jueves, 4 de abril de 2013

La armadura


LA ARMADURA


El combatiente atraviesa victorioso el umbral de su fortaleza y contempla con admiración en el espejo el porte del vencedor. Durante varios minutos se recrea ufano con la imagen. ¡Cuántas conquistas logradas con esa vestidura! El sabor del éxito le despierta el apetito y su cerebro se anticipa al olor de los huevos con chorizo que esta noche se va a zampar.
Al quitarse el yelmo aparta la vista de su rostro, no reconoce esa mirada de cobarde. Se desprende de la coraza y frunce el entrecejo al descubrir su barriga peluda. Tampoco se identifica con ese cuerpo fofo, y rompe de un puñetazo el espejo. Se está poniendo de muy mal humor… y ese pestazo... Pero no tiene ningún sentido seguir fingiendo, aquí en casa no necesita el disfraz.
Entra en la cocina y se le envenena el ánimo del todo al ver a la foca friendo unos salmonetes. Nunca imaginó que el matrimonio pudiera deteriorar así a una mujer. Y además, hoy no le apetece cenar pescado. ¿Tanto cuesta complacerle? Enfurecido por la afrenta, se da media vuelta y regresa al vestíbulo para desenvainar su espada.
Otra vez provocándole, la muy zorra. Pues ella se lo ha buscado.

Se las llevó el viento


SE LAS LLEVÓ EL VIENTO

A su paso por cada ciudad amurallada o aldea perdida en el bosque, el desconocido ocupaba una esquina en la plaza y empezaba a contar las más hermosas historias jamás oídas. Atraída por sus palabras, la gente iba acercándose a él y, guardando un reverente silencio, le escuchaban durante horas, recreándose con cada nueva expresión con gran entusiasmo Al ciego se le iluminaba la cara, el loco se sumergía en un pozo de calma y el poeta sufría delirios al intuir el tesoro que poseía el extraño. Entre los más ancianos alguno afirmaba haberle visto antes en otro lugar, pero en seguida lo olvidaba, dejándose acunar por la melodía de sus cuentos.
Arrastraba una carreta que contenía un viejo baúl. Permitía a los niños asomarse a su interior y sonreía enigmático cuando, admirados, comentaban que no veían el fondo. Atendía a unos y otros con interés, abría cajitas y siguiendo sus deseos les obsequiaba con voces cargadas de música, de sentimientos… Las guardaba clasificadas por su significado, por su belleza, y siempre hallaba las más precisas para cada uno. Pasado un tiempo, desaparecía en la noche y proseguía su camino.
Un día supo que había llegado al final de su viaje: ni uno solo de los reinos sobre la tierra había quedado sin visitar. La semilla había sido esparcida. Se retiró a lo alto de una colina, destapó el baúl e imploró al firmamento. De pronto se levantó un vendaval que se llevó consigo todas las palabras y frases que atesoraba.
El cuerpo del desconocido nunca apareció y el baúl vacío fue encontrado por el poeta que, ávido de nuevas palabras, le había acompañado en el último tramo de su recorrido. Desde ese día, se dice que cuando la musa se escapa a jugar con sus amigas, los escritores elevan anhelantes la mirada al cielo.

El sol


EL SOL

La risa un poco ronca y una barba que siempre pinchaba cuando me dabas un beso. Tu mano retorcida se sujetaba fuerte a mi brazo  para no perder el equilibrio al mismo tiempo que me ofrecías con la otra unos caramelos, siempre de naranja o limón. Antes de salir, te pasabas varias veces el peine por los cuatro pelos rociados con tu colonia favorita y metías unas monedas en el bolsillo de tu chaqueta para los mendigos apostados en las esquinas de nuestro recorrido habitual. No olvidabas torcer un poco el gesto ante el espejo de la entrada, ensayando una sonrisa, la más hermosa que guardo en mi memoria.
Abuelito, no habrá más salidas para ti, pero no olvidaré nunca la alegría con la que saludabas cada nuevo día.


En memoria de mi abuelo Jesús.

Dos haikus enfrentados


DOS HAIKUS ENFRENTADOS

LIBERACIÓN

Altos cipreses
Olor a crisantemos
Soy libre, cabrón
…………………………..

PÁNICO

Velas ardiendo
Terciopelo ineficaz
Caja cerrada

lunes, 25 de marzo de 2013

La travesía


LA TRAVESÍA. 

Dedicado a Jams.

Seducidos por una invitación a soñar despiertos, coincidimos un grupo de cuentistas en un claro en «El bosque». Aquel encuentro entre musgo y hojarasca, hace ahora un año, nos motivó para continuar juntos por tierra y mar, persiguiendo nuestros sueños. Y así emprendimos un viaje de nueve meses a bordo de la nave de los microcuentos.
Al timón, el capitán, Jams, que con brazo firme pilotaba sin perder el rumbo, noche y día, sorteando pequeñas dificultades. Siempre atento a nuestros temores y dudas, convirtió la travesía en un auténtico viaje de placer. No hubo tempestades, ni chocamos contra ningún iceberg; sí avistamos algún barco pirata que intentó el abordaje, pero que luego quedaría atrás perdido en la inmensidad del océano.
Cada mes atracábamos en distintos puertos, donde embarcaban nuevos pasajeros con sus maletas repletas de historias. Los vientos siempre soplaron favorables y, poco a poco, la nave fue acercándose a su destino, llamado «Estanochetesueño». El sábado 16 de marzo de 2013 a las seis de la tarde, en una jornada muy emotiva, nos citamos en un islote y a la sombra de sus cocoteros celebramos nuestra llegada a buen puerto.
Pero este no ha sido el final del viaje. La mayoría hemos vuelto a liar el petate e iniciado una nueva andadura, siguiendo la estela del inventor de «Estanochetecuento».


jueves, 21 de marzo de 2013

Despedida de soltera


DESPEDIDA DE SOLTERA


—No sé… —murmura Manuela compungida intentando incorporarse de la cama—. ¿Cuándo podré ver al bebé? ¿Dónde está Luis?
—A tu marido le ha dado una lipotimia, luego vendrá. No te levantes, aún estás débil. ¿De verdad, hija, que no recuerdas nada más?
—Mamá, ya te lo he contado todo, fue hace meses. Estuvimos bailando, luego bebimos unas copitas de champán y me mareé un poco. El portero de la discoteca, muy amable, me llevó al almacén hasta que me recuperé y después volví a casa en taxi con mis amigas.
—¡Ahí traen al niño! —exclama el hermano de Manuela—. ¡Joder con el watusi!



