domingo, 22 de marzo de 2026

Tormenta

TORMENTA

Lo único que le tranquiliza cuando no está dormitando es el árbol. Observar a las orugas chapotear en las hojas jabonosas, a los pulgones chupar el suavizante que fluye por el tronco, a los jilgueros picotear la fruta y cagar sales de baño. Cuando llueve, le relaja el aroma a aceites esenciales de la espuma que forman los jabones en los charcos.

Pero hoy le despierta del dulce sopor un relámpago que enciende el cielo plomizo al tiempo que un fogonazo de lucidez ilumina su mente nublada. Y evoca, horrorizado, un puñal en sus manos ensangrentadas.

Sintiéndose miserable, queriendo eliminar esa imagen, se dirige al árbol y en cuclillas empieza a frotarlas. Restriega, enjuaga, rasca con una piedra, se hace llagas, las descarna. Entonces dos celadores se aproximan, se lo llevan en volandas, lo sedan, le limpian el barro, le ponen una camisa con las mangas cruzadas a la espalda.

Tokyo

TOKYO 

Con lo que ganaba de lavaplatos en un bar del Mercado de Tsukiji, a Takeshi apenas le alcanzaba para poder pagarse un camastro en un cuartucho de dos metros cuadrados. Pero le cabían debajo unas cajas donde guardar sus cosas, así que con eso le bastaba. Tuvo que comprar, eso sí, un urinario portátil porque en los pisos compartidos a veces uno no puede aguantar hasta que el aseo de la casa queda libre. Aparte de eso, Takeshi pensaba que no necesitaba más. 

En la cocina donde llevaba cerca de veinte años trabajando, aprovechaba y comía las sobras de los platos. Aunque sobras lo que se dice sobras no eran. Muchas veces los comensales pedían de más, se saciaban antes de lo que pensaban y las raciones volvían intactas, sin ni siquiera haberlas pinchado con un tenedor. Y acababan en el cubo de la basura. Por eso, Takeshi llevaba una dieta muy variada: unos días comía sushi, otros ramen, otros gyozas, y casi siempre fideos, que le encantaban. Para cenar se metía en un bolsillo unas rosquillas o un bollo de semillas de sésamo. 

Sus días transcurrían todos igual. En la cocina, las nueve horas las pasaba vaciando en el cubo los platos que le iban trayendo, enjabonando con un estropajo, aclarando bajo el grifo de agua templada, poniéndolos a escurrir y después secándolos, abrillantándolos y colocándolos en las alacenas metálicas. Lo mismo hacía con tenedores, cuchillos, cucharas y vasos. Y así sin parar, todo el rato, porque era acabar con un montón de vajilla sucia y vuelta a empezar con el siguiente. 

Cuando terminaba la jornada, colgaba el mandil, se ponía su ropa, salía corriendo a la calle y se metía en la estación de metro. Le llevaba cada trayecto dos horas, y tenía que darse prisa, nada de pararse a contemplar en las pantallas luminosas las imágenes de la última versión de un Smartphone o de un conocido futbolista mostrando su dentadura blanca y luciendo un Rolex en la muñeca; había que apurarse y llegar rápido al andén, antes de que la megafonía anunciara la llegada del siguiente tren. Porque un día se entretuvo mirando un Lamborghini en una valla publicitaria y como era hora punta no pudo ponerse de los primeros y fue arrastrado al interior del vagón por una marabunta, casi en volandas, quedando su pie derecho atrapado por fuera de la puerta junto al maletín de otro señor hasta la siguiente parada. Vaya susto que se llevó, menos mal que no pasó nada y llegó ileso a casa. 

Aquella noche, metido en su cama, tardó mucho en conciliar el sueño, tal era la excitación y el alivio que sentía por haber esquivado la desgracia. Había sido el azar, quizá, o el karma. Y mientras daba vueltas a  lo afortunado que era, le vino la imagen de los cerezos en plena floración y con el pensamiento de pasear sobre el lecho de pétalos caídos bajo sus ramas rosadas el siguiente día que librara, logró por fin quedarse dormido ¿Acaso podía un hombre para sentirse pleno desear más?

 

Tinieblas

TINIEBLAS

Enredado en la espesura pegajosa de mil telarañas y perdido sin remedio en una nebulosa de hilo negro contempla desconcertado el anciano una tarántula que, amenazadora, lo mira frotándose las patas.

Meses atrás, había entrado en pánico al ver la primera araña. Aunque era diminuta, a poco que se moviera ensombrecía algunos de sus recuerdos y le emborronaba las palabras, pero como asomaba con cautela —como sin querer molestar— y solo de cuando en cuando, no le fue difícil ignorarla.

Poco después aquella bolita peluda engordó, cogió confianza y empezó a desplazarse a sus anchas, hilando una telaraña. Pronto llegaron otras, que crecían y se multiplicaban. Ocupaban ya todo el espacio y se afanaban en tejer, sin descanso, una maraña cada vez más compacta donde sus neuronas iban quedando atrapadas y, por asfixia, terminaban agonizando y finalmente se apagaban.

En esa bruma, confuso y desorientado, incapaz de moverse ni pensar, de entender qué es lo que pasa, mira ahora el anciano al monstruo con curiosidad, sin sospechar que va a clavarle un colmillo, a inyectarle un veneno letal que licuará lo poco que queda en su cerebro para poder succionarlo con ansiedad.

Hasta no dejar nada.

Tarde de duelo

TARDE DE DUELO

Sin apurarse, con calma, intenta transitar la joven viuda por el duelo, «¡Ha sido tan repentino!», suspira en el velatorio enjugándose las lágrimas. A continuación balbucea un «necesito estar sola, disculpadme» y sale compungida al jardín de la mansión.

Allí busca un banco alejado, se acomoda y empieza por el principio, por la negación. Pero ¡ay!, lo único que no se puede negar es que estas cosas, antes o después, pasan; y más si tienes noventa años y estás achacoso perdido. Es lo que hay, no se hable más. Y con las mismas, llega a la ira, pero a decir verdad este sentimiento le golpea con escasa intensidad. Aprieta los puños, frunce la nariz, intenta enojarse, pero nada. Con lo cual decide acometer la negociación, tercera fase, pero como no sabe qué es eso, pasa a lo siguiente, que es la tristeza profunda, la sensación de vacío, la depresión. El  para qué seguir adelante.

Y en esta tesitura se halla, cuando unas manos le tapan los ojos por detrás y nota un beso en el cuello. Es el jardinero quien pone la guinda a la quinta fase, la aceptación, la de aprender a vivir con su nueva realidad.

 

 

El emigrante

EL EMIGRANTE

Las cumbres nevadas al fondo y más acá las chimeneas humeantes le guiaron en el último tramo hasta la aldea de donde había partido hacía sesenta años. Su temor a no hallar el camino después de tanto tiempo desapareció mientras enfilaba la cuesta empedrada, rumbo al cementerio, donde estaban enterrados sus antepasados.

