jueves, 11 de junio de 2026

La granja

LA GRANJA

Cada noche, antes de caer dormido agotado por la larga jornada, el marido se arrima a su esposa por la espalda, la envuelve entre sus brazos y le comenta que cada vez ve más cercano el día de mudarse, buscar otro hogar, irse a vivir a donde sea, pero fuera de la ciudad. Ella, tan a gusto como está, tan calentita, a todo le dice que claro que sí, que ya están tardando. Y él le va contando que lo tiene muy estudiado, que ha valorado los pros y los contras y que considera que en plena naturaleza es donde deberían estar; de hecho, es de donde nunca debieron haber salido sus antepasados, tras el sueño de un empleo abusivo en exigencia y precario en el pago y un confort que, en realidad, únicamente perseguía engañarles, empujarles a la rueda del consumir por consumir y siempre estar necesitando el último producto del mercado para que no se desvanezca esa presunción de felicidad en la que viven alienados.

Ella ronronea algo y él continúa diciendo que, además no hay que olvidarse de la contaminación del aire rodeados por todas partes de tráfico y chimeneas, la acústica inexistentes los momentos de silencio, la de las redes sociales imposible desconectar. Encima, echando cuentas, ha visto que sus dos salarios se van enteros en pagar el alquiler, los recibos, la compra en el Carrefour, la gasolina, la ropa, las clases y antojos de los niños, y sin poder ahorrar nada para el día de mañana. Al revés, cada equis meses tienen que pedir un préstamo para alguna avería del coche, la comunión de la niña ya solo en el vestido, zapatitos y peluquería se acaban de gastar mil euros, la semana de vacaciones en la playa o cualquier imprevisto para el que no tienen nada de dinero guardado.

Sin embargo, en una cabaña en medio de la naturaleza estarían de maravilla, le susurra al oído ilusionado. Viviendo el día a día sin la presión de comprar, consumir y pagar, sin prisas ni horarios, montando una pequeña granja para abastecerse de leche, huevos y carne, cultivando tomates, cebollinos, berzas y muchas cosas más en su propio huerto, con un pozo propio para disponer siempre de agua, una placa solar para la electricidad, los niños haciendo los deberes bajo la luz de las lámparas y una chimenea para pasar tan confortablemente los días más crudos del invierno.

Con la imagen de la chimenea, se queda callado, y cada uno se sume en sus propios pensamientos mientras sus bostezos se van acompasando. Él se ve levantándose de la cama temprano, atizando los rescoldos para caldear la casa, yendo al establo a ordeñar la vaca, haciendo mantequilla y queso para despertar a su familia a mesa puesta, con el desayuno preparado. Ah, y un tarro de mermelada de arándanos recolectados por los niños ayer para untar en la hogaza de pan recién horneada. La escena dibuja en su rostro una sonrisa de paz. Ella, sin embargo, se está imaginando una nevada de varios días que llega hasta el tejado de la casa, enseguida se agota la leña y no se puede salir a cortar más, echan al fuego todos los muebles y enseres que hay hasta que no queda ni el palo de la escoba, el frío de fuera se va colando por las rendijas de puertas y ventanas, la temperatura baja y baja hasta menos diez o veinte grados, y cuando llega el helicóptero de rescate se encuentra al matrimonio y los niños abrazados, tiesos y con los labios morados, y los mocos colgando como témpanos.

Y en esta tesitura se hallan, debajo del edredón, justo antes de que les venza un sueño muy profundo que durará  hasta que suene el despertador mañana.