Colores


COLORES

Fátima avanza tropezando entre los cascotes con su muñeca escondida bajo la chilaba. La polvareda levantada por los edificios caídos tras el bombardeo le impide orientarse. Ensordecida y medio ciega, choca contra algo blando, cae sobre unos cuerpecitos mutilados y, al incorporarse, aparecen frente a ella los escombros de la escuela judía. Aturdida, ve una luz tras una puerta desvencijada y abandonando sus recelos echa a correr hacia ella.
Tendido en el suelo con una linterna en la mano, Jakob le invita a acercarse y le ofrece una pintura amarilla. Con trazos temblorosos, el niño está emborronando de azul la mitad superior de un folio: de izquierda a derecha, angustiado, lo va tiñendo de un luminoso celeste. La niña se tumba a su lado y despacito dibuja en una esquina el sol. Las líneas de Jakob pronto se rozan con el círculo dorado de Fátima y, sonrientes, celebran la llegada de un nuevo color.
Verde esperanza.
Mano a mano, rellenan de vegetación el resto de la cuartilla hasta completar la estampa del paraíso terrenal. Fátima acuesta a su muñeca sobre el lienzo y cogiéndose de la mano, los dos niños se sientan a esperar que se disipe la niebla.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El picadero


EL PICADERO   
                                                                                                                       
…y restos de lágrimas en las mejillas teñidas con el rímel y el colorete. Esa mirada implorante bajo su fusta de cuero, esa preciosidad a cuatro patas sobre el forraje, con las braguitas por las rodillas, ufff…  Solo con el recuerdo de sus cabalgadas sobre la insaciable Kristen conseguía Horace mantener su erección cuando la madre de la joven se presentaba en los establos disfrazada de amazona.

jueves, 7 de marzo de 2013

El horno


EL HORNO

Solo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les asignaban tareas fuera del sótano. Ellas servían café y bollos calientes a los hombres uniformados que desayunaban allí y a los chicos les dejaban conducir sus furgones para repartir las mercancías. Al resto, creo que los mandaban a los hornos;  a muchos no les volví a ver.
Como tengo las manos finas y soy habilidosa, me sentaron a una mesa para rematar la producción. Pero el supervisor ha dejado caer hoy que pronto habrá traslados. Yo al horno no pienso ir, y menos ahora en verano. Mañana mismo preparo el currículum y lo envío al almacén de helados.

Estampas


ESTAMPAS


Vestida con el traje oscuro de asistir a los servicios religiosos y con el cabello recogido en un moño, quiso Francesca quedar inmortalizada para el retrato. A pocos metros de ella, un canoso señor Romanelli abrazaba a su bronceada esposa, con el azul del Mediterráneo al fondo. Unas filas más allá, el joven Giovanni saludaba sudoroso a lomos de su caballo. Todos sonreían.

Aunque era agosto y el sol hacía humear el asfalto de las estrechas avenidas, sentí un escalofrío. Peor aún fue al llegar a la zona reservada para los bambini. La pequeña Isabella, con sus coletas despeinadas y su blusa de princesa, miraba burlona a la cámara. A su lado, unos mellizos diminutos envueltos en un lienzo blanco aparecían retratados inertes. Ya muertos.

Era la isla de San Michele, en la bahía de Venecia. Altos cipreses ocultaban en su interior el camposanto de la ciudad, guardando cientos de sonrisas apagadas para siempre.


Domótica


DOMÓTICA

Las siete horas de viaje a la capital se me hicieron cortísimas comparado con el aburrimiento de esta espera. Hoy por la mañana, mi hija se ha llevado a su padre al hospital para hacerle unas pruebas y no volverán hasta la hora de comer. Los nietos están en la escuela y su padre en la oficina. Ya llevo sentada en este salón como una hora y no se me ocurre nada que hacer. Olvidé el ganchillo en casa, pero aunque lo hubiera traído, ¿cómo voy a tejer a oscuras? No encuentro el interruptor de la luz, esta casa es muy rara. Quise subir las persianas, pero, sorpresa, no tienen cuerdas para tirar. No veo que tengan televisor, qué raro, por lo menos me distraería un rato con algún programa. En la pared frente al sofá hay una pantalla como de cine, pero no lleva botones. La mesa está llena de mandos sin pantalla pero con teclado, mandos sin teclado pero con pantalla, teléfonos sin cables, tablets, o eso pone, ¿qué serán? A veces se iluminan y suenan pitidos. No me atrevo a tocar nada, no sea que lo vaya a romper. Tampoco hay libros, ni periódicos, ni revistas. Y espero que no me entren ganas de orinar, porque antes tuve que vaciar el caldero de agua de fregar en la baza, no fui capaz de dar con la cisterna. Por hacer algo, encontré un chisme parecido a un aspirador en el cuarto de trastos, pero tampoco lo supe poner en marcha. Y en la cocina fue entrar, abrir el frigorífico y salir despavorida. No había alimentos, solo bandejas precintadas con comida de plástico dentro. Me muero de sed, pero los grifos no son de girar ni de apretar y en el frigo solo vi cartones de esos refrescos asquerosos. He pensado en salir a dar una vuelta aunque lo he considerado mejor, y no. La puerta no tiene llave, me han dejado una tarjeta para entrar y salir, pero no me acuerdo cómo funcionaba. Además me da miedo perderme por la urbanización y no saber volver, que todos los chalets son iguales. Me entretendré observando la calle por el videoportero este, para no sentirme tan sola. O igual me meto otra vez en la cama. Ay, qué ganas tengo de volverme al pueblo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Pelusa


PELUSA

Desde la habitación de su hermanita hasta la sala, veintiocho pasos. Desde que su padre se encierra en el baño hasta que suena el ruido de la cisterna, trescientos cinco segundos. Desde que hace cuatro días llegó la recién nacida a casa, cincuenta besos menos. Desde que su madre se prepara el café y las tostadas hasta que termina de recoger la mesa de la cocina, diecisiete cabezazos contra la pared. Desde que se encarama a los barrotes y deja caer al bebé por el balcón, tres pisos y dos rebotes en el asfalto.

Al vino, vino


AL VINO, VINO


Yo, señor, no soy malo. Tan solo pretendía dar un escarmiento a aquel pecador, desanimarle a que siguiera viniendo al restaurante todas las semanas. ¿Quién iba a sospechar que padecía del corazón? Desde luego una dieta sana no llevaba. Tanto le daba zamparse una pierna de cordero a la brasa, que un bogavante o un besugo al horno, la especialidad de la casa. ¡Gula, eso es, señor juez! Hasta el plato lamía, qué asco. Y el muy ladino se ponía rojo como un pimiento si algo no era de su agrado; al final conseguía repetir ración sin pagar por la segunda. Y eso que ya se encargaba él de restregarnos su cartera bien repleta de billetes.

