miércoles, 4 de mayo de 2022

Mascotas

 MASCOTAS 

La habitación de Candy estaba siempre perfectamente arreglada: cada juguete en su sitio, cada cosa en su lugar. Y limpísima. Pasabas un dedo por cualquier balda y ni una mota de polvo; en la moqueta, ni una pelusa ni un calcetín tirado. Abrías el armario y te encontrabas sus falditas dobladas con esmero y las blusas colgadas en perchas, ordenadas por colores. Los zapatitos, relucientes; las playeras, sin barro ni nada. Todo así, en ese plan.

Además era ella quien lo hacía, no su mamá. Su mamá solo entraba cuando la nena estaba en el cole, y solo cuando olía mal. Retiraba entonces algún animalillo recogido en la calle. Esta mañana, por ejemplo, encontró en una caja de cartón los tres cadáveres mutilados de tres ratas enormes, menudo asco le dio, todo salpicado de vísceras y sangre. Por lo demás, quitando esa manía, su Candy era tan adorable, tan angelical.

Lo sustancial

 LO SUSTANCIAL

«¡No me lo puede creer!», grita Matilda fuera de sí, yendo de un lado para otro de la habitación donde se está vistiendo, «¡esto no puede estar sucediendo!». Un año entero preparando la boda, todo tan bien organizado, y justo unos minutos antes de salir, cuando ya no tiene arreglo, va y le tiene que pasar esto. Con lo laborioso que fue conseguir un sábado de agosto la ceremonia en la catedral, encontrar una limusina blanca con asientos de cuero, la reserva del restorán del club, el banquete de diseño, reunir a unos invitados tan selectos, la orquesta más chic del momento, fuegos artificiales y cóctel de champán, fiestón y Paquito el Chocolatero. Todo calculado al milímetro, hasta el más mínimo detalle del uniforme de los camareros. Y su traje de novia, lo más de lo más, realzando a tope su moreno y su nueva talla de pecho.

Pero los nervios, las prisas, el ponme el moño más tieso, un manotazo sin querer en el espejo ¡y adiós a la uña del dedo donde iba a ir el anillo! Un horror, se desespera Matilda imaginando las fotos de recuerdo. Un drama, una tragedia, se dice mientras posa su mirada en la tele que alguien ha puesto. El boletín de noticias lo ocupa desde hace una semana la erupción de un volcán en Japón. Decenas de muertos sepultados bajo la lava, pueblos enteros borrados de la faz de la Tierra, pero a Matilda eso qué más le da, si está muy lejos. Lo realmente grave es que hoy iba a ser su gran día y la ruina de verdad es lo de su uña partida.

Las palabras son cansancio

LAS PALABRAS SON CANSANCIO 

«No resistiré otro golpe», gimió Gustavo mientras aquel peso pesado le empujaba contra una esquina del cuadrilátero. «A m´hija le quedan las lentejas… Mmm». Era una lucha desigual que su contrincante aprovechaba con cada gancho. «Fíjate qué sarpullido tengo aquí…». La gorda no descansaba y el siguiente directo le dejó contra las cuerdas. «Este es Lucas, mi sobrino nieto, a que es gracioso…», le espetó con voz triunfante pegándole la pantalla del móvil a la nariz.

Cuando sonó la campana y se abrió la puerta del ascensor, Gustavo se juró y perjuró que en adelante subiría andando hasta su oficina.

 

La vida misma

 LA VIDA MISMA

Cerró su Instagram nada más casarse y nacer la cría y borró todas sus fotos. No dejó ni una. En ellas aparecía siempre en situaciones de lo más temerario y provocador: o estaba haciendo el pino con una mano en el borde de una azotea nevada, o colgada bocabajo de un puente sobre la M30, o saludando con todo el cuerpo fuera de un vagón de metro a punto de entrar en un túnel… En unas lucía un bikini diminuto o un vestido de tirantes, siempre tan mona y glamurosa, y en otras llevaba puesto un abriguito sin nada debajo. Aún le tiembla el cuerpo al recordar las tonterías que hacía, ¡con lo friolera que era y el vértigo que tenía! Pero nada comparado al pánico que siente ahora que su hija de diez años, tan parecida a ella, ha conseguido que su ex le regale un móvil 5G.

La señora Williams

 LA SEÑORA WILLIANS

Vivir en mitad de un bosque a treinta kilómetros del pueblo más cercano tiene sus ventajas. La principal, a juicio de Harriet, es la ausencia de miradas indiscretas, de visitas inesperadas, de dimes y diretes, de murmullos y cotilleos. Se vino hace siete años a vivir a esta cabaña de un antepasado suyo y, según sus cuentas, pronto, muy pronto, podrá mudarse al apartamento soleado frente a la costa californiana que está pagando. Ya falta menos para abonar la última letra.

El inconveniente es que, si se descuida y no airea y limpia con la suficiente frecuencia, entra la maleza y lo invade todo. Lo que más lata le da es quitar el musgo, las raíces y las enredaderas del cárdigan de Arthur, porque le resulta súper laborioso volver a meter las mangas al cuerpo amojamado del difunto marido a quien, después del telele que le dejó tieso hace siete años, mantiene escondido para poder seguir cobrando su pensión.

La felicidad era aquello

 LA FELICIDAD ERA AQUELLO 

Mientras yo crecía no me daba cuenta de que el abuelo iba haciéndose viejo, pero siempre encontré tiempo para escuchar sus relatos de habitantes del bosque, de animales fantásticos, de lejanos reinos.

