TRAS LA TORMENTA
Se le erizó el vello de los
brazos al entrar al dormitorio pese a estar el brasero encendido. Se acercó a
la cama despacio, hundiendo los pies en el suelo, sorteando charcos, con
cuidado de no derramar la leche caliente que llevaba a Anna.
Caían relámpagos que iluminaban la estancia, vibraban los cristales de
la ventana por el retumbar de los truenos que los acompañan. Pero el estruendo
no intimidaba, pues se oía más alto el alborozo de los pajarillos picoteando la
alfombra, atrapando los caracoles y babosas que se revolcaban en el fango.
Olía a hierba fresca, a tierra
mojada. El hombre contempló la tez lívida de su mujer, su quietud, las ojeras
azuladas que se iban oscureciendo y extendiendo por la cara. Le tomó el pulso, sintió
uno, dos latidos débiles y lejanos, después, nada. Entonces, un arcoíris se
instaló en el cabecero de la cama.
Se quedó hasta el amanecer a su lado, sujetándole la mano, acariciándole
la cara, contemplando su expresión de calma. Aquella noche no llovió, por eso
no supo cómo explicar a los hijos, cuando llegaron a la casa por la mañana, lo
de las zapatillas y pantalones salpicados de barro.