HIPNÓTICA
Le tiemblan tanto las manos que al remover con la cucharilla el café
salpica de gotitas marrones la barra del bar de carretera donde está sentado.
Ha estado conduciendo cinco horas hasta que la luz roja del depósito se ha
encendido, así que ha parado en una gasolinera. Después de repostar, ir al baño
y comer algo, podrá seguir su camino. Sin rumbo, pero lo más lejos que pueda.
Huye de una mujer perversa. ¿O era un espejismo, una alucinación de su
cabeza? No está seguro, pero lo que sí sabe es que, aunque pasasen siglos,
jamás podría olvidarse de su mirada. Aquellas pestañas largas y sinuosas, su
expresión glacial, el magnetismo al que uno no podía sustraerse. Había entrado
a comprar tabaco al Night Club y ella se le acercó con un cigarro sin encender
entre los labios. Al ir a darle fuego, cayó en el abismo púrpura de sus ojos y
quedó allí atrapado, cautivo, sin posibilidad de escapar, sometido a sus
caprichos y haciendo todo lo que a ella se le ocurriera.
Bebieron bourbon sin hielo, chupitos de tequila y jarras de cerveza para
quitar la sed, fumaron cigarrillos rubios mezclados con hebras que sacaba ella
de una pitillera, jugaron a los dardos y al billar. Se pasó la noche entera
echando en la máquina de discos monedas para que sonara la música que a ella se
le antojaba. Entre el humo y el vapor etílico, bailaron sueltos, agarrados,
como a ella le apeteciera. Cuando al amanecer el barman subió las sillas a las
mesas, desconectó la música, apagó las luces y les dijo que se fueran, ella
sacó un revólver del bolso, le quitó el seguro, giró el cargador y… ¿se lo puso
en la mano? ¿Apretó él el gatillo? ¿Le voló a sangre fría la cabeza? Solo
recuerda que el sonido del disparo, el cuerpo del hombre desplomándose contra
el suelo y las carcajadas histéricas de ella rompieron el hechizo. Al recobrar
la conciencia, se escabulló fuera, tiró el arma al suelo, subió a su Chevrolet,
pisó el acelerador y salió disparado de allí, lo más lejos que pudo.
Condujo por la autopista, tomó varios desvíos al azar, atravesó
carreteras secundarias y hasta caminos de tierra. Siempre mirando por el
retrovisor, vigilando que no le siguieran. Pero uno no sabe lo que el futuro le
reserva ni imagina que el pasado del que huye le aguarde tan cerca, porque en
el espejo que hay detrás de la barra, frente a él, acaba de ver el reflejo de la
mirada púrpura. Nota entonces cómo el pánico repta por su estómago en forma de
arcada, la boca se le llena de bilis y empieza a empapar de sudor la camisa al
ver cómo esos ojos centellean. Y pese a estar medio desmayado, a punto de
perder el equilibrio, haberse orinado en el pantalón y tener la vista borrosa,
la mano no le tiembla mientras empuña el cuchillo con el que cortaba su tarta
de nata y cereza y lo dirige hacia el parroquiano que lee tranquilamente el
periódico en el taburete a su derecha.