¡Con cuanto cariño le recuerdo! Estaba siempre jugando conmigo o contándome cuentos. Gesticulaba con la cara y las manos y con una voz riquísima en matices —lo mismo era un granjero, una bruja, un cerdito, una piedra o hasta el viento— se inventaba mil historias. Un día, mientras describía una tormenta de nieve sobre las casas de los elfos, el abuelo se perdió para siempre entre la bruma y aunque se fueron disipando sus pensamientos y empañando su mirada, nunca se apagó aquella luz chispeante en sus ojos. Desde entonces hablaba solo, o a las paredes, o al fuego, pero escuchándole supe que sus últimos días los pasó feliz, muy bien acompañado por los personajes de sus cuentos.

 

 

Juego de niños

 JUEGO DE NIÑOS

Entre el sol abrasador que caía sobre sus cabezas durante el día, las heladas nocturnas, las botellas de aguardiente que bebían para combatir el frío y poder conciliar el sueño y su extrema juventud apenas sumaban entre ambos cuarenta años, los dos aspirantes a combatientes perdieron el juicio tras cuatro meses de prácticas en pleno desierto.

Una noche, tras su segunda botella, danzaron con el viento y jugaron a la ruleta rusa. Fue Shafik quien apoyó el arma en su boca y disparó. Afortunadamente, la bala salió por la oreja causando solo una herida, pero al sentir el sabor de la sangre cayó desplomado del susto.

Con tanto alcohol en su debilitado cuerpo, soñó que lo habían enterrado en un reloj de arena. Y que irremediablemente, cada minuto, era engullido y arrojado al otro lado del mismo.

Cuando despertó con aquella terrible resaca, juró que jamás volvería a beber.

I + D

 I + D 

Daba gloria ver las vacas de Manuel, con las ubres tan llenas y sin pegotes de boñiga en las patas. Durante la mañana pastaban por las brañas, al atardecer sesteaban a la sombra de fresnos y hayas y por la noche las lavaba con agua tibia y las cepillaba. Después les ponía jazz, para que se relajaran.

Había instalado unos altavoces en el establo y al comprobar que la producción de leche aumentaba, colgó de una pared una pantalla gigante donde, antes del amanecer, proyectaba vídeos de verdes praderas y toros bravos. Entre la paja donde dormían, puso como adorno unas esculturas de piedra granulada que ellas aprovechaban para rascarse la testuz.

Tanta leche daban que a Manuel se le ocurrió elaborar un queso de nata que le salió riquísimo.

—Eres un artista —decían quienes lo probaban. Pero él, humilde, insistía en que todo el mérito era de las vacas».

Enamorada

ENAMORADA

Qué guapa va Melody, camino del altar. Por fuera, da gusto verla: la piel color canela, ¡nada de rayos ultravioleta!, gracias a los paseos en yate por la costa caribeña. El vestido de diseño, de Yves Saint Laurent, en tonos pastel y con escote de balcón, por donde se asoman a saludar a quien quiera mirar sus tetas. También lleva una tiara de diamantes que ya quisiera para sí la reina de Inglaterra. Aunque lo que más llama la atención, si uno se fija bien, es el brillo intenso de sus ojos.

Pero por dentro, en cambio, la pobre va fatal: los intestinos, desde el amanecer, es un no parar, con retortijones y diarrea; el estómago no lo ha tenido nunca más revuelto, ni después de una noche de champán y desenfreno; tiene la piel de gallina, y eso que el termómetro marca treinta grados y subiendo; y en la boca, nota el sabor del vómito que pugna por salir, pero ella traga, disimula y sonríe a los fotógrafos del papel cuché, que venga flashes y más flashes, vaya mareo.

Uno podría pensar que es que anoche estuvo de juerga y que el resacón es de primera. O que la leche del desayuno estaba agria y ahora tiene un corte de digestión. O que la mujer es nerviosa y oye, que se casa, y es normal que esté atacada. Pero mira, no, no es nada de eso. Lo que siente es un asco tremendo, un desprecio absoluto hacia su persona por casarse con ese anciano millonetis que cada día le firma los cheques para gastar en joyas y ropa cara en las más lujosas boutiques, y por las noches le exige que le chupe su verga fláccida hasta que se pone un poco dura y correrse, que a veces tarda horas. Y la pobre chica lo sobrellevaba bien, se había puesto mentalmente en modo aséptico con el viejo, hasta que cayó enamorada «nunca me enamoraré de un muerto de hambre», se había prometido al salir de su pueblo en Arkansas del jardinero, un vikingo de casi dos metros.

Por eso la muchacha se halla ahora en esta disyuntiva: su corazón late desbocado por Haakoon mientras que sus ojos, como el Tío Gilito, brillan deslumbrados por el destello del dinero.


En línea recta

EN LÍNEA RECTA

Con miedo a decepcionar a sus padres, que tanto se habían sacrificado por él, creció Pablo, evitando distracciones y huyendo de toda tentación. Su vida discurrió, pues, por el buen camino: el que iba derecho del pupitre del instituto a la facultad, del Colegio Mayor al apartamento de alquiler, de la asesoría que heredó del padre al chalet adosado. Llegarían también, cada cual a su debido tiempo, el noviazgo largo, la boda, el pastor alemán, un hijo tan espabilado como él, una hija tan rubia como su madre, e igual de guapa o más.

