SABAÑONES
Las primeras nieves se han adelantado este año en la
comarca. Si uno eleva la mirada hacia los picos de las montañas y las laderas
más altas, las verá salpicadas de manchas blancas. En la aldea, aún no ha
nevado, pero se nota el cambio de estación en lo fría que baja el agua del
manantial que llega al lavadero de piedra. Fría es poco decir, lo que está es
helada.
Allí una vez a la semana se juntan las vecinas con la
ropa sucia de sus casas. Comparten confidencias y las pastillas de jabón con
las que restriegan la suciedad pegada. Mientras charlan, cantan o se concentran
en silencio en alguna mancha, las mujeres deslizan y golpean las prendas con
firmeza sobre la parte acanalada de la piedra, la sumergen en la pila de agua
limpia para eliminar el jabón y la retuercen, sujetando los extremos entre dos,
para escurrir toda el agua.
Normalmente echan allí toda la tarde. En verano se
está fresquito y se quedan tan a gusto, de cháchara; en invierno, por el frío,
menos rato, y hablan de esto y de lo de más allá. Se cuentan recetas de cocina
y trucos para limpiar; comentan las labores de punto o ganchillo y sus remedios
curativos; las más mayores dan consejos de crianza; las más atrevidas
cuchichean secretos de alcoba. Después se despiden, meten la colada en un cesto
de mimbre y lo cargan en la cabeza, para tenderlo en los patios de sus casas.
A Camila, que ya le pesa la panza y no puede casi ni
agacharse, «esta vez vienen dos, noto varias patadas», la ayudan entre todas.
«Pareces mareada, siéntate ahí, anda», le dicen. Ha perdido la sensibilidad en
las manos, las tiene rojas e hinchadas, y aunque no se queja, todas saben lo
que duelen esos pinchazos. Alguien le deja unos mitones y ella frota
enérgicamente las palmas contra la falda, las acerca al rostro y exhala el
aliento en el hueco, varias veces, a ver si se desentumecen y empieza a
circular la sangre.
Está observando a las otras trajinar cuando de pronto
se le ocurre una tontada y va y la dice en voz alta:
―¿Os
imagináis, chicas, meter la ropa sucia en una máquina, pagar unas pesetas, que
haga espuma dentro el jabón y el agua y que al cabo de media hora salga la ropa
lavada?
―¡Y que
quepan cortinas, sábanas y mantas! ―pide rápidamente la que trabaja en la posada―, Y las toallas queden
esponjosas y blancas.
―¡Y que salga la ropa seca, Camila, ya puestos a pedir! ―vocea otra que está
estrujando unas enaguas.
El resto de mujeres, animadas, se unen al jolgorio; la
ocurrencia les ha hecho mucha gracia.
―Estaría bien que además oliera
a flores o lavanda. Por soñar, que no quede ―propone otra, y todas aplauden entusiasmadas.
―¡Pues ya, de paso, volver a casa con todo dobladito y
planchado, ea! ―chilla
Camila, y las carcajadas se las lleva consigo el viento helado y las esparce
entre las mieses y las ramas desnudas de las hayas.