lunes, 2 de noviembre de 2026

El estanque

EL ESTANQUE

Al abrir la ventana, una bocanada de aire limpio entra en la habitación, trayendo consigo el olor a tierra húmeda, a hierba mojada. Matilde aspira lenta, profundamente por la nariz, notando con agrado el frescor de esa brisa en la cara.

Casi había olvidado que el cielo pudiera ser de un azul tan celeste. Después de tantos meses de oscuridad, de nubarrones y lluvia, de estar todo el día encerrada, el primer impulso que tiene es bajar las escaleras y, sin que nadie la vea, salir al jardín así, en camisón y descalza. Pegar la nariz al jazmín que crece junto a la fachada, caminar sobre el césped mullido, acercarse al estanque y meter los pies y, cuando se haya acostumbrado al frío, chapotear como cuando era niña y salpicarse con los dedos la cara. Y luego meterse hasta las rodillas, y otro poco más hasta la cintura, y avanzar pasito a pasito para no resbalar con el lodo del fondo, sentir las carpas deslizándose muy cerca de sus piernas, casi rozándolas, y el agua helada llegándole al pecho, al cuello, a la nariz. Contemplar su melena gris flotando en la superficie, enredándose con el camisón y las nubes caídas del cielo. Abrazarse a una, creyendo que flotaría. Perder pie, hundirse, tragar agua…

Entonces se le agita el pulso y un sudor frío le recorre la espalda; apenas puede respirar al evocar de forma tan nítida aquel día. Poco a poco consigue calmarse, contando números al respirar, como le han enseñado en este sitio.

Acaricia los barrotes antes de cerrar la ventana. Se dirige a la cama, se sienta sobre las sábanas, hunde la cara entre las manos, solloza desconsolada.