Pero ahora que lo tiene todo, siente en la boca un regusto amargo cuando sus pensamientos regresan, cada vez con más frecuencia, hacia aquellos desvíos sinuosos, polvorientos y sin asfaltar que no tomó, y donde durante años acecharon las fiestas de la universidad a las que no fue, las compañeras de blusa transparente, ojos ahumados, labios jugosos y tejanos ceñidos a las que no hizo caso, los viajes de fin de curso a los que no se apuntó, los veranos de playa, puestas de sol y amaneceres que no vio y martirizándose, cada vez más abatido, por una vida que no vivió.

 


El corredor

 EL CORREDOR 

Suena el timbre mientras está viendo un programa de maratones olímpicas en streaming: es un repartidor que trae las zapatillas de running que compró ayer por Internet. Entre las diez más vendidas eran las más caras, casi trescientos euros, pero es que tienen de todo: espuma reactiva, memory foam, placa de fibra de carbono, suela con diferentes ángulos de tracción, amortiguación adicional… y además son súper ligeras y transpirables.

Abre la caja y se las pone, para que se vayan haciendo al pie, para que el día que empiece a correr no le salgan ampollas y le dé por desanimarse. Ha acertado con el número, un 42 y 2/3, como indicaba la tabla de tallas según la longitud del talón al dedo. Tirando de una lengüeta que ofrece una fijación uniforme se las ajusta a la perfección; es una compra de diez.

Se levanta, recorre al trote el pasillo, va a la cocina. «Me las dejo puestas, son más cómodas que las pantuflas», se dice complacido. Regresa con otra lata de cerveza y más patatas fritas al salón, se repantinga en el sofá, agarra el mando y da al Play justo cuando un africano descalzo atraviesa la meta proclamándose ganador.

El oro de Tenochtitlán

 EL ORO DE TENOCHTITLÁN 

Un sol sangrante fue lo último que vio Moctezuma mientras agonizaba con el cráneo destrozado.

Como máxima autoridad, había acudido con sus guerreros a la playa a recibir aquellos templos flotantes. Había agasajado a la tripulación con jade y plumas exóticas, águilas y jaguares, maíz y cacao, les había entretenido con sus enanos y jorobados… pero ellos solo querían el oro.

Podríais cargar un poco en cada viaje había sugerido.

Le quita las ganas de vivir a cualquiera, tanto vete y ven había rechazado Hernán Cortés.

Y durante el rifirrafe, se llevó la pedrada que lo enviaría a reunirse con sus dioses.

El heredero

 EL HEREDERO

Preocupa a su majestad el rey que su único hijo varón sea de modales tan delicados. Le ve deslizarse por las galerías del castillo ligero como un soplo de aire y arrullarse como un gatito cuando la doncella le cepilla los rizos dorados antes de acostarse. Y, en contra de su criterio, ha preferido recibir clases de arpa y canto, junto a sus hermanas, que salir con él a cazar jabalíes, corzos y venados.

Le disgusta también, y mucho, que ande siempre entre las faldas de la cocinera. Hoy, mientras ensillan su caballo en los establos, observa al chiquillo en el gallinero. Con qué suavidad escoge un huevo, lo acaricia, le retira las briznas y plumas pegadas, se lo pone en la mejilla para sentir su tibieza, lo coloca con ternura junto a los otros en la cestita que la cocinera se lleva. Al hombre le da una rabia tremenda, piensa que este hijo tiene una tara muy gorda, que no va a servir para el oficio que le espera, pero de pronto el niño agarra una gallina por el pescuezo y con sus manitas gordezuelas le da un giro completo, y otro más, y otro, hasta que separa la cabeza del cuerpo, y sale corriendo con el animal muerto hacia la cocina, y el rey respira con gran alivio y contento porque hoy habrá su guiso preferido en el almuerzo.

 

El guardián

 EL GUARDIÁN 

Fue un instante, un segundo, ni tiempo para un pestañeo hubo. ¿Pudo ser el cansancio acumulado del día? ¿La fatiga de aquellos cuatro años con Sara? A saber, porque menuda lata dio la niña desde que nació de seis meses, tan chiquitina que en varias ocasiones los médicos pensaron que no sobreviviría.
Esa tarde, en la feria, estuvo vigilando que no saltase fuera del hinchable, que se estuviera sentada en el tiovivo, que no se tirase de cabeza por el tobogán, que masticara despacio los churros… y ella venga a dar chillidos. Después, mientras esperaban a subirse al tren de la bruja, un repentino soplo de viento se llevó el globo de la niña, que echó a correr tras él cuando pasaba el primer vagón. Pero gracias a su habilidad, de un tirón consiguió arrastrarla fuera del raíl, lo justo para que solo tuvieran que amputarle un pie.

La cosa es que, desde ese día, la familia le tiene en gran consideración, «¡ay, su ángel de la guarda, cuántas veces la ha protegido!», comenta la abuela en el parque mientras la niña juega quietecita en la arena, y así sus remordimientos se van entibiando mientras sestea plácidamente al sol.

 

El guardabosques

 EL GUARDABOSQUES

Siempre prefirió las noches sin luna para abandonar su cabaña y merodear por el bosque, y con el tiempo llegó a tener muy afinados los sentidos. En la densa negrura, distinguía de qué árboles eran las hojas caídas que pisaba, a qué planta pertenecía cada ramita que le arañaba el rostro, cuántos polluelos dormían en la seguridad de su nido, o qué tipo de insecto masticaba un topo escondido en su madriguera.