En cuanto a mí, qué contarle… Poco a poco fue minando mi paciencia. Me martirizaba haciéndome detallar las bondades de cada botella de la carta de vinos, espléndidos caldos provenientes de los mejores viñedos de la región. Sí, señor, del país también. Se dejaba asesorar, escogía los más caros y luego se hacía servir un botellín de gaseosa ¡y los mezclaba! Pues créaselo. El vino, como la sangre de Cristo, señor, es sagrado para un sumiller. Esto era más de lo que un hombre en su sano juicio podía soportar. Hasta que lo perdí. El juicio, quiero decir.

Así que un día inyecté una dosis de insulina en el refresco. Le dieron unos espasmos y se desplomó. El resto de mi declaración está recogida en el sumario. ¿Cómo dice, señor? Oh, yo con el pescado siempre recomiendo un buen Albariño.


.



Lo natural


LO NATURAL

Los días que dispone de más tiempo, a Irene le gusta alargar el rato del aseo e incorpora algunos rituales en la ducha. Además del champú de pepino y el acondicionador de melón para el cabello graso y con tendencia a la caspa y del gel de almendras dulces que se aplica suavemente con la esponja para nutrir la piel, se masajea con una piedra pómez la planta de los pies añadiendo un exfoliante de lavanda, para mantener a raya las durezas y callos, y con un guante de crin se frota los muslos con el gel anticelulítico a la clorofila, quedándole una agradable sensación de frescor en la piel.
Deja que cada producto actúe un ratito y se aclara con un chorro de agua fría. Entonces sale de la cabina, se seca con una toalla esponjosa, lavada con suavizante, y se aplica en el pelo durante cinco minutos una mascarilla hidratante de extractos de manzana para que no se abran las puntas. Después, haciendo círculos con los dedos y de arriba abajo, esparce una loción de vainilla por todo el cuerpo y protección solar con aroma a jazmín, para evitar las tan nocivas radiaciones ultravioleta. Nunca olvida el desodorante con frescor salvaje a los limones del Caribe y la crema de extracto de miel para las manos agrietadas.
Termina la sesión de belleza con el tónico de flor de azahar para el cutis, el fondo de maquillaje a la arcilla, el gloss de fresa en los labios y el perfilador de pestañas. Boca abajo, se pasa el secador por el pelo y lo pulveriza con un poco de laca para lograr un aspecto desenfadado.
Antes de salir del baño para vestirse, contempla el frasquito de perfume francés que le regalaron las navidades pasadas. Ahí sigue sin estrenar y así se quedará. Irene sostiene vehemente ante sus amigas que es alérgica a los compuestos químicos y que ningún olor puede superar su irresistible fragancia natural.

Fantasías animadas


FANTASÍAS ANIMADAS

De pequeña oía decir a mis padres que soñar era gratis. Como éramos pobres de solemnidad, yo me lo tragué tan contenta y me dispuse a alimentar a los monstruos agazapados en mis pesadillas con truculentas historias. Durante mi infancia y juventud los  tuve sometidos, o eso creía yo, que mis largas noches de terapia con los peluches me costaron.
Luego yo crecí y ellos se multiplicaron y, agobiados por la falta de espacio, decidieron pasar a la acción: hace ahora casi tres años que se aficionaron a campar a sus anchas del teclado a la pantalla del ordenador. Al principio algo cohibidos, después con muy mala uva. Desde entonces solo me dedico a su crianza.
Como nunca tuve claro qué quería estudiar o hacer con mi vida, un día aposté veinte duros a la primitiva y me tocó el premio gordo. Para poder dedicar más tiempo a esta prole, contraté a un paseador de perros, un personal shopper y un monitor de pilates. «A estos diablillos los domestico yo como sea, que no se crean que se me van a subir a la chepa así como así», me prometí, solemne, siguiendo los consejos del artículo de una revista, «cómo enfrentarse a las compañías tóxicas y mantener un rostro sin arrugas».
Así que lo de que soñar es gratis, nada de nada. Mantener a esta plantilla incentivada cuesta un dineral. Las navidades pasadas les tuve que comunicar que no les abonaría la paga extra, pero parece que se lo han tomado bien: cada viernes por la noche se siguen turnando los tres para hacer realidad mis fantasías nocturnas. Y hasta ahora no he recibido ninguna queja. 


miércoles, 13 de febrero de 2013

Impune


IMPUNE

El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre se convierte en un fuerte ¡paf! cuando el peso del cuerpo parte en dos la madera podrida por la carcoma. «Qué fastidio», se lamenta Howard mientras se inclina sobre el viejo tensando la soga hasta que deja de respirar. «Con madre fue más fácil, un empujoncito desde el bote de remos y listo. Ni siquiera gritó cuando se hundía», sonríe complacido al evocar las burbujas en la superficie del lago. Pronto le llegará el turno a su hermana Eleanor y la casa será suya. Pese a la ventaja que le confieren sus noventa quilos,  la gorda es asmática.

martes, 12 de febrero de 2013

El arte cisoria. Las tijeras.


EL ARTE CISORIA.  LAS TIJERAS.

Cuando queremos colgar un cuadro de la pared recurrimos al martillo; para barrer el suelo, a la escoba; para prender un cigarrillo, al mechero (las cerillas casi quedaron sepultadas en el recuerdo). Pero si de lo que se trata es de recortar algo, cómo no, necesitaremos unas tijeras. Y he aquí la cuestión, ¿qué tipo de tijeras?
Sería muy interesante poder observar a través de las paredes de un bloque de apartamentos el momento en que los vecinos se disponen a usar esta herramienta. Veríamos al encargado de la pescadería situada en el bajo comercial limpiar unos ojitos con unas un poco gruesas y bastas; a la niña del segundo “A”, recortar de una revista de naturaleza la foto de un pingüino para su tarea del cole con unas de punta roma, para no hacerse sangre; a la abuela del primer piso, arreglar los bajos del pantalón del nieto, retirando los hilos sobrantes con las de coser; al caballero atildado del principal, eliminar los pelitos que le sobresalen de los orificios nasales con unas de punta curvada, para evitar una escabechina; al electricista que ha venido a cambiar la instalación en la escalera, con unas especiales para pelar la funda del cable sin tocar los filamentos del interior; al chaval tumbado sobre la cama, examinar su nueva navaja suiza, en la que tampoco faltan, entre varias e insólitas piezas más, unas tijeritas plegables; y al de la terraza del ático, podar sus plantas con unas especialmente reforzadas para quebrar las ramas.
Queda por tanto comprobado que las tijeras se encuentran en una escala evolutiva superior a la alcanzada, por ejemplo, por un simple bolígrafo o una sartén monda y lironda. Incluso para los zurdos existen diseños adaptados. También pueden servir como arma letal, aunque en esto no voy a entrar, pues para matar a alguien sirve casi cualquier cosa.
De todos modos, las tijeras más inquietantes y que más daño hacen son invisibles y están en manos de un grupo de impresentables que dirigen la nación y con las que se divierten haciendo recortes a los derechos sociales adquiridos con tanto sudor y lágrimas.

martes, 5 de febrero de 2013

La novicia


LA NOVICIA

—Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel. ¿A que es bonico? Fíjense, fíjense en los lunares de los mofletes y en sus bucles de oro. ¿Podré quedarme con este, padre Dimas? Es un siervo del Señor, a su viva imagen y semejanza, usted tiene que reconocer las señales. Pero, madre superiora, ¿qué va a hacer con esa pala? 