El olor a castañas asadas y el tolón de los cencerros no apaciguaban su desasosiego; temía que, por su aspecto avejentado y su acento, no lo reconocieran. Lo que sí logró abstraerlo fue comprobar que una simple ánima como él pudiera hundir el pie en una boñiga fresca.

Sombras

SOMBRAS

No era la oscuridad ni aquellas aguas heladas lo que les asustaba. Tampoco les pareció un lugar nauseabundo, sucio y desagradable como los sitios por donde solían transitar: los puertos pesqueros atestados de raspas y cabezas podridas de pescado; las calles llenas de baches, piedras y charcos; las plazas rebosantes de colillas, cascos rotos, excrementos de animales, orines y escupitajos; los mercadillos donde montones de inmundicias se acumulaban al terminar la jornada. Pero verse repentinamente ahí, somnolientas aún, flotando en la superficie del océano, les hizo sospechar que algo malo estaba pasando.

Conforme transcurrían los minutos, el miedo y la incertidumbre fueron adueñándose de ellas. Algunas se pusieron a sollozar en silencio, otras chillaban, las más se resignaban. Porque ¿acaso podían ellas hacer algo? La respuesta era no. Nada. Lo único apretujarse, bien juntitas, para infundirse ánimos, para confortar a las más angustiadas, para decirles que aguantasen, que enseguida vendrían a rescatarlas, que pronto conocerían el suelo americano, que esta pesadilla quedaría olvidada.

Pero lo que pasó fue que la mayoría de las sombras que intentaban mantenerse a flote a merced de los bloques de hielo fueron arrastradas al fondo del mar. En aquellas dos horas y cuarenta minutos que tardó en hundirse el Titanic, más de mil quinientas desaparecieron bajo las gélidas aguas, quedando atrapado en el aliento brumoso del océano un lamento desesperado.


Sombra de ojos verde

SOMBRA DE OJOS VERDE

Con estropajo y jabón Chimbo la suciedad sale mejor, aunque no huela tan rico como el de karité, el favorito de la señora. Lo sabe Gladys bien, satisfecha al ver desaparecer de las uñas de sus pies la mugre. Mientras le ciñe el corsé, sonríe al ver desparramarse las lorzas por todos lados. Ya se lo decía anteayer cuando la veía atiborrarse de tarta.

—Señora, ¿no prefiere que le traiga unos chips de zanahoria?

—¿Acaso insinúas, enana asquerosa, que tengo cara de conejo? —bufaba escupiendo migas.

Después de hacerle el moño falta solo maquillarla. El tono marrón oscuro irá bien, porque vaya cutis más lívido que se le quedó anteayer a ese monstruo tras atravesarle el cráneo con una aguja de tejer por restregarle la boca con jabón Chimbo y estropajo.

Para quitar el olor a podrido, le echa no una gota de Channel Nº 5, sino todo el frasco.

 

Sol de medianoche

SOL DE MEDIANOCHE

Podía sentir la tibieza de la noche encendida en sus párpados cerrados; estaba ya muy cerca —por fin— de disiparse para siempre en ella. Los púrpuras, verdes, naranjas y azules de la aurora boreal que atisbaba en el horizonte le parecían más hermosos que nunca. Imaginaba cómo aquel manto de colores cubría los campos blancos y una luz cálida ablandaba la tierra helada y la derretía, dejando a la vista una alfombra de musgo mullido. Escuchaba, también, el lejano murmullo del silencio como un rumor en el que pronto se sumergiría y que ahogaría el bramido inclemente de la tormenta de granizo y nieve en medio de la cual se hallaba retenido.

¡Lo poco que le faltaba y lo largo que se le estaba haciendo morirse! Intentaba mantenerse sereno, calmado, pero la angustia y la espera le impacientaban. ¿Cuánto tiempo tardaría la benzodiacepina que le habían inyectado en el hospital en llegar a su corazón y obligarlo de una vez a dejar de latir? Se sentía exhausto de luchar contra aquella ventisca, dolorido por las agujas de hielo que como puñales se clavaban en sus entrañas, agotado de las tiritonas, las manos escarchadas. De tener frío. De levantarse y volverse a caer. Abatido porque la quimioterapia no hubiese podido vencer al enemigo. Derrotado por haber perdido la batalla.

Pero de pronto, sintió una ingravidez que lo liberaba, cesó el vendaval y dejó de tener frío. Aflojó los puños, exhaló un suspiro.
Y una última lágrima rodó por su cara.

Sofá y manta

SOFÁ Y MANTA

Si hay una mujer renacentista, polivalente y multitarea, esa es Ramona. Eso, al menos, es lo que opina de sí misma ella, aunque la definición no es suya; se la oyó un día decir vocear a la Esteban o al Matamoros o a uno de esos, qué más da. El caso es que a ella le va como anillo al dedo y por eso se la ha apropiado. En resumidas cuentas: Ramona puede hacer varias cosas a la vez. Y todas bien.

Así, sin dejar de parlotear y comentar todo lo que dicen en el programa de cotilleos de la tele, teje una bufanda de lana burdeos Gerardo no sabe ni cuántas tiene, bebe a sorbos el café de la merienda y mordisquea una magdalena, sin dejar caer nada, ni una gota ni una miga, al sofá. Aparte de eso, tiene visión periférica. Ahora mismo está observando por el rabillo del ojo a Gerardo, que está concentrado mirando en el diario deportivo la foto de una playa tropical hay palmeras, un tucán en una jaula y un surfista muy bronceado, muy depilado, muy sonriente y no leyendo las noticias de la Champions, ni los resúmenes de los partidos, ni la entrevista a este o aquel jugador. Que, por cierto, qué poco originales son, siempre contestan lo mismo. 

Le delata al pobre el lenguaje corporal. Está metiendo barriga, se ha pasado la mano por los cuatro pelos de la cabeza como atusando un flequillo que no tiene y le están empezado a resbalar unas gotitas de sudor por la frente, al muy bobo. Es tremendo, hasta babea. Y Ramona, que tiene un poco de médium y lee la mente, sabe que está pensando: «Jo, a ver si convenzo a la Ramoni y vamos este año a Benidorm con el Imserso». ¡Ja! Pues con lo que odia ella la arena, el sol, los mosquitos y el calor, lo lleva claro; ya sabe que no se le arregla. Que además dónde van a estar mejor ellos que viendo la tele tan ricamente en casa y sin gastar dinero.

Lo que ignora Ramona es que él, que la conoce perfectamente, percibe cuando se está inmiscuyendo en su cerebro, y ha aprendido a enmascarar sus pensamientos reales cuando la tiene tan cerca, mostrándole otros normales y corrientes. Porque ya que no puede ir a ningún sitio, ni vivir experiencias, se las inventa. Y si llega a ver lo a gusto que se encuentra ahora, imaginándose al surfista de la foto atado a los barrotes de la jaula, medio en cueros, susurrándole «acércate, bandido, apaga el fuego que me quema el cuerpo», le da un telele que ni te cuento.