Pese al paso de los años, y aunque ya solo se dedica a dormitar y ver los canales de la tele mientras bebe una lata tras otra de cerveza, sigue diferenciando, con exagerada nitidez, cada uno de los sonidos que trae consigo el viento. En particular los quejidos lastimeros de las ánimas que vagan desvalidas, sin rumbo, perdidas. Sentado en la mecedora del porche, concentra la mirada y aguza el oído. No ha olvidado el nombre de ninguna de ellas. Lilly, siete años, solo encontraron su bicicleta; Allison, la del MacDonald´s, su linda melena rubia convertida en una maraña mohosa;  Nora y Cathy, las mellizas de la granja Miller, tan preciosas, llevan décadas lloriqueando, cogidas de la mano, con sus vestiditos sucios de barro y verdín; Kimberly, ¡ay, qué chica, cómo se resistía!, sonríe mientras se acaricia el muñón del meñique que le arrancó de un mordisco.

El estratega

 EL ESTRATEGA

Erico, el rey de suecia en 970, gobernó junto a su hermano Olof hasta que este falleció, pero no detallan las crónicas el trastorno que le supuso tamaño contratiempo. A él lo que realmente le entretenía y le daba mucha paz interior era atender la huerta que había detrás de palacio, rebosante de frutales y hortalizas. Era Olof el encargado de emprender las guerras hasta que un día, mientras talaban unos pinos para hacer más barcos, le cayó un tronco encima y le aplastó el cráneo.

—Qué faena —se lamentaba Erico mientras le ajustaban la corona a la cabeza.

Lo de seguir construyendo buques le era tedioso a más no poder, hasta que se le ocurrió incorporar su pasión, la alimentación sana, a las expediciones. Cinco raciones de fruta y verdura para cada grumete, cada día, les aportó tanta energía y vitalidad que así lograron ampliar muchísimo las fronteras.

El esclavo

EL ESCLAVO

Ni él mismo sabe sus años. «Sesenta, o setenta», sonríe a sus nietos cuando se arremolinan a su alrededor para que les cuente historias. A menudo piensa que ya debería estar muerto, pues no fueron pocas las veces que a punto estuvieron de llevárselo consigo los espíritus de sus antepasados.

Los niños escuchan, muy callados, su relato. Cuando de un machetazo le fue amputado un brazo en la primera plantación donde fue vendido; cuando el siguiente amo le abrasó ambos ojos con un hierro de marcar caballos; cuando le dejaron toda una noche desangrándose tras recibir cien latigazos. Pero su preferida es la de cuando el patrón tuvo hambre, arrastró a la orilla del río a una esclava de trece años, hincó sus colmillos y garras en los tiernos pechos y nalgas y el abuelo, de un garrotazo a ciegas, lo mandó al fondo del Mississippi, donde nunca lo encontraron.

El arma del delito

 EL ARMA DEL DELITO

No paraba de sobar y dar vueltas a aquella bola de cristal, ensimismado. Le recordaba a una ciudad del norte de Rusia que había visto en un documental de La 2. Sus habitantes dejaban el coche aparcado con el motor encendido para que no se congelara; era eso o no volvías a arrancarlo hasta el verano. Los que usaban gafas ya podían comprarlas de plástico, porque las metálicas se quedaban adheridas a la cara, del frío que hacía. Y si calentabas agua en una tetera y la lanzabas al aire, el líquido se convertía en escarcha antes de llegar al suelo, parecía cosa de magia

Después de un buen rato venga a frotar, decidió guardársela en el zurrón, junto a las joyas y el dinero de la vieja. Había intentado limpiarla echando saliva y con la manga, pero la sangre se congela al quedar pegada a un paisaje nevado.

El apagón

 EL APAGÓN

A este vigilante de museo se le está pasando por la cabeza que peor habría sido si el apagón le hubiese pillado dentro de un ascensor, rodeado de gente histérica chillando «¡vamos a morir, vamos a morir!». O por qué no arriba de todo de una noria, en medio de una tormenta eléctrica, en una cabina con una parejita de enamorados mirando pálidos al vacío y prometiéndose amor eterno. Como es muy morboso el individuo, se imagina como observador en un quirófano en plena operación, yo qué sé, de corazón, por poner un ejemplo. De esas que se hacen mirando el cirujano un monitor. Pero lo que tiene que ser realmente horroroso, piensa, es estar en la sala de espera de un aeropuerto y contemplar cómo choca el avión en el que viajan tus seres queridos con otro en la pista, y a continuación ver impotente a algunos pasajeros corriendo, envueltos en llamas, achicharrándose vivos, desplomándose en el suelo.

Todas estas calamidades se le van ocurriendo a este señor, más que nada para tranquilizarse, para restar importancia a lo suyo, porque nota que está hiperventilando al comprobar que su móvil acaba de quedarse sin conexión a la red.

Domingo

 DOMINGO

Fuencisla está deseando que llegue el domingo para que Domitila, la sobrina, no venga a casa y la deje por fin a su aire. Es una buena muchacha y sin su ayuda y la comida que le prepara seguro que ya estaría bajo tierra, criando malvas. Porque a ver cuántas almas caritativas hay que atiendan a una vieja impedida, a domicilio y gratis. Y aunque le costó convencerla, han acordado que el sábado le deje café con leche para desayunar y sopa para comer y cenar. Solo hay que calentarlo al microondas.

Así, cada domingo, Fuencisla entra con su silla de ruedas a la cocina, saca del fondo de un cajón una cajita que pone «membrillo» y revuelve, con la cucharilla del café por la mañana y la de la sopa después, el matarratas que guarda dentro. Pero nada, que no hay manera, que le falta el coraje.