Se vende


SE VENDE


Al salir no podía evitar mirar de reojo la puerta de su apartamento: dieciocho metros cuadrados de dulce hogar, no pedía nada más.
Cada mañana se despertaba cuando aún no había amanecido y acudía puntual a su trabajo: media jornada retribuida en el almacén donde dedicaba unas diez horas diarias, pero él se sentía afortunado. Mientras tanto, hordas de posibles compradores irrumpían en el piso revolviéndolo todo, arrasando sin compasión, pero tampoco le importaba. Por las noches comía algo caliente por ahí y a su vuelta limpiaba el desastre, leía algún catálogo y se echaba a dormir.
El vigilante nocturno de la mueblería sueca hacía la vista gorda cuando, a su paso, el pobre infeliz se escondía debajo de la cama.

lunes, 21 de enero de 2013

Sodoma en el jardín


SODOMA EN EL JARDÍN

Mientras suelto las pastillas en las hierbas altas, acuden bandadas de cuervos a picotearlas atraídos por la novedad de los brotes azules. Desde que el dormitorio de los dueños enmudeció, las juergas nocturnas se han trasladado a mi terreno y los ronquidos de estos gnomos depravados no me dejan dormir. Además, antes de que se levante el viejo gruñendo y empiece a rastrillar el césped con su bastón,  tengo que recomponer el desmadre de  barbas y gorros y colocar a cada uno en su sitio, no sea que nos sustituyan por inservibles. En cuanto empiece el coro de trinos, les va a estallar a todos la cabeza.

domingo, 20 de enero de 2013

Tres deseos


TRES DESEOS

«…a  ver si consigue así que papá no haga más el indio. Ya está». Y dicho esto, Annie se acomoda en la alfombra voladora saboreando sus golosinas y arroja por el acantilado la lámpara oxidada. No ha sido tan difícil decidirse. Cuando llegue a casa, ya no tendrá que esconderse de la mala bestia que les tiene a mamá y a ella intimidadas: desde hoy, papá estará acompañando al genio hasta el final de los tiempos.

La herencia de Isidoro


LA HERENCIA DE ISIDORO

—Este Semana Santa iremos a ver al abuelo Isidoro. Si no quieres que papá se enfade, pórtate bien y préstale atención cuando te hable. Espero que tengamos la fiesta en paz, eh, Javier. No te lo voy a repetir.
Las amenazas de mamá anunciaban las odiosas vacaciones. Un par de veces al año íbamos de visita a la casa del pueblo, donde vivía mi abuelo paterno, un vejestorio caduco a quien mi padre llamaba de usted. A mí me habían insistido en que le dijera «abuelo Isi», vaya nombre de mierda, aunque la verdad es que pocas veces tuve que hacerlo, pues apenas le dirigía la palabra. No me gustaba. Esos pelillos que le asomaban por la nariz como alambres, la boina siempre incrustada en el cráneo, los ojillos de ratón que se me clavaban en el cogote…  ¡Si hasta me avergonzaba asistir a misa con el viejo, que parecía que iba al entierro de una momia con ese traje de paño! Evitaba coincidir con él en el salón o la cocina, me ponían de mal humor sus silencios, sus sentencias inacabadas… Aunque sí es cierto que me enseñó a hacer un tirachinas, esto sí que me gustó; y un anzuelo para pescar y otras cosas de ese estilo que no sirven para nada… Se pasaba las horas paseando por el pueblo y los prados, mirándolo todo, charlando con los vecinos de cosas absurdas. Yo no le hacía ni caso, me molestaba y mucho: me parecía un estorbo.
Esos días me los pasaba deseando que terminaran aquellas vacaciones infernales. Durante nuestra estancia, sin embargo, papá se transformaba. Sonreía mucho y besaba a todas horas a mamá. Algunos días, antes de que amaneciera, se iba con el abuelo al monte y cuando regresaban al atardecer, se tiraban horas charlando delante de la chimenea. Mamá quería que yo me quedase con ellos, «escúchales, hijo, son historias muy bonitas», pero ¡qué va! Yo me escapaba con la Playstation a mi cuarto, menudo rollo escuchar a esos dos. A veces, a través del tabique, oía cosas como que «al fuego hay que saber escucharlo, la lluvia se anuncia antes de llegar, las primeras nieves se huelen, los grajos anticipan malas cosechas… », y chorradas así. Cuando por fin volvíamos a nuestra casa, todo volvía a su sitio. Y papá también, aunque tardaba un tiempo en quitársele los coloretes y volver a ser el mismo gruñón de antes.
La verdad: no soporto estar con la tele apagada tanto tiempo, ni sin mi ordenador y mi PSP; ni que me expliquen las rutas de las hormigas a las que siempre piso o si el tejo es venenoso y bla, bla, bla… Cuando se lo cuento a mis amigos del cole, nos partimos con sus ocurrencias. ¡Vaya con el carcamal del abuelo…!

Incorpóreo. La momia de Lille


INCORPÓREO. LA MOMIA DE LILLE.