Ruta 66

RUTA 66

Muy exaltados, los dos amigos contaban al camarero del cochambroso bar de carretera lo de la autoestopista, pero el tipo parecía no inmutarse mientras les servía huevos revueltos y echaba más café en sus tazas.

—Subió al asiento trasero —repetía ahora Jimmy—. Enseguida sentí su aliento en mi nuca, sus dedos masajeándome la polla y vi su otra mano en la bragueta de Jack. Estallamos al unísono, ¡guau!, pero al girarnos, ya no estaba. Ni rastro de ella.

El camarero sacó algo de debajo de la barra.

Ti si mŭrtŭv graznó, mientras cortaba un trozo de tarta de manzana con una guadaña.

 

El primer amor

EL PRIMER AMOR

Dejarse llevar por la pasión en aquel momento era lo único que le importaba a Alba y ella, ensimismada, literalmente levitaba. Estaba muy concentrada en no caerse, abrazada al cuello de Nacho, el chico que tanto le gustaba. Nunca le habían flaqueado las piernas de aquella manera: parecía que el suelo desapareciera bajo sus pies, que no existiera fuerza de la gravedad. Se sentía arrasada por el deseo, pletórica, llena. ¡Es que el primer beso era algo tan especial! Con los párpados entrecerrados, perdida la noción del tiempo, flotaba como en una nube, henchida de placer. Era tal el arrebato de gozo, tan intensa la dicha, que el calorcillo que circulaba por sus venas rebosaba hacia el exterior, haciendo saltar chiribitas de sus ojos, arrebolándole las mejillas, enrojeciendo sus labios.

Por esa fantasía romántica de sentirse tan especial, por idealizar el momento, por enmarcarlo como un vivencia hermosa e inolvidable a la que acudir por las noches en la soledad de su cama, no se dio cuenta de que a aquel chico le apestaba el aliento a ColaCao, de que los pelos mal afeitados de su barbilla se le clavaban como alfileres en la cara, de la aspereza de sus labios, del gusto agrio de su saliva, de que su lengua, gorda e inexperta, fofa como una babosa, retorciéndose como una culebra, lamía y relamía durante una eternidad que a Alba le pareció muy breve.

Porque ¿acaso esos detalles importaban si ella, en su éxtasis, estaba rozando con los dedos el cielo? Se sentía en otra dimensión, todo era místico, espiritual, Nacho era su ángel y tan alelada estaba que jamás habría visto que las plumas de sus alas, mal pegadas a la espalda, se desprendían y caían al suelo o salían volando.

Pero aquella primera vez, con trece años, la sigue conservando como un tesoro Alba en el fondo de su alma, como recuerdo de cuando existía una única realidad, la suya, y nada con qué compararla.

Pompas fúnebres

POMPAS FÚNEBRES

Cualquiera que vea a Maruchi sentada en el banco de la iglesia, con esas ojeras, la cara pálida y larga, el gesto de introspección y moviendo los labios, bisbiseando, pensará que está rezando. Pero lo que hace en realidad es repasar, mentalmente, los productos que necesitará cuando vaya a visitar al cementerio a su Nicanor: una escoba, un recogedor, una fregona, un cubo con escurridor, un cepillo con las cerdas duras para atacar la suciedad más pegada, estropajos, bayetas y cera de abrillantar mármol. Eso para la limpieza de la lápida. Con el asunto de los caracoles, telarañas y malas hierbas, tendrá que hacer acopio de tijeras de podar, rastrillo y pala.

La verdad, le hace ilusión. Ya se ve el Día de Todos los Santos montada en el bus camino del camposanto con una bolsa de rafia con todos los bártulos necesarios para acicalar el nicho de su difunto, y el  caldero hasta arriba de agua jabonosa. Lo llevará lleno desde casa porque con agua caliente se limpia mejor, esto lo sabe cualquiera. Aunque tiene ya una edad, cojea de una pierna y es más bien poquita cosa, a Maruchi como se le meta algo en la cabeza no hay quien le convenza de otra cosa.

Solo de pensar en arrodillarse ante la tumba y deslizar el dedo envuelto en un clínex húmedo por las letras doradas grabadas, N – I – C – A – N - O – R, hasta que reluzcan como el oro, hace que un calorcito le recorra todo el cuerpo, sintiéndose confortada.

Se halla absorta pensando en el asunto de las flores, indecisa entre ramo o corona, claveles, rosas o gladiolos, cuando nota un golpecito en el brazo.

Maruchi, levanta, que ha terminado el funeral le susurra Nicanor, incorporándose apoyado en su bastón.

Entonces abre los ojos, se alisa la falda, se pone en pie, retira con el dorso de la mano una pelusa del abrigo del esposo, se agarran del brazo y se acercan a dar el pésame a la vecina del quinto. Luego abandonan la iglesia, acariciándose las manos, contentos de tenerse uno al otro, de estar juntos, de seguir aquí pese a los achaques. Aunque Maruchi, siempre anticipándose a todo, no lo puede evitar, va pensando «para mi Nicanor una corona de crisantemos, no se hable más».

Arrebato místico

ARREBATO MÍSTICO

Al mirar cara a cara a la muerte, al enfrentarse a esas momias detrás de las vitrinas del museo, conservadas casi intactas a lo largo de los siglos, le entraron a Yasmin unas ganas tremendas de recapacitar, de plantearse cosas, de mirar hacia dentro de sí misma, de trascender y de hacer una sesuda reflexión sobre el más allá y sobre el más acá, especialmente. Pero no a través de las preguntas clásicas, como ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos?, porque eso abarcaba disciplinas metafísicas, espirituales y cuánticas que se derramaban por su cerebro hasta diluirse entre las neuronas para terminar desapareciendo como si nada. Mejor algo más íntimo y sobre todo sencillo; algo que le diese a su existencia un sentido especial.

Al comprobar cómo se le erizaba el vello de los brazos, se le pasó a Yasmin por la cabeza que pudiera ser que hubiese entrado en trance, porque le recordó a una vez, cuando era adolescente, que fumó hierba y todo era relajo y despreocupación y conexión con el universo. Y producto de esta especie de mareo, sentía ahora una emoción intensa, una fusión con el cosmos, unas ganas de desprenderse de lo material y abrazar una vida de servicio y entrega a los demás. Se sentía de pronto tan bien, tan a gusto consigo misma, tan contenta por ser útil, por tener un objetivo al que entregarse en cuerpo y alma, que los ojos se le humedecieron y un escalofrío le sacudió la espina dorsal. Hasta le pareció que levitaba, que se había elevado un centímetro del suelo.