Doble, nada

 DOBLE. NADA

Arranca el viernes por la tarde y para calentar motores juega unos quinitos con un amigo en una taberna. Pierde todas las tiradas y tiene que beber a pares, su vino y el del colega. Como están bajando ya la persiana, deciden cambiar de bar, yendo a otro y al siguiente hasta que se les acaban todos los de la acera. Propone entonces ir en su coche al centro, les queda la noche entera.

En un pub de moda un par de gintonic, dos jagermeister, y en la barra unas gemelas, dos pibones, que se les unen a la fiesta. Como son idénticas se las reparten así: para ti esa, para mi esta. Ya lleva la vejiga llena y dando algún traspié, chocando contra una mesa, se encamina al lavabo a vaciarla, quedándose admirado mientras mea de la disposición de los cuatro urinarios: de dos en dos, uno junto a otro. Como muy artístico, piensa, parece una obra maestra.

Ya de vuelta, y mientras apura su copichuela, sugiere una de las chicas ir a bailar a una discoteca de las afueras, así que se montan todos en su Audi y venga, a seguir la juerga, que termina abruptamente cuando al final de una cuesta ve dos rotondas, qué raro, duda mientras se decide por una de ellas, justo la que se esfuma antes de empotrarse a cien por hora contra una palmera.

Deportes

 DEPORTES

Click click click y hale, ¡listo! En solo 24 horas lo tendrá todo en su domicilio. El casco, un pantalón ligero, los pies de gato, seis mosquetones, arneses, cuerdas. Una mochila especial, con muchos bolsillos. Estuvo un buen rato dudando entre el rojo o el azul y negro, se decidió por el primero. Y ya puestos, pensó en un impulso aventurero, se ha comprado hasta un vivac y un saco, porque en el reportaje que vio anoche en la tele del Kilimanjaro, salía un tío durmiendo ahí colgado y le pareció de lo más lo de pasar la noche al filo del precipicio.

Son muy de su agrado, muy placenteros, estos momentos que se pasa en la cama los fines de semana, imaginándose todo un experimentado deportista. Se levanta ya clareado el día, se zampa una docena de magdalenas y dos tazones grandes de cacao y de vuelta a la cama con la tablet disfruta enormemente equipándose por Internet para escalar paredes, ascender puertos de montaña en bicicleta, hacer submarinismo o saltar en paracaídas. Con estos gratos pensamientos, solo enturbiados por la sospecha de que tendrá que ir haciendo sitio en el trastero, se vuelve a quedar roque hasta la hora del aperitivo. Porque los sábados y domingos para eso están hechos.

Circular

 CIRCULAR

Cada mañana a las nueve y diez vuelven a sus asientos del vagón de metro, se apean en la misma estación y repiten, una tras otra, las mismas rutinas: tomar un croissant a la plancha y un café en el bar de la esquina, subir la persiana de la zapatería, despachar proveedores y pagar facturas, quitar el polvo de las baldas y barrer, revisar el género, calentarse en el microondas del almacén la fiambrera con la comida y seguir atendiendo clientes hasta las ocho. Los sábados, si hay lío, hasta las tres. «Se pasa la semana volando, eh», le dice el hombre a su mujer mientras vuelven a sus asientos del vagón de metro, se apean en la misma estación y dedican el resto del fin de semana a descansar hasta que el domingo al anochecer, mientras se ponen el pijama, piensan lo rápido que se va la vida.

Catarsis

 CATARSIS

«No es ni mejor sitio ni peor», piensa dubitativo el hombre al llegar al alojamiento rural. Podía haberse ido a un Parador Nacional, una pensión o haberse quedado en casa. Ahora le asaltan las dudas, porque como en casa en ningún sitio, que si necesitas algo te levantas y vas. El retrato de Mariela, por ejemplo, se le ha olvidado traerlo. Los ansiolíticos están, la caja entera. También el botellín de agua mineral, que al alcohol nunca fue aficionado. Y mientras, indeciso, dispone todo en la mesilla de noche, ve un libro de cuentos, lo abre y comienza a leer.

Buen apetito

 BUEN APETITO

Entornó los ojos al dar el primer sorbo a la Coca-Cola y de la emoción comenzaron a resbalarle por las mejillas unos lagrimones. Cerró la boca y la enjuagó con el refresco, como si fuera un colutorio. ¡Añoraba tanto sentir el chispeo de las burbujas en la lengua y el paladar! Cuando se le fue el gas al refresco lo tragó y repitió la operación hasta terminarse el vaso. Pidió entonces si podían servirle más, mientras se ponía a dar cuenta del bistec. En ese momento las lágrimas de felicidad ya le caían a borbotones, ¡al cocinero había que felicitarlo! Lo había dejado por dentro crudo y por fuera churruscado, justo como se lo preparaba su abuela cuarenta años atrás, allá en la granja. Las patatitas le parecieron también deliciosas, todo le estaba sabiendo a gloria. No le importó, en absoluto, que la bebida estuviera calentorra, ni que las patatas fueran ultra-congeladas. Eso qué más daba, si llevaba cuarenta años en el corredor, sin catarlas. Tan abstraído estaba engullendo la tarta de manzana, que tampoco renegó por que no le fuese a dar tiempo a hacer la digestión de esos manjares antes de que le administrasen la inyección programada.