«Otra jornada más sin nada que llevarse a la boca», pensaba malhumorada Cesárea mientras se agachaba para robar un repollo de la huerta de la vecina. «Prepararé con la hortaliza un guiso para toda la semana. Añadiré abundante  agua y una patata, no puedo hacer milagros». En esas estaba cuando sintió un terrible calambre en el espinazo que la hizo retorcerse de dolor. Se arrastró como pudo hasta la cocina y en cuestión de minutos una masa viscosa y sanguinolenta se escurrió de entre sus piernas. «Carajo, lo que faltaba», masculló para sus adentros. «Ya me parecía a mí que andaba yo muy pesada últimamente». El bebé emitió un ruidito, un tenue quejido más  de gato que de humano. La mujer miró fijamente al cubo de la basura, no sería difícil deshacerse de él ahora que no había nadie en casa. Ya eran demasiadas bocas que alimentar, y con un marido tísico no se vislumbraba una salida a su miseria.
En ese momento el niño abrió mucho los ojos y se le quedó mirando, aterrorizado. Cesárea creyó que le había leído el pensamiento y sintió un ramalazo de arrepentimiento. Se incorporó con el pingajo en brazos y mientras lo lavaba con agua fría en el fregadero se prometió confesarse el domingo siguiente. «Qué cosas se me ocurren. Donde comen dos comen tres. Además siempre son bienvenidas dos manos para trabajar, en cuanto levante un palmo del suelo podrá ayudar a los vecinos en las labores del campo».
Cuando regresó el resto de la familia, el marido de jugar la partida y los dos hermanos, Genaro y Manoli de la escuela, echaron un vistazo al canastillo del gato, miraron interrogativos a la madre y se sentaron a comer la sopa. Después, cada uno siguió a lo suyo.
Así fue la acogida que tuvo el pequeño Alberto el día que vino a este mundo. Pasaron los años, y el niño continuó siendo una sombra, un ente invisible, un cero a la izquierda. Como era tan pequeño, a menudo no conseguía probar bocado del puchero, pues no llegaba a la mesa, pero nadie parecía darse cuenta. Se acostumbró a comer hierbas y raíces y a hurgar en las bolsas arrojadas al callejón de detrás de la tasca. En la escuela no le mencionaban al pasar lista, porque sus padres habían olvidado matricularle, así que tampoco podía presentarse a los exámenes. Daba lo mismo, el maestro ni siquiera había notado su presencia en el aula.
Entonces, un día, escuchó en la radio que se había declarado la guerra civil. Con dieciocho años, tomó la primera y única decisión importante de su vida: marcharse a Francia. Y no fue por ideales políticos, ni por temor a ser reclutado, ni por miedo a resultar herido en la contienda. No. Lo que ocurrió fue que su hermana iba a casarse y él debía estar obligatoriamente presente en la ceremonia. Él, que apenas sabía hablar, que nunca había sido invitado a un cumpleaños, ni había jugado con los otros niños… Así que cogió las cuatro cosas que tenía y sin un duro en el bolsillo, cruzó la frontera y no paró de andar hasta que tres meses después llegó a una gran ciudad llamada Lille, un buen sitio donde podría seguir pasando desapercibido.
Y consiguió su objetivo: vivir en paz. Aprendió el oficio de pintor y vivió tranquilo el resto de sus días. Después de haber alcanzado la gloria eterna, unos operarios del ayuntamiento, alertados por la vecina que se quejaba de humedades en su vivienda, echaron abajo la puerta de su casa y se encontraron el esqueleto de Alberto sentado en la mecedora. La última hoja del calendario de la pared llevaba sin ser arrancada casi quince años.

La noche más larga


LA NOCHE MÁS LARGA



El monstruo estira sus retorcidos tentáculos de fuego y va creciendo en columnas de humo intentando lamer el cielo. Su fiebre se propaga en todas direcciones y, alimentada por el fanatismo de los pirómanos, la gran hoguera censora engulle las montañas de libros prohibidos.
Las llamas los muerden y mastican, los regurgitan y tragan; a algunos los escupen y vomitan  lanzándolos en cascada lejos del calor sofocante. Pero con hábiles lengüetadas, no tardan en aferrarlos de nuevo, fundiéndolos en masas amorfas de papel, esqueletos de tapas y tendones de hilos, polvillo negro de tinta… dejándolos reducidos a un montón de cenizas. El rugiente parpadeo de la lumbre ilumina la noche, que se va consumiendo acompañada del quejido fantasmal de los libros, que no dejan de brincar sobre las brasas intentando huir de la fiera inmisericorde. Finalmente, sucumben a la realidad incandescente y se mezclan con las ruinas de los textos que, humeantes, yacen carbonizados en el suelo.
El hollín tizna los rostros de los que acuden a entregar sus vergonzosas pertenencias para cumplir con la ordenanza oficial. Hipnotizados por las llamaradas, se demoran en volver a sus casas, deleitándose con la escena, atrapados por el espectáculo del incendio devastador. Una lluvia de chispas renegridas planea mansamente desde las nubes de vapor seco, cubriéndolo todo con una pátina cenicienta: trocitos de frases, palabras sueltas, letras doradas desprendidas de los tomos deshilachados se dejan caer, exangües, sobre los escombros, vencidas por el poder destructor del fuego.
Las librerías, bibliotecas, imprentas, editoriales y almacenes de libros de todo el país sufren el mismo destino en la fecha fijada por los gobernantes. Es la noche de San Juan.

sábado, 12 de enero de 2013

Muñeco de nieve


MUÑECO DE NIEVE

Al muñeco de nieve lo han decorado este año los niños con especial interés: sus ojos son dos caramelos, la nariz un pirulí ¡nada de zanahorias!, la boca un corazón de gominola… Por una vez se ha librado de la apestosa pipa del abuelo. Acostumbrado a que le dejen solo en el jardín, hoy se siente el rey de la casa: la familia al completo está reunida en torno a él.
Y ello gracias a la señora Jones, que esta noche improvisando lo ha elegido para presidir la mesa de Nochebuena. Todo va bien hasta que llegan los postres y ve acercarse una amenazadora cuchara a su cuerpo de merengue.

Salchichas


SALCHICHAS

Hoy mamá va a probar con la pistola de gotelé, mañana aplicará el antihumedad y luego pintaremos la trastienda de rojo bermellón. Tres o cuatro manos, ha insistido,  las que hagan falta para que cubra bien la pared y no haya que volver a repasar cada poco por las filtraciones. Espero que así sea suficiente, pero lo que más deseo es que mamá encuentre de una vez un novio de verdad. Estoy harto del desfile de pretendientes y de abrir y cerrar el dichoso muro para ocultar sus despojos, Además el barrio se está llenando de gatos y mis clientas echan de menos el sabor de antes.

martes, 1 de enero de 2013

La cabalgata


LA CABALGATA


Un desaliñado Papá Noel arrastraba los pies por la plaza vendiendo globos de colores. Su traje lleno de lamparones y su mirada de chacal parecían pasar desapercibidos esta noche, en la que solo había sitio para la fiesta y la alegría. Con sus garras mugrientas, sujetaba los hilos de un puñado de globos que se sacudían en el aire y avanzaba a empujones entre el gentío.

Su rostro se retorció con una siniestra sonrisa cuando descubrió con deleite a la pequeña Celia, que iba sentada en su sillita de paseo aunque ya sabía andar: era la víctima idónea. Le anudó el globo más grande en la muñeca y esperó paciente acechando por el rabillo del ojo.