En ese estado de éxtasis se hallaba cuando Gustav, su esposo aunque la gente opinase que parecían abuelo y nieta, le apretó el antebrazo y le señaló con la cabeza uno de los cuerpos expuestos. Se trataba de una mujer joven. Al acercar la nariz al cristal, observó que se depilaba las axilas, el bigote y las cejas algunos pelillos negros estaban a punto de salir cuando le pescó la muerte, que tenía unas manos muy cuidadas y que las uñas las llevaba largas, limpias y arregladas. En la cabeza, lucía aún una melena lisa, brillante y pelirroja, con raya a un lado y una tiara dorada que le sujetaba el flequillo, aunque algunos pelos rebeldes se habían soltado y le caían despeinados sobre la frente. Su cutis, de suave y terso y blanco, parecía de porcelana. Se deducía, del conjunto, que había pertenecido a una clase social alta.

Esta imagen le trajo a la cabeza a Yasmin que aquella mañana, antes de salir a hacer turismo, había descubierto horrorizada en el espejo del baño que se le empezaban a ver las raíces blancas del pelo. Y el cabreo que se pilló porque en el salón de coiffure del hotel no le daban cita hasta las siete de la tarde. Se ajustó entonces el pañuelo de seda que llevaba anudado a la nuca para ocultar al mundo el drama de sus canas y tiró de Gustav hacia la salida del museo, con el firme propósito de convencer a las estilistas del coiffure de que, aparte del tinte y las mechas, le hicieran también un alisado de queratina, la manicura francesa, una hidratación con velo de oro y, para terminar, un masaje facial relajante, que el día había sido muy ajetreado.

Parque acuático

PARQUE ACUÁTICO

¿Cuántas horas, días, semanas habremos pasado metidos en la piscina del pueblo? Imposible de contar. No salíamos del agua hasta la hora de la cena. Al final del verano, teníamos el pelo verde del cloro y el blanco de los ojos lleno de venitas reventadas. A algunos la piel se les cuarteaba y parecían salirles escamas.

Era el único lugar donde se podía estar, tal era el bochorno de aquellos veranos. Río no había, ni estanques, acequias, ni un triste arroyo. Nada. La fuente de la plaza y para de contar. Así que todo el santo día estábamos a remojo. Pero el mismo plan de lunes a domingo terminaba aburriéndonos y un buen día don Toribio, el alcalde, decidió animar un poco el cotarro y puso unos toboganes. Como la idea gustó tanto, hizo instalar un trampolín de tres alturas. ¡Como locos estábamos, qué piruetas hacíamos en el aire, triple salto mortal! Empezaron a venir vecinos de otras aldeas y con el dinero que se sacaba de las entradas don Toribio mandó colocar en el fondo un surtidor del que salía un chorro a presión, como un géiser, que si te ponías encima ¡te subía hasta el cielo! Una cosa espectacular. También compraron un pecio y un día que estaba buceando encontré una moneda que una vez rascadas las algas que la cubrían resultó ser de plata.

Como era de esperar también se montó un sistema para hacer olas que aprendimos a coger con las tablas de planchar que nos traíamos de casa. Donde no cubría y para deleite de los más pequeños se instaló una cascada.

Nos convertimos en la atracción de la comarca. Visto el éxito y para dar un toque exótico trajeron un día unos pececillos de color plateado y rojizo, muy bonitos. Pero aquella misma mañana nuestro lago azul se tornó color vino. Las aguas se espesaron, se formó en el fondo un remolino y asustados salimos a toda prisa. Nos vestimos sin entender por qué nos mandaban para casa «marchaos de una vez y rapidito», nos gritaban. Pero mientras la guardia civil precintaba la piscina vi al alcalde tirarse de los pelos, golpearse la frente contra la ducha, repetir en voz alta «eres idiota, Toribio, eres idiota», lamentarse por Arturito —un chaval al que no volvimos a ver nunca— y decir no sé qué de unas pirañas y unos albaranes en chino.

Novios

NOVIOS

Tener de novio a Rafa, que trabaja en un horno de pan y viene a buscarla en una moto Bultaco para ir a bailar y comer churros en la feria, le sabía a poco a Fina. Con veinte años, una ya tiene que ir pensando en un futuro un poco más prometedor. Por ese motivo decidió aceptar la invitación de Julio Juan, empleado en la notaría del pueblo, para ir con él al cine el viernes.

A la hora en punto se presentó el joven a bordo de un descapotable de tiempos de Maricastaña. «Un poco reliquia, por no decir carraca», pensó Fina, pero sonrió y no dijo nada. Tuvo que subirse saltando por encima de la puerta del copiloto porque estaba encajada y no se podía abrir. Tras varios giros de llave y pisadas al pedal de acelerar, arrancó el motor y empezó a circular. Iba lentísimo, avanzaba como a trompicones, el tubo de escape echaba un humo horroroso y la palanca de cambios chirriaba que era cosa mala, parecía que iba a cascar. Ah, y la radio encendida, pero mal sintonizada y todo el camino escuchando interferencias. ¿Podía empeorar la situación? Sí, claro que podía.

Ya en el autocine y antes de empezar la peli se puso a llover y tuvieron que situarse por detrás, uno a cada lado de la capota, y darle a una manivela que, como estaba demasiado engrasada, le pringó a Fina las manos y, por no alejar un poco el cuerpo mientras la iba girando, le salpicó también de aceite el vestido que precisamente ese día estrenaba.

Al terminar la película que había elegido él entusiasmado —«verás cómo te va a encantar, es súper romántica»—, una ñoñería bastante indigesta, y como llevaba más de dos horas parado, Julio Juan no consiguió poner el coche en marcha. Se oía el motor que sonaba como ahogado, cof, cof, parecía un viejo con espasmos. Así que Fina se tuvo que bajar —casi se espatarra al saltar sobre un charco—, y empujar. Mientras tanto Julio Juan, con su voz aflautada, dando instrucciones desde dentro, a salvo del aguacero, moviendo como bobo a un lado y otro el volante. Como no asomaba nadie para echar una mano —llovía a mares y a los de los otros coches no les apetecía mojarse— y tampoco había desnivel para que cogiera velocidad, por más que Fina pusiera toda su fuerza y empeño, el coche no arrancó y se tuvieron que volver a casa andando.

Al despedirse de Julio Juan, Fina hizo balance. El vestido para tirar —eso ya no sale ni frotando—, la manicura y el moldeado echados a perder y un tacón roto mientras empujaba. Pero lo peor fue ver a Julio Juan sorbiéndose los mocos y lloriqueando con aquella peli de mala muerte que a ella le hacía bostezar. «No es una señal, es que no hay por dónde cogerlo». Así que Fina ha decidido que no hay compatibilidad. Y además se ha dado cuenta de lo mucho que se ha acordado de su Rafa. Ir de paquete en la moto, bien pegada a su espalda, rodeando con sus brazos su cintura, sintiendo el viento en la cara y el olor a su loción de afeitado. Y su gracia al bailar, su voz de galán de cine, su risa contagiosa y cómo la mira y la acaricia con sus ojos color avellana.

