LA GRANJA
Cada noche, antes de
caer dormido agotado por la larga jornada, el marido se arrima a su esposa por
la espalda, la envuelve entre sus brazos y le comenta que cada vez ve más
cercano el día de mudarse, buscar otro hogar, irse a vivir a donde sea, pero
fuera de la ciudad. Ella, tan a gusto como está, tan calentita, a todo le dice
que claro que sí, que ya están tardando. Y él le va contando que lo tiene muy
estudiado, que ha valorado los pros y los contras y que considera que en plena
naturaleza es donde deberían estar; de hecho, es de donde nunca debieron haber
salido sus antepasados, tras el sueño de un empleo ―abusivo en exigencia y
precario en el pago― y un confort que, en
realidad, únicamente perseguía engañarles, empujarles a la rueda del consumir
por consumir y siempre estar necesitando el último producto del mercado para
que no se desvanezca esa presunción de felicidad en la que viven alienados.
Ella ronronea algo y él
continúa diciendo que, además no hay que olvidarse de la contaminación del aire
―rodeados por todas
partes de tráfico y chimeneas―, la acústica ―inexistentes los momentos de silencio―, la de las redes
sociales ―imposible desconectar―. Encima, echando cuentas, ha visto
que sus dos salarios se van enteros en pagar el alquiler, los recibos, la
compra en el Carrefour, la gasolina, la ropa, las clases y antojos de los
niños, y sin poder ahorrar nada para el día de mañana. Al revés, cada equis
meses tienen que pedir un préstamo para alguna avería del coche, la comunión de
la niña ―ya solo en el vestido, zapatitos y
peluquería se acaban de gastar mil euros―, la semana de vacaciones en la playa o cualquier imprevisto para
el que no tienen nada de dinero guardado.
Sin embargo, en una cabaña en medio de
la naturaleza estarían de maravilla, le susurra al oído ilusionado. Viviendo el
día a día sin la presión de comprar, consumir y pagar, sin prisas ni horarios, montando
una pequeña granja para abastecerse de leche, huevos y carne, cultivando
tomates, cebollinos, berzas y muchas cosas más en su propio huerto, con un pozo
propio para disponer siempre de agua, una placa solar para la electricidad, los
niños haciendo los deberes bajo la luz de las lámparas y una chimenea para
pasar tan confortablemente los días más crudos del invierno.
Con la imagen de la chimenea, se queda
callado, y cada uno se sume en sus propios pensamientos mientras sus bostezos
se van acompasando. Él se ve levantándose de la cama temprano, atizando los
rescoldos para caldear la casa, yendo al establo a ordeñar la vaca, haciendo
mantequilla y queso para despertar a su familia a mesa puesta, con el desayuno
preparado. Ah, y un tarro de mermelada de arándanos recolectados por los niños
ayer para untar en la hogaza de pan recién horneada. La escena dibuja en su
rostro una sonrisa de paz. Ella, sin embargo, se está imaginando una nevada de
varios días que llega hasta el tejado de la casa, enseguida se agota la leña y
no se puede salir a cortar más, echan al fuego todos los muebles y enseres que
hay hasta que no queda ni el palo de la escoba, el frío de fuera se va colando
por las rendijas de puertas y ventanas, la temperatura baja y baja hasta menos
diez o veinte grados, y cuando llega el helicóptero de rescate se encuentra al
matrimonio y los niños abrazados, tiesos y con los labios morados, y los mocos
colgando como témpanos.
Y en esta tesitura se hallan, debajo
del edredón, justo antes de que les venza un sueño muy profundo que durará hasta que suene el despertador mañana.