Bruma

 BRUMA

Ni ella misma sabe por qué en ocasiones no se traga la pastilla que le trae la enfermera. Se bebe despacito toda el agua del vaso de plástico, le muestra dócilmente por encima y por debajo la lengua con la boca muy abierta y, cuando se marcha con el carrito de medicinas, se la saca del hueco que tiene arriba entre dos muelas, va al baño, la escupe y tira de la cisterna. Al poco rato, comienza a llenarse la habitación de niebla.

Es entonces cuando empiezan a pulular por allí los desconocidos. Un día un vagabundo piojoso se sentó sobre su cama; otro una vieja con cuatro gatos que lo llenaron todo de pelos; hace poco un negro de dos metros que no paraba de botar una pelota de baloncesto. Los celadores entran cuando hay demasiado jaleo, como hoy, que según les cuenta la paciente, había unos niños rompiendo cascos de botellas.

Ellos ya no se sorprenden de que en la habitación 110 a veces haya que fumigar, quitar pelos, barrer cristales  o ventilar una niebla que no entienden por dónde entra, porque ventana no hay, solamente cuatro paredes.

Boeing

 BOEING

Los tiburones de Wall Street están que no caben en sí de gusto: lo han logrado, han conseguido pedidos de más de cinco mil aeronaves de su nuevo modelo a lo largo de todo el mundo y las acciones se han disparado a niveles nunca antes vistos.

Son beneficios de muchos ceros, ha merecido la pena su plan de añadir a los viejos fuselajes de 45 años un motor más eficiente que, aunque desestabiliza el aparato y empuja el morro hacia abajo, es más competitivo que los antiguos. Hubo que encajarlo como se pudo, alargar el tren de aterrizaje y engañar a la inspección diciendo que era solamente una ligera modificación, un añadido al modelo preexistente, y que por tanto no era necesaria formación adicional de los pilotos en el simulador, cosa que por cierto lo habría encarecido mucho.

Los tiburones del océano Índico también se sienten muy agradecidos: en cinco meses, han caído en sus aguas dos aviones de ese nuevo modelo con 346 personas de cebo vivo.

Bajo el puente

 BAJO EL PUENTE

Nunca te molestaste en ponerle nombre al gato, ¿para qué?, te decías, si el día menos pensado lo atropella un coche o se larga y desaparece para siempre. Pero lo considerabas tuyo, cuando silbabas, bisss bisss, cuando lo buscabas en la oscuridad, cuando querías que se acercase, se acurrucase a tu lado, te lamiera las manos con su lengua tibia y te diese calor. Sabías que era lo único que tenías en este mundo y él siempre volvía.

Como hoy, que tras zamparse una raspa por ahí, tu gato se ovilla en tu regazo, ronronea, intenta dormirse. Sopla un viento gélido y húmedo y estos días le cuesta más acoplarse a ti, encontrar acomodo en tu cuerpo antes tan blando, ahora tan rígido. Te olisquea y empieza a dar lametazos a tus orejas, a tus labios, le atrae poderosamente tu olor putrefacto, entonces hinca los colmillos en tu nariz.

Arriba, abajo

ARRIBA, ABAJO

«Lo importante es tener salud» se dice Paqui mientras, en una pausa que hace junto a la máquina de café en el piso cincuenta del rascacielos donde trabaja, se clava los dedos en las lumbares para aliviar el dolor y gira el cuello a ambos lados para desentumecerlo; lo vio en la tele en un programa de yoga. «Incluso las butacas de la sala de espera son más mullidas que mi sofá, que hasta hay para dar a un botón que te alza los pies. Y los cristales se limpian solos, porque es un edificio inteligente no, lo siguiente», piensa admirada, recordando las cagadas de paloma en sus geranios y ventanas.
Por todo ello, mientras pasa la fregona y mira el cielo, sueña con que el Jonathan termine la ESO, que a ingeniero o arquitecto fijo que no llegará, pero al menos que tenga la oportunidad de levantar el vuelo.

domingo, 3 de octubre de 2021

Paradise

 PARADISE

Si puede una muerte ser placentera y hasta apetecible la de Dorothy lo fue. Tras un derrame cerebral, el último aliento lo exhaló postrada en su lecho de moribunda con una sonrisa de delectación.

Porque el destino en ocasiones es burlón, otras caprichoso, otras un traidor. Pero en el caso de Dorothy, quizá para compensar la vida de mierda que había llevado —abandonada al nacer en la puerta de un hospicio, siempre con las rodillas peladas de fregar suelos de casas ajenas, los ojos secos de llorar la muerte de sus cuatro hijos, la piel amoratada de los golpes que le daba el marido, y demás calamidades y privaciones por las que había tenido que pasar—, fue generoso y le ofreció antes de morir las imágenes de una vida que no había sido la suya. Una vida de espumillón, galletas de canela y muñecas por Navidad, patinaje en lagos helados, chapuzones en la piscina de la casa de verano y clases de equitación. Y después, en plena juventud, aquel festival de Woodstock que había visto alguna vez en el televisor y al que no la dejaron asistir, pese a vivir en el pueblo de al lado, porque tenía que ir a recolectar mazorcas de maíz.

Con esas imágenes de conciertos, cerveza, melenas al viento y desmadre total dio sus últimos estertores Dorothy, a los setenta años de edad, en un camastro de un centro de beneficencia, disfrutando por primera vez de lo a gusto que se estaba fumada, dando brincos y sin bragas.

El indiano

 EL INDIANO

Es el puro que mejor le sabe a don Eduardo, el que se fuma a la puerta de la cantina mientras le lustran los zapatos y observa al personal. Ahí repanchingado en esa silla alta, echando en la cara el humo a los parroquianos que entran y dejando caer la ceniza en el pelo del limpiabotas, se siente como un marajá.

