jueves, 11 de junio de 2026

Tras la tormenta

TRAS LA TORMENTA

Se le erizó el vello de los brazos al entrar al dormitorio pese a estar el brasero encendido. Se acercó a la cama despacio, hundiendo los pies en el suelo, sorteando charcos, con cuidado de no derramar la leche caliente que llevaba a Anna.

Caían relámpagos que iluminaban la estancia, vibraban los cristales de la ventana por el retumbar de los truenos que los acompañan. Pero el estruendo no intimidaba, pues se oía más alto el alborozo de los pajarillos picoteando la alfombra, atrapando los caracoles y babosas que se revolcaban en el fango.

Olía a hierba fresca, a tierra mojada. El hombre contempló la tez lívida de su mujer, su quietud, las ojeras azuladas que se iban oscureciendo y extendiendo por la cara. Le tomó el pulso, sintió uno, dos latidos débiles y lejanos, después, nada. Entonces, un arcoíris se instaló en el cabecero de la cama.

Se quedó hasta el amanecer a su lado, sujetándole la mano, acariciándole la cara, contemplando su expresión de calma. Aquella noche no llovió, por eso no supo cómo explicar a los hijos, cuando llegaron a la casa por la mañana, lo de las zapatillas y pantalones salpicados de barro.