Impulsada por una fuerza maligna, la niña se escurrió de su asiento dando saltitos de gusto ¡parecía que volaba! El hombre se relamió las fauces al verla llegar al borde de la calzada, y a punto de ser aplastada por la carroza de un Rey Mago, una potente ráfaga de luz blanca que solo él pudo ver envolvió a la pequeña llevándola de vuelta a la acera.

Sulfurado, metió el peludo rabo entre las patas, y resoplando, desapareció por una esquina rumiando su siguiente misión.

Al límite


AL LÍMITE

Noto en los párpados el peso de mil telarañas polvorientas, y cuando consigo apartarlas tardo unos minutos en asimilar la situación. En mi cabeza anida un enjambre de moscas en incansable actividad. Tan intenso es el zumbido que mi cerebro funciona como a cámara lenta. Lo primero que veo al abrir los ojos es la luz del fluorescente del techo y el piloto rojo de la lavadora: una vez más estoy tendida en el suelo de la cocina.
No intento moverme, prefiero esperar a que mis sentidos despierten. Me llega entonces el pestazo de las inmundicias que cubren mi cuerpo: las mondas de las naranjas del desayuno, los restos de colillas de los ceniceros, las sobras del pescado al horno que preparé ayer…  El cubo de la basura está volcado, lo ha vaciado sobre mí, el muy hijo de puta. Las náuseas  que me provoca me traen de vuelta a la realidad.
Las piernas no me obedecen, pero al final consigo moverlas, debo llevar horas sobre estas baldosas frías. Intento tranquilizarme, respiro hondo y mientras me incorporo unos restos de macarrones resbalan sobre mi cara.
Mi brazo izquierdo cuelga como un pingajo desde el codo. La lengua está tan hinchada que ocupa toda la boca y no me deja respirar. Escupo en el fregadero: dos dientes que navegan en una baba rojiza caen en el fondo metálico, clinc, clinc. Bebo de un trago un vaso de agua del grifo y siento como si un relámpago viajara por mis venas. El reloj parado de la pared me anuncia que ha llegado la hora.
Avanzo por el pasillo esquivando vidrios rotos. Al entrar en el salón tropiezo contra una silla caída y una vaharada etílica me saluda. Veo una botella de vino derramada junto al sofá donde ronca la bestia. Se me eriza la piel, ese olor pestilente siempre anticipa malos presagios. Pero hoy no siento miedo, aunque una arcada irrumpa como un volcán en mis entrañas.
Cuando me acerco a él empiezo a levitar y desde el techo de la sala observo cómo mi magullado yo clava el cuchillo del jamón en su pecho, certero, chooof, directo a la víscera. No me inmuto al escuchar sus últimos estertores, ni cuando dejan de brotar las gárgaras de sangre que tiñen su bigote.
Por fin se queda quieto del todo. Mi otro yo, el que hace un siglo blandía un cuchillo ahí abajo, se acerca a la ventana y contempla las luces de un cielo que le hace guiños de complicidad. Saborea con placer las lágrimas saladas de libertad, acaricia sus canas y se deja mecer por el sonido del silencio.


Carcoma


CARCOMA

¿Qué hace ahí fuera Lucas arañando la ventana? Con la dentera que le daba… Pero ha vuelto a casa, no está todo perdido. «Ya voy mi amor, espera…» TOC TOC,…  «No, no golpees tan fuerte, que te lastimaras los nudillos, estás poniendo los cristales perdidos de sangre…»
Aturdida, intenta aflojar el nudo de la soga que aprieta su cuello. Escucha los timbrazos y las patadas con que Lucas intenta echar la puerta abajo. A punto está de liberarse de la presión de la cuerda cuando un fuerte CRAAAC retumba en la habitación vacía de lo que fue su hogar: una pata de la silla se ha quebrado vencida bajo su peso.

En busca de ideas


EN BUSCA DE IDEAS

Siempre andan camufladas, pero si uno presta atención en seguida las descubre. La hora a la que pasan las ideas no entiende de relojes y suelen aparecer cuando menos te lo esperas. A veces, te las encuentras en la marquesina del autobús, o en la mirada del viejo que alimenta a las palomas del parque, o en el desgraciado que hurga en el contenedor de basuras. Asoman incluso en los sueños, hay que estar muy atentos.
Una vez vi una que se lanzaba al vacío desde la azotea de un edificio. Llegué a tiempo y la rescaté de una muerte segura. La llevé a casa magullada y estuve cuidándola hasta que se recuperó del susto. Durante un tiempo, la alimenté de palabras bonitas y signos de puntuación, y fue creciendo y poniéndose gorda. Tuve que imprimirla para que no tuviera la tentación de desaparecer. Y acabó convertida en relato.

Sin rumbo


SIN RUMBO

Quizá por repetido y cotidiano la gente no se percata a veces de detalles como este. No es que disfrute con este entretenimiento, pero  tampoco puedo evitarlo. Cada vez que veo en la tele o la prensa imágenes de un accidente en carretera lo busco de inmediato y casi siempre está ahí.
Me refiero al zapato huérfano tirado en la calzada en cualquier tipo de siniestro, ya sea de automóvil, autobús o moto, incluso en los atropellos a peatones. También me fascinan los tapacubos que decoran las cunetas sin choque previo. Estos parecen desarrollar una vena independentista: marchan rodando por su cuenta para luego quedar por ahí tristemente abandonados. Pero volvamos al tema del zapato impar.
Si me pongo a pensar en ello se me ocurren algunas explicaciones. Por supuesto, la más lógica, la que explicaría el fondo del asunto, sería la que dicta la ley de la inercia: el cuerpo choca y queda atrapado en el vehículo o tirado en el suelo, pero el zapato, por su relación masa velocidad, tiene otras variables matemáticas con las que cumplir y sigue su curso hasta quedar parado un poco más lejos. Esta sería la deducción científica, pero yo tengo otra, sin duda más peregrina y menos contrastada.
A mi estos zapatos descarriados que siguen su ruta sin el pie me invitan a pensar en un afán vano por continuar su camino, un camino que se ha interrumpido en un instante. Ellos solo entendían de andar, de pedalear, de pisar el embrague y demás, pero nadie les informó de cuándo ni de qué manera serían jubilados. Dejan de rozar el asfalto, de arrastrarse por el suelo, de taconear, pero tardan unos segundos en darse cuenta.
Suelo hacer suposiciones de a quién pertenecían y ahí se me dispara la imaginación. La zapatilla deportiva es la que más me despista: su dueño lo mismo podría haber sido un chaval o un padre de familia que buscaba comodidad en la conducción. Hasta un abuelete. Con el zapato de tacón saco otras conclusiones más trágicas: una chica joven que regresaba a casa después de una fiesta. La imagino escogiendo el modelo, el color, posando ante el espejo de la tienda, calculando si le provocarían ampollas y lo bien que combinarían con el vestidito de tirantes recién adquirido. Con las sandalias infantiles se me escapan las lágrimas.
Son zapatos descalzos, olvidados, inútiles. El destino los arrancó cruelmente del ser que en su día los escogió con más o menos esmero.
Al menos los tapacubos eligieron libremente su suerte.