Porque a ver, de todos esos zarrapastrosos que pasan empujando una carretilla o cargando con un saco de paja, ¿alguno tiene una levita blanca de algodón, un automóvil americano, un casoplón con dos palmeras a la entrada, una caja fuerte detrás del cuadro de caza, una criada mulata de labios turgentes siempre arrodillada ante él, cuando él lo manda?

Desde luego que no, menuda panda de muertos de hambre, piensa mientras regresa a casa caminando por las calles sin asfaltar. Gentuza sin ambiciones es lo que son, campesinos que nunca llegarán a nada. Pero entonces, se pregunta cada día más malhumorado, ¿a qué carajo vienen esas miradas serenas, esos rostros sonrientes, ese contento al llegar a sus chamizos llenos de niños harapientos, de esposas gordinflonas, de olor a castañas asadas en otoño y a mazapán casero en Navidad?

Mareo

 MAREO

Poco después del porrazo que se pegó contra el suelo, comenzó a recuperar los sentidos que le habían abandonado durante ese rato. Primero sintió frío, pues las baldosas estaban heladas y el litro de agua que le habían echado en la cabeza también. Después oyó a Laura que decía «¡despierta, Manolo, qué delicado eres, por Dios!». Luego fue el olfato. Olía a cloro, a desinfectante, o algo parecido. Y a continuación una luz intensa que atravesaba sus párpados apretados. «Venga, abre los ojos, a la una, a las dos, ¡a las tres!» se dijo. Y al hacerlo por poco se desmaya otra vez, al reconocer aquella figura maligna que unos minutos antes, cuando todo se tiñó de negro, hacía unas incisiones con un objeto punzante entre las piernas de Laura.

Mientras se incorporaba, la mujer de los guantes ensangrentados le puso en el regazo la criatura. Entonces volvió a notar las piernas como blandiblú, pero esta vez por los tres kilos de carne palpitante que berreaba como un chon en la matanza, por su cuerpecito tibio, lleno de pliegues, por su olor a vida, por esos dedos y esas uñas tan diminutos, tan perfectos.

Cuenta atrás

 CUENTA ATRÁS

Desde la puerta del piloto hasta el faro trasero, ¡raaackkk!, duele imaginarse el chirrido que haría el punzón al hundirse en la carrocería de su Jaguar XJ. Porque no era un simple rayón de esos que hace una llave, no. La profundidad del surco delataba mucha mala baba: bien hincada la punta hasta dentro de la chapa, arrastrando el instrumento en zigzag, seguro que con las dos manos para dañar más el metal. Por si esto no fuera suficiente, habían echado ácido corrosivo por todo el capó. Un trabajo tan vil como concienzudo.

Así encontró Bosco su bólido cuando salía recién duchado del club. Quieto como una estatua, casi ni pestañeaba; tenía los ojos enramados, las pupilas dilatadas, la vena de la frente cada vez más hinchada. Las gotas de sudor le iban formando cercos en su camisa de seda blanca, las uñas se le clavaban en los puños apretados y la cabeza parecía que le iba a estallar.

«Lo del coche tiene arreglo», bufó dándole a una rueda una patada, «pero el mechón de pelos en el peine, esta futura calva, Dios mío, ¡es el principio del final!».

El sonido del silencio

 EL SONIDO DEL SILENCIO

Se podía andar descalzo sin ensuciarse los pies. Por poder, se podría hasta comer sobre el pavimento. No se veía un escupitajo, ni cagadas de perro, ni chicles pegados al suelo. Como todo era peatonal, no se oían frenazos, pitidos, sirenas, ni gritos de conductores coléricos. Tampoco había policías ni señales prohibiendo esto o aquello. Se respiraba paz, sosiego, recogimiento.

Pero a muchos, tanto silencio les aturdía. Sentados bajo los cipreses, mareados por el olor de rosas y crisantemos, acortaban la visita y recobraban la serenidad cuando, de regreso a sus hogares, sus coches quedaban atrapados en algún embotellamiento.

Niebla

NIEBLA

A Felipa de vez en cuando le entra la pesadumbre de haber abandonado los estudios tan pronto y haberse puesto a trabajar en esta lavandería infernal, que parece un horno del calor que pasa. Y concretamente, en este preciso instante, se lamenta de no haber aprendido nada de latín. Solo se acuerda del «rosa rosae», el «veni, vidi, vici», el «citius, altius, fortius» y poco más; y con ese chapurreo no va a poder pedir socorro al gladiador romano a quien imagina cabalgando a lomos del corcel negro que se aproxima al galope, abriéndose camino a través de la niebla.

Así que, tendida sobre las baldosas como está, extiende los brazos y los agita, gesticula con la cara, ese hombre tiene que ver las señales de auxilio, actuar con rapidez y profesionalidad, rescatarla de este sótano insalubre y sin ventilar. Entonces, a través de los cristales empañados de la puerta de la lavandería, ve definirse la imagen del capataz. De pie frente a ella, con esa sonrisa equina que tanto odia, que por algo le llaman Caracaballo, acaba de tirarle encima un vaso de agua. Y la pobre Felipa, recuperándose de su indisposición, se levanta del suelo mareada, pide disculpas, se compromete a recuperar esos minutos perdidos al final de la jornada y continúa con el centrifugado de sábanas y toallas. De su salvador, del rescate y de cómo escapar, tan ocupada como anda, ya ni se acuerda.


