lunes, 2 de noviembre de 2026

¡Clic!

¡CLIC!

De buena gana le habría arrojado encima el champán con que nos obsequiaron ayer tarde a mi mujer y a mí en la recepción del hotel mientras nos registrábamos. «Parece que se te ha olvidado que el alcohol era solo para brindar en navidades y poco más», me reprendía, arrugando con desagrado la nariz. Por la noche, en la habitación, se puso muy pesado con que cerrase el libro y apagase la luz. «Hay que respetar las horas de sueño», insistía, obstinado. Poco me faltó para coger una almohada, ponérsela en la cara y aplastarla con todas mis fuerzas hasta asfixiarle.

Como era de esperar, por la mañana se molestó mucho por no levantarme a las seis, como siempre. «Por lo menos, haz unos abdominales antes de desayunar, gandul». Aquí se pasó un poco, no me parecía de recibo que me faltase al respeto. Pero por tener la fiesta en paz me contuve, hice unas sentadillas y me duché antes de bajar al buffet. Mientras me servía huevos fritos con salchichas, beicon y patatas no paró de incordiarme. «Como sigas así, vuelves a casa con diez kilos de más, ya verás», me repetía muy cerca de la oreja. Por poco, muy poco, se libró de que le clavase en un ojo el tenedor con el que me estaba comiendo un bizcocho de chocolate.

Pensaba yo que a la playa no vendría a dar la tabarra, así que di un paseo por la orilla con mi mujer, me tumbé en la hamaca, tomé un poco el sol y luego me zambullí tranquilamente en el mar. Pero después de bucear un rato mirando la arena del fondo, con sus conchas y algas, pensando en que me quedaría allí para siempre, sin sentir la fuerza de la gravedad, al sacar la cabeza para tomar aire ahí estaba el puñetero. Muy serio, procedió a informarme del riesgo de un corte de digestión si no guardaba un tiempo prudencial desde el desayuno. «Normalmente serían dos horas de margen, pero como te has puesto como un cerdo, pues son tres. Te faltan diez minutos».

Esta vez lo vi claro. Era mi primer día de vacaciones y había venido a olvidarme de horarios, de alarmas, de obligaciones, a dejarme llevar, a no pensar en rutinas, a no planificar, a vivir plenamente cada momento. Ni menos ni más. Así que volví a sumergirme en el agua y, ahora sí, logré acallar aquel runrún del que siempre me costaba un tiempo liberarme, dejándolo que se ahogara.