jueves, 20 de diciembre de 2012

En un instante


EN UN INSTANTE

—Café largo con una nube de leche desnatada, y que esté muy caliente, por favor. Sírvamelo en vaso de vidrio con asa y no olvide traer la sacarina líquida. —Pierre se asegura de que el camarero anota bien la comanda estirando un poco el cuello para ver la pantalla táctil—. Y traiga también un digestivo, sin hielo. Ginebra, eso es.
—Bien, señor. ¿Y usted qué tomará?
—Un cortado, gracias —pide Michel.
Los dos hombres están sentados en la terraza de la cafetería «Chez André» en el paseo marítimo de Niza. El azul del Mediterráneo lame las arenas blancas, a escasos metros de sus pies. Las mesas y sillas son de un material resistente al salitre y llevan la firma de un conocido diseñador, como el resto del mobiliario de este local. Hasta los camareros que atienden parecen sacados de las fotografías de una revista de moda.
En la acera de enfrente, un vagabundo con aspecto de náufrago arrastra un carrito de supermercado lleno de trastos. Se acerca a los contenedores de basura e introduce medio cuerpo dentro de uno para reaparecer al rato con una tostadora escacharrada que coloca con cuidado en el fondo del carro, junto a otros objetos variopintos.
Pierre da un sorbito al café y lo vuelve a posar en el platillo. Se seca una inexistente mancha en los labios con la punta de la servilleta y comenta con desprecio:
—Deberían prohibir el acceso de pordioseros a las zonas nobles de la ciudad. Date cuenta de que aquí se vive del turismo; flaco favor hacen merodeando de acá para allá con esas pintas y esos cachivaches.
—Este fenómeno no es exclusivo de aquí, Pierre. Es una injusticia social que existe en todas partes, no podemos pretender obviarla. Es el lado oscuro del progreso. —Michel observa al indigente con curiosidad, le recuerda a alguien, pero no consigue dar con quién.
—Ya, ya, pues podían quedarse hurgando en las basuras de sus barrios, la verdad: me molestan. Mírale, ahora dándole a la botella: esta gente tiene lo que se merece, no hacen nada por salir de su situación. Bebiendo no se soluciona nada. —Pierre apura pausadamente su copa de ginebra añeja y hace señas al camarero para que le sirva otra—. Seguro que no ha trabajado en su puñetera vida, y con esas barbas mugrientas y esa capa de mierda que lleva encima, tampoco creo que tenga en mente hacer ningún intento por encontrar un empleo.
Michel sigue sumergido en el pozo de sus recuerdos, intentando rescatar esa imagen olvidada. Siente un poco de vértigo cuando empieza a aparecérsele una cara conocida, y como en una pantalla de ordenador, ambas imágenes, la del mendigo y la de su recuerdo, se solapan hasta conformar un rostro con nombre: Paolo Lavigne, un antiguo colega del departamento de investigación y desarrollo.
—Fíjate en nosotros dos, querido Michel, cómo hemos sabido aprovechar las oportunidades que nos ha brindado la vida: internados en Suiza, lejos de nuestras familias; las mejores universidades privadas, esforzándonos por seguir las materias en otros idiomas… ¿Nos hemos ganado nuestra posición, sí o no? En este mundo hay triunfadores y perdedores, nadie regala nada. Todo a base de sacrificio y tesón. Es lo que hay, no intentes justificar lo contrario.
El náufrago se aleja empujando el carro. De vez en cuando hace una reverencia a las señoras con las que se cruza en el paseo, tan elegantes con sus pamelas y parasoles, y ellas elevan la barbilla altivas, o se aprietan fuerte al brazo de sus acompañantes, que sonríen condescendientes. Michel hace un esfuerzo por recordar: hace cuatro años, Paolo, de cincuenta, fue despedido y sufrió un escarnio mediático por un asunto de abuso de menores que no quedó lo suficientemente aclarado. Cometió el error de confiar en su inocencia y no recurrir a un buen abogado. Su familia le dio la espalda, abochornada, y ninguna empresa volvió a contratarle.
—Cualquiera de nosotros —susurra entristecido por estos recuerdos— puede hundirse en el fondo de un pozo, Pierre, cualquiera. —Su amigo está consumiendo la quinta copa, y con los párpados entrecerrados mece su mirada al ritmo de las olas—. Solo hace falta que concurran las circunstancias necesarias y el cóctel explosivo está servido. Ninguno estamos libres.
—No te dejes engatusar por esa cháchara comunista, Michel: nosotros somos caballos ganadores. Hemos conseguido un tejido social bien armado, unas familias estructuradas, ¡tenemos madera de triunfadores! Los que caen tan bajo nacieron sin estrella y se han visto atrapados en callejones sin salida porque son unos desgraciados. Venga, vamos al club a hacer unos hoyos, hoy me siento particularmente contento, esta brisa marina me aclara el espíritu. —El camarero les trae la cuenta—. Deja, deja, que yo me hago cargo. De momento, jeje, puedo permitirme convidar a un buen amigo.
Pierre deja un billete de propina en el platillo y los dos hombres se dirigen a sus respectivos automóviles. El club está a diez minutos de allí, siguiendo una sinuosa carretera. Pierre arranca su deportivo rojo, pese a las insistencias de su amigo «no conduzcas en ese estado, te vienes conmigo y mañana te acerco a por el coche», y baja la capota para sentir la caricia del viento en su cara. Con su música favorita de fondo, entorna un poco los ojos, sintiéndose el ser más dichoso de la tierra.  
Ni en el peor de sus sueños podría Michel haber imaginado que su amigo tomaría la siguiente curva a demasiada velocidad, provocando que un autobús lleno de escolares se despeñara desde una altura de cincuenta metros hasta el fondo rocoso sacudido por las olas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Añoranza


AÑORANZA

De su vida en blanco y negro no quedó rastro cuando irrumpió ella como un torbellino. Sin preguntar, llenó las paredes con cuadros de impresionistas, cambió la moqueta  por una alfombra de patchwork japonés y descolgó las cortinas para dejar paso a la luz del sol. Con todo, lo más perturbador fueron las pastillas de jabón que invadieron los armarios, cuya esencia diluía en su alma el alcanfor de una rutina gris.
Un día ella se marchó como había llegado, sin avisar. En el vacío de su ausencia quedó flotando una nube de pompas pulverizadas, y ni siquiera el paso de los años ha logrado disipar el aroma que aún rezuma de su recuerdo en las tardes de lluvia salada.