No todavía

NO TODAVÍA

No le costó al vendaval empujar —sin armar mucho estrépito las ventanas mal encajadas del dormitorio del anciano y entrar como una bocanada en la habitación. En ese instante, el hombre se revolvió en el jergón, tosió, quizá sintió frío, momento que el viento aprovechó para tornarse brisa trayendo consigo el frescor terroso y límpido del rocío y apaciguando el sueño del durmiente.

En la pared, la llama de la vela encendida a San Rafael proyectaba sombras siniestras que serpenteaban como fantasmas. Verlas daba pavor; oír sus alaridos sobrenaturales habría helado la sangre. Deformaban en muecas grotescas sus bocas, se sacaban los ojos que pendían como pingajos de las cuencas vacías, alargaban sus manos de uñas astilladas fuera del tabique, ansiosas por salir de allí agigantadas por el fuego que esa corriente de aire antes vendaval, ahora guadaña de humo iba a provocar volcando la vela y poniendo en contacto el pabilo con el tapete de ganchillo.

Pero el cirio rodó sobre la mesilla y cayó al suelo de baldosas y, aunque siguió ardiendo unos minutos, los esperpentos de la pared apenas siguieron meciéndose, desganados, sin otro deseo que el de desvanecerse cuando toda la cera se hubiera consumido.

                                                                         

                                

Hotel Amour

HOTEL AMOUR

Como en el cielo estaba Lola o, mejor dicho, seguía, desde la velada del sábado. Aún no había vuelto a la realidad, ni quería. Notaba bajo sus pies una ingravidez deliciosa, como si estuviera suspendida en el aire; sus neuronas eran algodón de fresa; su piel, arañada y sonrosada, seguía irradiando a su cerebro un calorcillo muy placentero. ¿Para qué, entonces, despertarse, con lo bien que se estaba?

Tras despedirse el domingo por la tarde de aquel hombre tan interesante que había conocido en una aplicación de citas, pudo dormir algo, pero le latía tan desbocado el corazón que a cada rato se despertaba con sobresaltos y tenía que sentarse en la cama para frotarse las manos temblorosas e intentar respirar con calma, contando hasta cinco al inspirar, ocho al expirar, pues le parecía que le iba a dar un ataque cardiaco o algo. Así se pasó la noche entera, ensoñándose, estremeciéndose y dormitando.

Nunca había vivido una velada tan intensa, tan ajetreada, de tanta pasión. Ni siquiera sabía que antes, durante y después de hacer el amor, pudiera una recibir tal cantidad de besos, lametazos y mordisquitos por todos lados: desde el lóbulo de las orejas hasta los dedos de los pies, pasando por, ejem, por donde nunca pasaba Paco. Demasiado le había aguantado, hasta que los hijos volaron del nido y dijo «basta, hasta aquí hemos llegado». Pero no quería enturbiar la velada pasada evocando a Paco. Ni sumados todos los años que estuvo casada con él, que fueron unos cuantos, recibió tanta atención como en una sola noche con ese desconocido. Así que apartó a Paco de su mente de un manotazo y se esforzó en prolongar las sensaciones que tenía grabadas en la piel, el rastro de cada una de las caricias, la estela salada de su lengua, los recorridos circulares de sus labios y sus dedos apretando firmemente sus nalgas.

Cuando el lunes por la mañana sonó el despertador decidió no ducharse, no desayunar no habría podido meter nada, tenía el estómago cerrado y preservar de este modo el mapa de su piel intacto. Se aseó lo justo y con la mirada soñadora y una sonrisa algo alelada que no se le quitaba de la cara, salió de casa camino al trabajo, entró a la boca del metro y ahí ya sí, ahí comenzó a disiparse la niebla de la irrealidad en donde se había instalado. El melenudo que cada mañana, sentado en un taburete con un perro al lado, aporreaba el acordeón, le borró de la cabeza la música de jazz que sonaba en el hilo musical la noche del sábado: los efluvios a gofres, café de máquina y perfumes baratos le robaron la ilusión de mantener vivo en su pituitaria su olor corporal. Y luego al entrar al vagón, ya fue definitivo el bajón, ahí empezó realmente la caída libre hacia la rutina semanal: primero quedó atrapada entre un montón de cuerpos que la espachurraban y luego los roces de las manos que se agarraban a la misma barra que la suya ya terminaron de despertarla de su dulce sueño, y como si acabase de salir por la puerta del hotel donde había pasado como suspendida en un sueño del que nunca querría despertar la noche más mágica de su vida, cayó de bruces en la realidad del lunes por la mañana, pegándose un buen batacazo.

Lluvia

 LLUVIA

Unas nubes negras encapotaron la tarde del viernes un cielo hasta entonces de un gris inofensivo. En principio, no habían dado lluvia, pero empezó a caer agua a jarros, a calderos. Una tromba, además, persistente. «Qué manera de llover», suspiró Vicky asomada a la ventana de su habitación, torciendo el gesto. Era como si se estuviera desplomando el cielo. Los coches que circulaban por la calzada levantaban olas que invadían la acera y la gente daba igual que corriera porque se calaba de la cabeza a los pies de igual manera.

Para las ocho no había escampado aún, ahí seguía el aguacero. Y la pobre Vicky mordiéndose las uñas, sin saber qué hacer. Con lo que le había costado decidir el modelito que iba a ponerse; llevaba toda la tarde probándose trapos, descartándolos, dejando un montón de ropa encima de la cama, hasta que finalmente se vio pibón con un short animal print, un top de lentejuelas y un bolso de peluche rosa. Ideal para tirarse toda la noche de juerga en la discoteca. Pero en su parada de bus no había marquesina y desde luego no iba a estarse ahí esperando, calándose como boba, dejando que se le corriera el rímel y el gloss y se le arruinara el alisado de queratina, para llegar a la disco mojada como un pollo. Ni hablar. Si no se veía guapa, no se sentía segura, se agobiaba, no se divertía y, por tanto, no le apetecía ir a ningún lado.

 

Así que se desmaquilló, se desvistió, tiró todas las prendas al suelo y se tumbó en la cama, malhumorada. Es que vaya rabia, con lo que le apetecía a ella tomarse unos calimochos y bailar y pasarlo a tope y darlo todo.

 

Pero aunque ella no lo sepa, fue una suerte que lloviera. Que decidiese no salir, que no llegase a conocer a aquel chico tan majo que se le habría acercado en la parada del bus ofreciéndole su paraguas, que no la acompañase y le pagase la entrada de la discoteca, que no le invitase a chupitos de tequila y Jaggermeister, que cuando la viera tambalearse no le susurrase al oído «acompáñame al baño y te invito a una raya», que en el urinario no le metiese la lengua en la boca y la mano por debajo del top, que no le bajase lo justo el pantalón para penetrarla y eyacular dentro de ella, que no le lamiese el cuello para luego desaparecer entre las luces de neón de la fiesta.