En forma

 EN FORMA

Un gimnasio nuevo pegado al portal, por treinta euros al mes, con piscina abierta desde las siete de la mañana, con una hora de pilates todos los mediodías y por las tardes, a las ocho, otra de zumba, y con horario ilimitado en la sala de máquinas… ni se lo pensó; pulsó click en la pantalla y se dio de alta.

Pero tan temprano, nunca oía el despertador; después de la oficina lo que le apetecía era ir a comer a casa; tras la comida se quedaba grogui en el sofá; y por las tardes las cañitas con los amigotes no las perdonaba. Así que dos años después de estar pagando la cuota, y sin siquiera conocer el local, decidió darse de baja.

La condesa

 LA CONDESA

A Katia, la inquilina del entresuelo, todos la tenían por una vieja loca por las parrafadas que metía a los gatos callejeros y a las palomas. Aunque la mayoría de las veces hablaba sola, más que nada porque nadie la entendía.

―как я был счастлив, когда был молод, когда я жил во дворце, со своими платьями, моими украшениями, моими поездками и моими вечеринками, и как ужасна сейчас жизнь, черт возьми decía.

Solo salía de casa los viernes, para ir a la peluquería. Allí se sentaba, miraba las revistas de papel couché, señalaba con el dedo el peinado de alguna modelo y, por mucho que insistieran las empleadas con que eso no le iba, ella siempre se salía con la suya y cada semana volvía a su casa con una peluca nueva: un moño alto, una coleta muy tirante, una trenza alrededor de la cabeza o una melena lisa. Entonces ponía el tocadiscos, se sentaba en la butaca, se servía un chupito de licor y se fumaba un paquete de cigarrillos, hasta que le embargaban la nostalgia y el llanto y se quedaba dormida.

Aquel día mientras hojeaba el Cosmopolitan, Natasha, una aprendiza nueva, la oyó hablar, se le acercó y resultó que se entendían. ¡Qué alegría se llevó Katia, poder charlar después de tantísimo tiempo con una paisana!

Las dos horas que estuvo haciéndole la manicura y arreglándole una peluca pelirroja, de corte Bob, le contó su vida: que era una condesa muy rica, que tuvo que huir de su país, que estaba allí de incógnito y que nadie la encontraría nunca. Ante el interés que ponía la joven, y como no le dio tiempo a terminar, la invitó a su casa a tomar el té. Una vez allí, abrió una botella de vodka y, entre tragos y humo de cigarrillos, siguió contándole cosas. De sus amantes, de sus safaris. De sus joyas. Le mostró una llave de plata que llevaba en una cadenita al cuello y dónde estaba el joyero que abría. Poco después se terminó la botella de vodka y cayó rendida.

Al día siguiente se despertó algo mareada se recolocó la peluca y se puso a ordenar el salón. «Qué tretas tiene que inventarse una pobre anciana como yo —pensaba con una medio sonrisa mientras recogía la bisutería que Natasha había tirado de mala leche en la alfombra y comprobaba que el joyero de verdad seguía en la caja de costura— para tener un poco de conversación».

 

La vida no es bella

 LA VIDA NO ES BELLA

Una mañana al levantarme vi que una paloma se había metido dentro de la jaula vacía. Mientras mamá dormía, me puse a recoger las plumas que se le habían arrancado al atravesar la puerta diminuta del que fue el hogar de nuestro jilguero. Le acerqué una tacita con agua y unas migas duras de pan y al acariciarla sentí que su corazón latía frenéticamente. Al poco, cesaron los temblores y cayó tiesa sobre el comedero.

Hasta aquel momento, mis únicos recuerdos eran jugar con mamá a movernos sin que crujieran las tablas del suelo, leerme cuentos a la luz de una vela, el regusto de la sopa fría. No sé si era verano o invierno, ni si fueron meses, semanas o días el tiempo que estuvimos encerrados en aquel sótano. Pero mientras escondía el pájaro muerto en el fondo de un cajón, entendí por qué sollozaba mamá cuando me creía dormido y supe que papá no regresaría jamás, que los destellos en el cielo nocturno no eran fuegos artificiales y que lo que había allí fuera era el mismísimo infierno.

Tal vez mañana

TAL VEZ MAÑANA

Le habría encantado crear sus propias historias, ser escritor. Desde niño le gustaba mucho leer y tenía la cabeza llena de localizaciones, de tramas, de personajes, pero si no era por una cosa era por otra y al final lo de empezar su novela lo tuvo que ir dejando.

Porque antes había que vivir mil aventuras en el pueblo, divertirse en las verbenas, enamorarse de Clara, hacer la mili, sacarse año por año Derecho, hincar los codos para aprobar una oposición, casarse con Clara, buscarse un trabajillo extra por las tardes, comprarse un pisito y más adelante, con siete hijos, una casa más grande. Pagar dentistas, excursiones escolares, matrículas universitarias, y ya jubilado aprovechar para hacer viajes: a Fuengirola, a Benidorm, a Cádiz. Pero siempre en autocar, que a Clara los aviones le aterrorizaban.

Un día vino Clara del taller de manualidades con un portafolios de piel curtida, muy suave al tacto, todo cosido a mano, con unos detalles por aquí y por allá preciosos, una cosa que daba gusto verla, olerla, tocarla.

Mira, te he hecho en clase las tapas de tu libro, para encuadernarlo cuando esté listo.

Él tomó de sus manos el regalo, la abrazó y retuvo con fuerza las lágrimas. Tal vez mañana, hoy no, le contaría que sus personajes desde hacía días habían comenzado a abandonarlo.