ÉRASE UNA MALDITA VEZ
Nos llaman las bestias del bosque y en las viñetas aparecemos con las
fauces siempre abiertas, siempre intimidando. Si algún niño quedaba sin
asustar, añaden el apellido feroz a nuestra especie y, ¡voilá!, somos los personajes más temibles que te puedes encontrar
en un cuento.
Pero esto es una falacia. Cierto es que carnívoros somos, no lo voy a
negar. Sin embargo, tenemos nuestro corazón. Ahora mismo, por ejemplo, después
de olisquear a una niña con caperuza roja que pasaba por aquí, en vez de
cazarla, me quedé inmóvil, atento a unos gruñidos lastimeros que solicitaban
ayuda. Así que me olvidé de esa presa y para allá me fui.
Al llegar, me encontré una cerda preñada, retorciéndose de dolor. Cogí
unas toallas, llené una palangana con agua caliente y me dije: «hoy ejerzo de
comadrona». Y la ayudé a traer a este mundo tres hermosos cochinillos. Rosaditos,
rechonchos, mmm, tiernecicos…