El nido


EL NIDO

(Don Ricardo está leyendo la editorial del ABC en su butaca. Lleva puesto su batín de seda granate y las pantuflas a juego, su traje de los domingos. Para no tener que salir de casa, va a misa los sábados por la tarde).
DON RICARDO: (levantando la vista del periódico) Ah, eres tú, Enrique, no te había oído entrar.
ENRIQUE: (retorciéndose las mangas de la camisa) Hola, papá. ¿Te… te importa que me siente aquí? (se deja caer en el sofá contiguo).
DON RICARDO: No, no, para nada, hijo.  ¿Has desayunado? Tu madre ha hecho tortitas.
ENRIQUE: Sí, papá. Mamá ha salido a comprar el pan. Quería comentarte una cosa… es importante…
DON RICARDO: (golpeando el periódico con un dedo) ¡Esto es indignante! Ya sabía yo que antes o después estos inútiles meterían mano a las pensiones. Menos mal que nosotros tenemos un buen colchón. ¿Decías algo, hijo?
ENRIQUE: Mira, verás… (bajando la vista a la alfombra) Lo he pensado mucho, papá. Yo… quería decirte que ha llegado el momento de…
DON RICARDO: (quitándose las gafas muy despacio) ¿Te encuentras bien, Enriquito? Tienes mal aspecto. ¿Has tenido algún problema en la universidad? Cuéntame, soy todo oídos.
ENRIQUE: (lanzado) Que me voy de casa, papá. He decidido independizarme.
DON RICARDO: (elevando un poco el tono de voz) ¿Cómo irte de casa? ¿Y dónde vas a estar tú mejor que aquí? ¿Tienes alguna queja de nosotros, has discutido con tu madre?
ENRIQUE: No es eso, papá. Es solo que creo que necesito un poco de espacio para…
DON RICARDO: ¿Es que no es grande tu habitación? ¡Si tienes hasta una bicicleta estática! Y el baño, bueno, sí, tenemos que compartirlo los tres, pero nunca te he oído quejarte.
ENRIQUE: A vosotros dos también os vendría bien disfrutar de un poco de intimidad. Siempre protestáis cuando viene algún amigo.
DON RICARDO: La juventud de hoy en día es que no sabéis reuniros sin poner la música a todo volumen, pero eso lo podemos hablar con tranquilidad, hijo, no saques las cosas de quicio. Además, con lo cara que está la vivienda, te va a resultar imposible encontrar un sitio decente (abre mucho los brazos abarcando todo el salón). Esta es tu casa, tu madre se va a llevar un disgusto. Con lo delicada que está….
ENRIQUE: (resoplando) Mamá está como un roble, papá, y tú también. Así le quito una carga de encima, que ya va siendo hora. Yo vendría a visitaros con frecuencia, no te preocupes por eso.
DON RICARDO: (refunfuñando) ¡Qué egoístas sois los jóvenes! En cuanto nos hacemos viejos los padres ya queréis salir huyendo, como si apestáramos. Cuéntale la verdad a tu padre: ¿estás mal a gusto en esta casa? Si tienes alguna queja, hablemos sobre ello. Todo tiene solución en esta vida… menos la muerte (suspira en un lamento). No lo entiendo, Enriquito, no lo entiendo.
ENRIQUE: (frotándose la barba) Papá, tengo cuarentaitres años y he conocido a una mujer, una compañera del departamento. Estoy dirigiendo su tesis y llevamos saliendo juntos desde mayo.
DON RICARDO: (alterado) Pero, hijo, ¿es que no tuviste bastante con aquella pelandusca de Isabel? ¡Cómo nos engañó a todos! Lo que te hizo sufrir la muy víbora. Recuerdo cuando volviste a casa tras el divorcio, parecías una piltrafa, y tu madre y yo te acogimos con los brazos abiertos. Pensé que habrías escarmentado, la verdad.
ENRIQUE: (se acomoda en el sofá, cansado) Bueno, sí, papá, y os estoy muy agradecido por vuestro apoyo. Pero esta chica es distinta y queremos intentarlo juntos. Se llama Ester y tiene treintaicinco años y es una muy buena persona. Me voy a vivir con ella, ya hemos alquilado un apartamento.
DON RICARDO: Sabes muy bien lo que opino de los alquileres: eso es tirar el dinero. Aquí vives a cuerpo de rey y sin derrochar un duro. ¿Lo has pensado bien? Las mujeres, a excepción de tu santa madre (coge con delicadeza una foto del matrimonio que hay sobre la mesita) son todas unas brujas; y además dices que a esta la conoces desde hace solo unos meses. ¿Habéis pensado en boda? ¡Ay, una boda por lo civil! No sé si el corazón de tu madre lo resistirá.
ENRIQUE: (levantándose) Mamá está al tanto y le parece muy bien. Se ha empeñado en regalarme una vajilla y dos juegos de sábanas. Y me ha pedido que la invite a casa esta tarde para que la conozcáis. Ya verás como os gusta.
DON RICARDO: (volviendo a su lectura con desgana) Veo que habéis estado conspirando a mis espaldas, como siempre. Bien, haz lo que quieras. Ya sabes que aquí estaremos siempre esperándote tus ancianos padres. Las mujeres son todas unas pécoras, ve con cuidado, hijo.
(Enrique cierra la puerta por fuera y respira aliviado, parece que no ha sido para tanto. En la sala, don Ricardo va pasando distraído las hojas del diario hasta que su mirada se acuna en la foto de un bebé sonriente. Acaricia con su dedo el rostro del niño del anuncio y su cara se ilumina con una sonrisa).


viernes, 7 de diciembre de 2012

Tabiques de papel


TABIQUES DE PAPEL

Antes de que vuelva papá el doctor pellizca en el culo a mamá, que se ríe como las tontitas de mi clase mientras se abrocha hasta arriba los botones del vestido. Cuando él termina de meterse la camisa por dentro del pantalón, recoge su maletín, me da unas monedas y me susurra muy bajito que «es mejor que tu padre no sepa que he venido; se preocuparía. Además, mamá ya está curada». No diré nada, lo he prometido, pero de hoy no pasa: en cuanto papá entre por la puerta le preguntaré por qué don Basilio y yo somos como dos gotas de agua.