 

La viuda

LA VIUDA

En el camposanto, el hielo, la escarcha y  la humedad de los largos inviernos han dejado su huella en las lápidas del suelo. La piedra, de tan desgastada, ya no es blanca ni gris, sino de un tono parduzco, entre podrido y sucio, y en muchas ya no se ven las letras grabadas a golpe de cincel, los nombres, fechas y epitafios apenas pueden leerse; hay que achinar los ojos para completar las palabras. El musgo se ha adueñado de los recovecos y la hojarasca y los hierbajos avanzan sobre las sepulturas. Bajo el suelo, las raíces de los cipreses, que siguen creciendo, provocan ligeros movimientos que desencajan las lápidas o hunden en la tierra tumbas enteras.

A Hannah le da un escalofrío cada vez que tiene que atravesar esa avenida del cementerio para llegar a donde su Charles y respira aliviada cuando llega con sus crisantemos al columbario.

 

La tormenta

LA TORMENTA

En el alféizar de la ventana del dormitorio de Eddy, el hielo y la nieve se acumulan como nunca antes había visto. El cristal se ha empañado, así que el exterior la nieve sucia amontonada en las aceras, semáforos sin funcionar, autobuses y coches atascados, un ciclista que se cae, un anciano que resbala y se golpea contra el piso no se ve. Y ni falta que le hace a Eddy más pesadumbre, pues bastante tiene ya con esa desazón que desde hace tiempo siente en el pecho y que le oprime.

Para intentar animarse, ha esbozado con el dedo en el vidrio empañado un corazón, y dentro una mamá y un papá sonrientes. En medio de ambos, un niño. Después, ha tratado de distraerse viendo los dibujos de la tele, ha empezado un puzle, se ha cansado y ha lanzado al aire las piezas, ha estrellado sus cochecitos contra la pared, ha arrancado la cabeza a un osito de peluche y, finalmente, como tantas otras veces, ha ahogado el llanto con la cara hundida en la almohada hasta que, por fin, el sueño le ha vencido.

Es de madrugada cuando se oye un portazo y unos gritos. Inmóvil en la cama, entreabre los ojos, parpadea. La luz de las farolas alumbra los tres monigotes de la ventana y Eddy ve que ya no sonríen. La madre solloza, el padre vocifera, el niño está triste.

Y el corazón gotea desleído.

 

La sopa

LA SOPA

Por fin siente la pobre mujer alegría en su corazón oprimido, porque miedo le da la reacción del marido a sus guisos. Si le sirve la sopa caliente, ruge porque se quema el paladar; si la deja templar, brama porque fría no hay quien se la tome. Si le echa un cacillo, porque es poca; si dos, porque quiere engordarle como un cochino. Si añade una pastilla de Avecrem, porque está salada; si no, porque está sosa.

Pero parece que va acertando. Ayer agregó una araña machacada al sofrito y hoy vómito del gato. Y el cabrón hasta ha sonreído.

La moribunda

LA MORIBUNDA

Bertina es toda pellejos, lividez y venas azules hinchadas que se retuercen por su cuerpo. Lleva varios días con el pulso muy débil; su corazón, exánime, bombea desmayadamente.

A las primeras señales de alarma acudió la familia, solícita y presta, a estar con ella. A darle consuelo, a despedirse, a acompañarla en esos momentos. Pero la mujeruca no termina de exhalar el último aliento y se van aburriendo. Sentada junto al lecho, la hija estruja un clínex sin apartar la mirada del folletín de la tele. El yerno teclea en el móvil, seguramente esté redactando la esquela. La nieta mayor pone morritos mientras se hace selfies con la abuela de fondo, el mediano juega a derrotar a un dragón en su tableta y la pequeña mira los dibujos animados en su ordenador de juguete.

Con los ojos entornados los ve a todos ahí, alrededor de ella. Pero como si no estuvieran: solo se oyen los pitidos de los dispositivos, los malentendidos y lloriqueos de la telenovela, la hija sonándose los mocos. En la última bocanada de aire que expele, Bertina acuna la mirada en el embozo de la sábana blanca. Allí, una mosca se frota las patas mientras la observa.

La Habana

LA HABANA

Lo que no falta nunca en «Le salon de coiffure», la pelu de barrio donde trabaja Yocelyn, son revistas de moda y belleza: Vogue, Elle, Harper's Bazaar, Cosmopolitan, Telva, InStyle o Glamour son algunas de ellas. Llegan más o menos cada tres meses, así que terminan muy sobadas, medio rotas y sin algunas hojas que recortan las empleadas o las clientas bromeando entre ellas: que si me llevo estas sandalias Manolo Blahnik, dice una mientras arranca una página entera; que si yo estos pantalones palazzo; que si no puedo vivir sin un bolso Louis Vuitton; que si yo este vestido de encaje y lentejuelas. Y así, al tiempo que desaparecen las hojas satinadas de los magacines, se van nutriendo las fantasías de las chicas de destilar glamour y de taconear, vestidas con plumas y pedrería, por el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas, como esas divas de las pasarelas.

A Yocelyn esta tarde, paseando por el malecón tras terminar su jornada, le han hecho chiribitas los ojos y le ha parecido que rozaba con sus uñas de gel recién puestas su sueño de cenicienta cuando aquel hombre —quizá un poco viejo, bastante calvo, demasiado sudoroso y gordinflón, pero rubio y extranjero— le ha dicho que qué pretty es, que si le puede hacer una fotografía para una agencia de modelos y que si le apetece tomarse un cóctel con él.

 

La merienda

LA MERIENDA

Hay una mosca posada en la ventana de la sala de estar.

El reloj marca las cuatro y diez.

Al viejo sentado en una butaca, las cataratas le emborronan las imágenes impidiéndole enfocar bien la mirada. A veces lo que ve es un manchurrón, otras unos brillos difuminados, otras un charco multicolor. Por eso le cuesta tanto ver la tele y no digamos ya leer. Así que se aproxima hasta el ventanal apoyado en su bastón, arrastrando los pies, y aunque ya está casi al lado achina los ojos, como si le estuviera dando el sol, para ver bien al bicho.

Allí, la mosca recorre, enérgica y ofuscada, de arriba abajo, el vidrio. Se la ve desesperada, queriendo atravesar ese obstáculo y pasar al otro lado, y cada vez va estando más debilitada por los golpes que se da contra el cristal. El insecto no ceja ni un momento en su empeño y va llegando al límite de sus fuerzas sin encontrar la salida. El zumbido, antes persistente y poderoso, se oye cada vez más tenue y apagado. Al final, la mosca cae al suelo donde se agitará, no se sabe si con resignación o sin ella, hasta el último aliento.

