¡CLIC!
De buena gana le habría arrojado encima el champán con que nos
obsequiaron ayer tarde a mi mujer y a mí en la recepción del hotel mientras nos
registrábamos. «Parece que se te ha olvidado que el alcohol era solo para
brindar en navidades y poco más», me reprendía, arrugando con desagrado la
nariz. Por la noche, en la habitación, se puso muy pesado con que cerrase el
libro y apagase la luz. «Hay que respetar las horas de sueño», insistía,
obstinado. Poco me faltó para coger una almohada, ponérsela en la cara y
aplastarla con todas mis fuerzas hasta asfixiarle.
Como era de esperar, por la mañana se molestó mucho por no levantarme a
las seis, como siempre. «Por lo menos, haz unos abdominales antes de desayunar,
gandul». Aquí se pasó un poco, no me parecía de recibo que me faltase al
respeto. Pero por tener la fiesta en paz me contuve, hice unas sentadillas y me
duché antes de bajar al buffet. Mientras me servía huevos fritos con
salchichas, beicon y patatas no paró de incordiarme. «Como sigas así, vuelves a
casa con diez kilos de más, ya verás», me repetía muy cerca de la oreja. Por
poco, muy poco, se libró de que le clavase en un ojo el tenedor con el que me
estaba comiendo un bizcocho de chocolate.
Pensaba yo que a la playa no vendría a dar la tabarra, así que di un
paseo por la orilla con mi mujer, me tumbé en la hamaca, tomé un poco el sol y
luego me zambullí tranquilamente en el mar. Pero después de bucear un rato
mirando la arena del fondo, con sus conchas y algas, pensando en que me
quedaría allí para siempre, sin sentir la fuerza de la gravedad, al sacar la
cabeza para tomar aire ahí estaba el puñetero. Muy serio, procedió a informarme
del riesgo de un corte de digestión si no guardaba un tiempo prudencial desde
el desayuno. «Normalmente serían dos horas de margen, pero como te has puesto
como un cerdo, pues son tres. Te faltan diez minutos».
Esta vez lo vi claro. Era mi primer día de vacaciones y había venido a olvidarme
de horarios, de alarmas, de obligaciones, a dejarme llevar, a no pensar en
rutinas, a no planificar, a vivir plenamente cada momento. Ni menos ni más. Así
que volví a sumergirme en el agua y, ahora sí, logré acallar aquel runrún del
que siempre me costaba un tiempo liberarme, dejándolo que se ahogara.