el olor a tierra húmeda, a hierba mojada. Matilde aspira
lenta, profundamente por la nariz, notando con agrado el frescor de esa brisa en
la cara.
Casi había olvidado que el cielo pudiera ser de un azul tan celeste. Después
de tantos meses de oscuridad, de nubarrones y lluvia, de estar todo el día encerrada,
el primer impulso que tiene es bajar las escaleras y, sin que nadie la vea,
salir al jardín así, en camisón y descalza. Pegar la nariz al jazmín que crece
junto a la fachada, caminar sobre el césped mullido, acercarse al estanque y
meter los pies y, cuando se haya acostumbrado al frío, chapotear como cuando
era niña y salpicarse con los dedos la cara. Y luego meterse hasta las
rodillas, y otro poco más hasta la cintura, y avanzar pasito a pasito para no
resbalar con el lodo del fondo, sentir las carpas deslizándose muy cerca de sus
piernas, casi rozándolas, y el agua helada llegándole al pecho, al cuello, a la
nariz. Contemplar su melena gris flotando en la superficie, enredándose con el
camisón y las nubes caídas del cielo. Abrazarse a una, creyendo que flotaría.
Perder pie, hundirse, tragar agua…
Entonces se le agita el pulso y un sudor frío le recorre la espalda;
apenas puede respirar al evocar de forma tan nítida aquel día. Poco a poco
consigue calmarse, contando números al respirar, como le han enseñado en este
sitio.
Acaricia los barrotes antes de cerrar la ventana. Se dirige a la cama,
se sienta sobre las sábanas, hunde la cara entre las manos, solloza
desconsolada.