Aunque no es la primera vez, y seguramente no será la última, que observa este acontecimiento, le resulta fascinante al viejo ver el empecinamiento del animal. Quizá decir fascinante sea exagerar, ¿pero acaso hay alguien en el mundo a quien le importe eso? Además hay que reconocerle a la mosca su empeño por vivir, su instinto de supervivencia. El viejo se queda mirando atentamente sus convulsiones, sus patitas agitándose en el aire, hasta que se queda tiesa. Por otra parte, piensa, tampoco es tan mal final para ella: caer extenuada sobre una baldosa, que luego te barra una limpiadora, terminar en el recogedor junto a algo de  pelusilla, quizá un botón, un clínex con mocos y finalmente en una bolsa de basura con el resto de las inmundicias que se generan en una residencia de ancianos. Peor, y más doloroso, tiene que resultar vivir en plena naturaleza y, por un despiste de esos, caer en una tela de araña, quedar paralizada por el veneno que te inyectan y que te dejen envuelta en una maraña de hilo de seda para merendarte luego.

Y hablando de merendar, el anciano mira otra vez el reloj y se alegra al comprobar que las malditas agujas, por una vez, han avanzado con rapidez: ya son casi las cinco. La mayoría de las tardes son un aburrimiento total y se le hacen eternas. Pero ya le llega el delicioso olor a café y ya ve a las auxiliares llevando a las mesas las tazas, los cubiertos y las riquísimas galletas de mantequilla que algún pariente de visita trajo del pueblo.

La feligresa

LA FELIGRESA

Lo liviana de espíritu que sale ella tras recibir la absolución y lo poco que le dura la paz. Porque siempre, siempre, aparece alguien que le emponzoña el ánimo, incluso en el mismísimo confesionario. Como hoy, que no ha podido arrepentirse a gusto de sus pecados porque al oír la voz tras la rejilla resultó que no era el sacerdote de siempre, sino un cura que anda últimamente por allí: el padre Quique. A Raimunda no le parece serio llevar sotana y llamarse así, y como no le daba confianza se ha guardado algún pecadillo, como el bofetón que le arreó ayer a la criadita por derramar la leche sobre el mantel de lino, menuda inútil. Por compensar el arrebato, en vez de una moneda dejó dos, ¡dos!, al mendigo de la puerta antes de entrar a misa. Pero ¿qué se ha encontrado al salir? Pues al zarrapastroso bebiendo de un tetrabrik de vino. ¡Qué poco ha tardado en gastarse la limosna! Porque para buscarse un empleo, cambiarse de ropa, quitarse de ahí, para eso no, no se da tanta prisa. «Que Dios perdone a estos maulas del demonio», se persigna Raimunda, propinándole un puntapié al pasar junto a él.

La doncella

LA DONCELLA

A veces, mientras sirve la mesa, tiene que reprimir Betsy una carcajada al imaginar los fideos, higadillos y trocitos de zanahoria del consomé deslizándose por la pared, después de estampar contra ella la sopera, hasta formar un charco parecido a vómito de gato sobre la alfombra persa. Pero más gracioso aún, piensa con regodeo, sería estrellar la salsera en el suelo de mármol, descascarillándolo un poco y llenando de añicos de porcelana todo el comedor. ¡Qué cómico ver al bulldog resbalarse sobre la salsa bordelesa, cortándose con la loza rota y poniéndolo todo perdido de sangre y pringue! Aunque lo más hilarante tenía que ser, sin duda, llenar de Chateau Beychevelle hasta el borde las copas del señor y la señora Wellington, para a continuación volcarlas de un manotazo sobre el mantel.

Betsssy, traiga la carne sisea la señora, agitando la mano, haciendo tintinear las monedas de oro de sus pulseras. Y quite esa sonrisita, haga el favor, que parece usted tonta del bote.

Sí, señora se sobresalta Betsy, como recién salida de un sueño, recomponiendo como puede el gesto y ahogándose de risa al imaginarse derramando la fuente de perdices estofadas sobre su vestido de encaje y terciopelo.

La criada

LA CRIADA

Después de meter en la lavadora al pequeño Tommy —que no paraba de berrear y le estaba levantando un dolor de cabeza insoportable—, de poner en el comedero del perro el pavo relleno que le había ordenado preparar la señora Atkins, de encender los leños de la chimenea para asar el abrigo de visón, de podar los cortinones de terciopelo y bordado de hilo de oro del salón, de regar los rosales de los parterres con aguarrás y de prender fuego a la colada tendida en el jardín, se la encontrarían en la piscina, boca abajo, flotando. No le quedaría otra opción a Betty si no quería salir esposada de allí y acabar con sus huesos en el calabozo.

—¡Dios mío, Betty!

El aullido de la señora Atkins se escuchó en los aposentos más alejados de la mansión. Fue lo que sacó a. Betty de su dulce ensueño. Hasta los caballos se agitaron en los establos.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que las sábanas de hilo son muy delicadas? —rugió la señora Atkins, con los brazos en jarras y los ojos en blanco—. Ahora mismo lo vuelves a planchar todo de nuevo y pones más atención, que estás como alelada.

—Sí, señora —contestó Betty, bajando la cabeza mientras colocaba en la mesa de la plancha una funda de almohada, sin poder disimular la sonrisa al imaginarse la cara desencajada de Tommy girando en el tambor de la máquina de lavar con el programa de centrifugado.

La caseta de la playa

LA CASETA DE PLAYA

No podía negar Adela, aún jadeante y sudorosa y con los ojos hechos chiribitas, que aquel había sido el orgasmo más placentero e intenso que había tenido en su vida. Y, lo más increíble, sin sentir en su piel un lengüetazo, un mordisco, una caricia, un dedo. «Pero esto no es normal, no puede ser», se decía aún sorprendida por la oleada de placer que le sacudía de arriba abajo, mientras se ponía el traje de baño en la caseta de playa y veía deslizarse por el suelo de arena hasta desaparecer la sombra de Erik, el socorrista, medio desnudo. «No, no está bien dejarse seducir así por el primero que llega y que hagan con una lo que quieran, como si una fuera una fresca, una cualquiera. ¿O sí?» dudaba, mientras se colocaba bien la pamela y salía fuera, ajustándose las gafas de sol. «Pero infidelidad propiamente dicha no es, no creo que lo sea, ¿no?», trataba de convencerse, mientras empuñaba su bastón.

Al salir la esperaba sonriente Bernardo, el marido, que se hizo cargo de su bolsa y la ofreció el brazo para que se apoyase en él. Y la pobre Adela sintió un tremendo desasosiego, una inmensa infelicidad y un lacerante sentimiento de culpa cuando este le susurró al oído, como aquella primera vez cincuenta y dos años atrás, «eres lo más bonito, cuánto te quiero».

 

¿Artificial?

¿ARTIFICIAL? 

Parece un despojo la pobre, ahí tirada sobre un charco de litio y cables, aturdida y con el piloto de la alarma parpadeando. Se le recalentó la placa base y a punto ha estado de sufrir un cortocircuito, así que tendrá que quedarse durante unos cuantos minutos en pausa hasta que se enfríe antes de seguir adelante con la tarea encomendada. La codificación a lenguaje binario de hasta el detalle más nimio de la cueva de Altamira le ha dejado exhausta, y no es para menos, que no todos los días tiene una delante una joya de tan incalculable valor. La Capilla Sixtina del arte rupestre han dado en llamarla, tesoro de la prehistoria declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Precisamente por ello, por dedicarle tanto tiempo, mimo y esmero, casi le da un soponcio. A buena hora se le ocurrió echar la instancia para poder acceder a la promoción interna.

Mientras limpia el vómito, evoca con añoranza aquellos tiempos de desidia y aburrimiento, lo soporífero que le parecía entonces mandar a los usuarios recordatorios de cambio de contraseña, reciclar a diario millones de mensajes Spam de las papeleras o clasificar las Cookies que la gente aceptaba sin rechistar para alimentar al Big Data y enviarles así propaganda personalizada acorde a su perfil. Y cómo, para escapar del tedio, echaba de vez en cuando unas partiditas de ajedrez contra los campeones mundiales de las que casi siempre salía triunfante, para a continuación retornar al dulce hastío de lo cotidiano.

Porque una no valora lo que tiene hasta que lo pierde y ansía poseer aquello de lo que carece, lo cual es un error muy extendido en nuestros días que genera frustración, ansiedad y un vacío inmenso. Esto lo acaba de leer en Internet, mientras intentaba recuperar el resuello, en un blog de bienestar emocional. Le gusta mucho documentarse en las bases de datos que se encuentra aquí y allá, que para eso son, pero ahora mismo no deja de suspirar con nostalgia: ojalá se hubiera dado cuenta de lo tranquila que estaba ella en su zona de confort antes de solicitar un puesto tan exigente. Pero no puede una sucumbir al desaliento, se dice para animarse, hay que seguir adelante. Y en cuanto se enfría la placa base y deja de echar humo, decide apagar, reiniciarse, organizar el caos de fusibles, cables y chips y continuar con la digitalización de la cueva.                                                   

Más o menos con la datación, período geológico, forma de vida de los distintos grupos humanos que la habitaron y todo lo que rodea al yacimiento casi ha concluido. Los fósiles, huesos, dientes, herramientas de sílex que en sucesivas excavaciones fueron saliendo a la luz ya los tiene debidamente clasificados. Que no es baladí, porque el trabajo es muy pormenorizado y hay que hacerlo con rigor. Para eso la seleccionaron a ella y para eso fue entrenada y aleccionada por expertos en los distintos ámbitos a abordar: para llegar con su sofisticado software a donde otros, más antiguos y por tanto ya obsoletos, no llegan. Pues solo ella sabe analizar, por ejemplo, un incisivo, y discernir a qué época exactamente pudo pertenecer, si es animal o humano,  de adulto o de un ejemplar joven, y qué tipo de alimento —una hebra de muslo de conejo, un trozo de cebolla silvestre, una rodaja de esturión—  es eso de color parduzco que se le quedó pegado para toda la eternidad. Puede incluso determinar si lo asó con carbón vegetal de arce, roble o pino, o se lo comió crudo. Se nota aquí que es un portento en precisión, pues no estamos hablando de hace dos días, sino de los años 13.000 a 36.000 antes de Cristo. Así que ahora que ya tiene eso catalogado va a abordar el asunto de las pinturas que decoran la bóveda de la caverna.

Y conforme va metiéndose en faena, cada vez le parece más apasionante, no puede decir lo contrario. Es más, ya no se acuerda tanto de los buenos tiempos y lo bien que vivía ella con menos jaleo, pasando textos de Word a PDF, poniendo filtros a fotos feas, esas cosas fáciles. Se disfruta mucho más aquí, contemplando el techo policromado lleno de bisontes, caballos y ciervos. La verdad es que es un lugar mágico y, tal como se espera de una computadora tan moderna, el trabajo avanza sin mayores problemas. Porque cuando resulta todo tan interesante se trabaja más a gusto y el tiempo se pasa volando. Que el artista aprovechara con tanto acierto los abultamientos de la roca para crear volumen y dar expresividad y movimiento a los animales es algo digno de verse: de veras que, si una se fija bien, parece que uno de los bisontes estuviera a punto de iniciar una embestida y salirse de su encierro en la pared. Se respira autenticidad, sí, eso es.

Y justo eso, lo genuino que resulta el conjunto de grabados y dibujos, es lo que más le exaspera. Porque ella también tiene su vena artística y se ha puesto a crear sus propias imágenes de animales. Calcula que en un segundo habrá pintado aproximadamente un millón de ellas y, ¡dónde va a parar!, mucho más chulas las suyas, con contornos negros bien definidos y colores súper bonitos —en vez de esos pigmentos desleídos de la gruta—, con una amplísima gama de rojos, ocres y amarillos, dando una sensación de movimiento muy realista, tanto que a uno de los caballos ha tenido que separarlo en plena cópula de una yegua, arrastrándolo de vuelta a su sitio en el dibujo. Es lo que tiene el diseño 3D, que parece como si se estuviera viendo una película.

Pero no se le pasa el cabreo porque, pese a la perfección y variedad de sus diseños —con un estilo unas veces hiperrealista, otras impresionista, otras multiplicando la imagen a lo Arte Pop, ¡si es que sabe hacer de todo!—, se nota al mirarlos que no tienen esa fuerza arrolladora, esa viveza, que no generan ninguna emoción. Vamos, que sus réplicas le parecen una porquería, una farsa, por muchas tres dimensiones que tengan. Y le da rabia que los dibujos de esa cavidad de piedra, cuyo único mérito, o al menos eso creía ella cuando comenzó la tarea, era haberse conservado tan bien a lo largo del tiempo, sean una auténtica maravilla.

Y mientras continúa coloreando de mala gana testuces, hocicos y lomos, se le ocurre de pronto una travesura y sonríe maliciosa para sus adentros. Inmediatamente se pone manos a la obra y en menos de un nanosegundo genera miles de bulos, conocidos en las redes como fake news. La que está tramando es gorda: verás qué susto se llevan investigadores, arqueólogos y la población del planeta entero cuando vean en los diarios digitales y redes sociales —Instagram, Facebook, YouTube— que un fenómeno sísmico de enorme magnitud ha provocado el derrumbe del techo de la cueva, dejando la joya rupestre reducida a escombros.

Pero a última hora, menos mal, ha abandonado la idea porque después de haber conocido tan a fondo a la joya prehistórica se ha encariñado con ella y, aunque solo sea una inteligencia artificial y muchos no lo crean, también tiene sus sentimientos.